Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 9
Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse por la ventana, Madeline abrió los ojos con dificultad.
Un intenso dolor de cabeza la golpeó de inmediato.
Se llevó una mano a la frente mientras intentaba incorporarse.
Todo su cuerpo se sentía extraño.
Pesado.
Dolorido.
Como si hubiera corrido durante horas sin descanso.
Parpadeó varias veces, intentando despejar la vista.
Y entonces se congeló.
Había alguien a su lado.
Su respiración se detuvo por un instante.
El corazón comenzó a golpear con fuerza contra su pecho.
Lentamente giró la cabeza.
El hombre también parecía estar despertando.
Cuando vio su rostro, la sangre abandonó completamente su cara.
—¿Qué...?
Su voz apenas fue un susurro.
Elías Ashford abrió los ojos.
Por un momento pareció tan confundido como ella.
Luego observó la habitación.
La cama.
Y finalmente a Madeline.
La expresión de su rostro cambió de inmediato.
El color desapareció de su cara.
Su mandíbula se tensó.
Y una oscura tormenta pareció instalarse en sus ojos.
—Maldita sea...
Madeline retrocedió instintivamente.
Su mente era incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo.
¿Qué había pasado?
Lo último que recordaba era sentirse mareada durante la fiesta.
Después...
Nada.
Absolutamente nada.
Elías se puso de pie bruscamente.
Parecía furioso.
No.
Parecía fuera de sí.
Se pasó una mano por el cabello mientras caminaba de un lado a otro.
—Esto no puede estar pasando.
—Yo... yo tampoco entiendo qué ocurrió.
Madeline intentó ordenar sus pensamientos.
—Anoche me sentía mal. Empecé a marearme y...
—¿Y pretendes que crea eso?
La voz de Elías la interrumpió como un látigo.
Madeline levantó la vista.
La frialdad de su mirada la hizo estremecer.
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo llevaban planeándolo?
Ella lo observó sin comprender.
—¿Planeando qué?
—No juegue conmigo.
La rabia contenida en la voz de Elías era evidente.
—Desde el principio han intentado acercarse a mí. Su padre no ha dejado de presionarla durante años.
Madeline sintió cómo algo dentro de ella comenzaba a romperse.
—¿Está diciendo que yo provoqué esto?
—¿Acaso no es exactamente lo que quería?
—¡No!
La respuesta salió más fuerte de lo que esperaba.
Por primera vez desde que llegó a aquel mundo, Madeline sintió verdadero enojo.
—¡No sé qué ocurrió anoche!
Elías soltó una risa amarga.
—Conveniente.
—¿Conveniente?
Madeline se puso de pie.
Sus manos temblaban.
No sabía si de rabia, frustración o impotencia.
—Escúcheme bien, duque Ashford.
Los ojos de ambos se encontraron.
—Yo tampoco quería despertar aquí.
Elías permaneció en silencio.
—Y créame cuando le digo que estoy tan confundida como usted.
—No le creo.
Aquellas palabras la golpearon con fuerza.
Porque no había una pizca de duda en su voz.
Ni una sola.
Él ya había decidido que era culpable.
Y nada de lo que dijera cambiaría eso.
—Pues ese es su problema.
La respuesta hizo que Elías frunciera el ceño.
Madeline respiró profundamente.
—Puede pensar lo que quiera.
Puede odiarme si le resulta más fácil.
Pero no vuelva a acusarme de algo que no hice.
Por un instante, el silencio se volvió sofocante.
—No sé qué me hicieron anoche —dijo finalmente Elías con voz fría—. Pero descubriré quién estuvo detrás de esto.
—Perfecto.
Madeline sostuvo su mirada.
—Porque yo también quiero saberlo.
Elías la observó durante varios segundos.
Como si intentara descubrir si estaba mintiendo.
Como si buscara alguna grieta en su expresión.
Finalmente apartó la vista.
Sin decir una palabra más, comenzó a vestirse.
Pocos minutos después abandonó la habitación.
La puerta se cerró con fuerza.
Y Madeline quedó sola.
Completamente sola.
Se dejó caer lentamente sobre la cama.
Su cabeza era un caos.
El silencio que quedó después fue casi ensordecedor.
Madeline permaneció inmóvil durante unos segundos, mirando la puerta por donde había desaparecido.
Luego soltó una maldición por lo bajo.
—Maldito idiota...
No sabía si estaba más furiosa por la situación o por la forma en que él la había tratado.
Como si todo hubiera sido culpa suya.
Como si ella hubiera planeado aquello.
Como si no estuviera tan perdida como él.
Apretó los puños sobre las sábanas.
Respiró hondo varias veces intentando calmarse.
No funcionó.
Su cabeza seguía siendo un desastre.
Con movimientos lentos comenzó a vestirse. Todo su cuerpo protestaba ante el menor movimiento, obligándola a contener una mueca de dolor.
Aquello solo empeoró su humor.
No recordaba absolutamente nada.
Nada.
Lo último que venía a su mente era la fiesta.
La copa.
El calor extraño.
El mareo.
Después...
Un vacío absoluto.
Su mirada descendió involuntariamente hacia las sábanas revueltas.
Y una desagradable sensación se instaló en su estómago.
Aquello era real.
Demasiado real.
—¿Qué demonios pasó anoche...?
Murmuró.
Cuanto más lo pensaba, menos sentido encontraba.
No era una coincidencia.
Estaba segura.
Alguien había hecho algo.
¿La habían drogado?
¿Había sido un accidente?
¿O había sido intencional?
Y si había sido intencional...
¿Quién estaba detrás?
Miles de pensamientos comenzaron a chocar unos con otros dentro de su cabeza.
Entonces una idea la hizo quedarse rígida.
Su padre.
Madeline tragó saliva.
No.
No podía ser.
¿O sí?
Recordó las amenazas.
Las advertencias.
La obsesión de Julián con aquel matrimonio.
Su insistencia constante.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—No...
Susurró.
No quería creerlo.
No quería siquiera considerarlo.
Pero tampoco podía ignorar la posibilidad.
Se pasó una mano por el rostro.
Necesitaba pensar.
Necesitaba estar sola.
Necesitaba salir de allí.
Después de asegurarse de que el pasillo estaba vacío, abandonó la habitación con cautela.
Por suerte, nadie parecía haber notado nada.
El trayecto hasta su propia habitación se le hizo eterno.
Cada paso venía acompañado de nuevas preguntas.
Nuevas dudas.
Nuevos temores.
Al entrar, cerró la puerta con llave.
Solo entonces permitió que el aire escapara de sus pulmones.
Sin llamar a las doncellas, comenzó a preparar ella misma un baño.
No pensaba dejar que nadie la ayudara.
No cuando podía sentir varias marcas oscuras dispersas por su piel.
No cuando apenas podía soportar verse a sí misma.
Mucho menos permitiría que otras personas lo hicieran.
Cuando finalmente se sumergió en el agua caliente, cerró los ojos.
Intentó recordar.
Intentó encontrar alguna imagen.
Algún sonido.
Algo.
Pero no encontró nada.
Solo oscuridad.
Y aquello la frustró todavía más.
Al cabo de un rato salió de la bañera y comenzó a buscar entre sus vestidos.
Terminó escogiendo uno de cuello alto y mangas largas.
Uno que cubriera la mayor parte posible de su cuerpo.
Mientras se observaba en el espejo, una nueva idea cruzó por su mente.
¿Qué ocurriría si alguien descubría lo sucedido?
¿Qué haría su padre?
¿Qué diría la nobleza?
¿Y qué haría Elías?
La joven apretó los labios.
No.
Eso último no le importaba.
O al menos eso intentó convencerse.
Porque si algo había quedado claro aquella mañana, era que el duque Ashford jamás le daría el beneficio de la duda.
Y después de la forma en que la había acusado...
Ella tampoco tenía demasiadas ganas de volver a verlo.
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada