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Renacer En Tu Piel: La Esposa Del Magnate

Renacer En Tu Piel: La Esposa Del Magnate

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Venganza / CEO / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15: La Furia de la Leona y el Rastro de la Sombra

El estruendo del motor del jet privado ahogaba la lluvia torrencial que azotaba la pista de Barajas. El interior de la aeronave, habitualmente un remanso de lujo y silencio, se había convertido en un puesto de mando táctico en el que el aire se sentía tan denso que resultaba difícil respirar.

Elena no se había desmayado. La debilidad duró apenas un segundo, el tiempo justo en que la mente procesó la palabra que ningún padre puede escuchar sin sentir que el universo se quiebra: Leo.

Ahora, sentada frente a la pantalla de control táctico, su palidez de hielo se había transformado en una compostura aterrante. Llevaba aún el vestido rojo carmesí de la reunión en Roma, pero se había despojado de las joyas y de los tacones de aguja. Sus pies descalzos presionaban el suelo de moqueta del avión, y su mirada castaña, fija en los mapas satelitales que parpadeaban en rojo, brillaba con la ferocidad sanguinaria de una madre a la que le han arrebatado a su cría.

A su lado, Dante era la encarnación de la muerte misma.

Se había quitado la chaqueta del esmoquin y la corbata. Las mangas de su camisa blanca estaban arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto la musculatura imponente de sus antebrazos, donde las venas se marcaban con la tensión de un depredador a punto de despedazar a su presa. En su mano diestra sostenía un teléfono satelital de frecuencia militar, escuchando los reportes que llegaban desde la Finca Las Encinas.

—Quiero a la brigada completa de Milán en el espacio aéreo de Madrid en veinte minutos —ordenó Dante. Su voz no era un grito; era un barítono tan bajo, rasposo y cargado de odio contenido que los dos analistas de seguridad que trabajaban a su lado temblaban al teclear—. Si la policía local pone un solo obstáculo en las carreteras de acceso, bloqueen sus comunicaciones. No quiero sirenas. Quiero a mis hombres rodeando cada salida en un radio de cincuenta kilómetros.

—Señor Valenti —intervino Roberto desde la pantalla secundaria, desde el lugar de la explosión—. Las cámaras térmicas perimetrales captaron el momento exacto. No fue una bomba de demolición; fue una carga selectiva de distracción en el muro del granero. Usaron gas anestésico de acción rápida en el ala infantil. Marta cayó inconsciente antes de poder activar el protocolo de cierre en la habitación de Leo. La cuna de Victoria estaba en la estancia contigua y el sellado automático la aisló a tiempo. Ella está a salvo en el búnker.

Elena apretó las manos sobre el borde de la mesa de nogal. Sus nudillos se pusieron blancos.

—¿Quién se llevó a mi hijo, Roberto? —preguntó Elena. Su voz no tembló. Era una línea perfecta de acero.

—El vehículo de huida era una furgoneta blindada con placas diplomáticas falsas —respondió Roberto, mostrando la secuencia de imágenes pixeladas—. Pero cometieron un error. En la puerta trasera se observa el sello de la naviera Vane-Sola. Lord Thomas Vane no actuaba solo cuando lo encaramos en el palacio. Dejó una célula durmiente en Madrid financiada por el capital residual de los Moretti.

Dante golpeó la mesa con el puño cerrado. El impacto hizo crujir la madera de caoba del jet.

—El Cardenal Borghese sabía lo que Vane planeaba —dijo Dante, girándose hacia Elena con los ojos grises convertidos en dos brasas de carbón—. Nos distrajeron en Roma para que bajáramos la guardia en la Finca. Creyeron que nos doblegarían amenazando lo más sagrado que tenemos.

Elena se levantó lentamente. El vestido rojo se amoldaba a su figura con la presencia imponente de una reina en guerra. Se acercó a la armería integrada del avión, donde dos escoltas preparaban el chaleco táctico de Dante.

Sin pedir permiso a nadie, Elena tomó un chaleco de protección ligero y se lo ajustó sobre el torso. El tejido negro comprimió la plenitud de su pecho y enmarcó la marcada curvatura de su cintura, convirtiendo su figura sensual en la silueta de una guerrera implacable.

Dante la observó, deteniendo la mano del escolta que intentaba pasarle su propia arma.

—Tú te quedas en la base del aeropuerto con la pequeña Victoria, Elena —dijo Dante, caminando hacia ella, intentando mantener un hilo de voz protector—. Esto va a ser una masacre. No voy a dejar a nadie con vida en ese almacén. No quiero que presencies esto.

Elena alzó la cara. Sostuvo la mirada de su esposo sin ceder un milímetro. Colocó sus palmas sobre el chaleco duro de Dante, sintiendo la furia volcánica que hacía vibrar el cuerpo del magnate.

—Ese niño no nació de mi vientre pero es mío , Dante —susurró ella, con una intensidad que hizo que los escoltas en la cabina bajaran la vista por respeto—. Llevé su vida dentro de mí cuando todos creían que yo estaba muerta. Renací para proteger a mi familia y no voy a esperar en una sala de VIP mientras tú peleas por nuestro hijo.

Dante la contempló en silencio. La mezcla de dolor, orgullo y pasión que experimentó al ver a su esposa dispuesta a derramar sangre por su sangre borró cualquier duda de su mente. La tomó por la nuca con su mano masiva y pegó sus labios a los de ella en un beso amargo, feroz y lleno de una promesa implacable.

—Entramos juntos —sentenció Dante contra su boca—. Y no dejamos un solo traidor en pie.

El complejo industrial abandonado de los antiguos astilleros del Tajo, a cuarenta kilómetros de Madrid, permanecía a oscuras bajo la lluvia incesante. El olor a humedad, metal oxidado y fuelle impregnaba el aire nocturno.

En el interior de la nave principal, suspendida entre vigas de acero corroído, una sola lámpara halógena iluminaba una silla de madera. Sobre ella, el pequeño Leo permanecía dormido, envuelto en su manta infantil, bajo los efectos del sedante suave.

A tres metros de la silla, Lord Thomas Vane caminaba de un lado a otro con un teléfono satelital en la mano. Su traje impecable estaba manchado de barro en el bajo de los pantalones y su rostro revelaba la desesperación de un hombre que se sabe acorralado por las deudas y la venganza.

A su alrededor, seis mercenarios armados con fusiles de asalto mantenían guardia en los accesos de la nave.

—¡Dije que llamaras a la embajada de nuevo! —gritó Vane a uno de sus hombres—. Cuando Valenti descubra que el niño está aquí, mandará a la aviación privada si es necesario. Necesitamos el helicóptero de rescate en la azotea ¡ya!

—El helicóptero no va a llegar, Vane —resonó una voz grave, profunda y helada que pareció salir de la mismísima penumbra del techo.

Los mercenarios reaccionaron por instinto, alzando sus armas hacia las pasarelas superiores. Pero antes de que el primer hombre pudiera apretar el gatillo, el sonido sordo de tres disparos con silenciador cortó el aire.

Dos de los guardias cayeron al suelo de concreto sin soltar un solo gemido.

El pánico se apoderó de la nave. Las luces halógenas parpadearon y se apagaron de golpe, sumiendo el astillero en una penumbra total iluminada únicamente por los relámpagos que cruzaban los ventanales del techo.

Dante emergió de la sombra como un gigante de la muerte. Se movía con una rapidez letal que no correspondía a su envergadura monumental. Desarmó al mercenario más cercano con un golpe seco que le partió el brazo, utilizando el cuerpo del hombre como escudo antes de ejecutar a los otros dos guardias con una precisión quirúrgica.

Lord Vane soltó un alarido de terror, corriendo hacia la silla donde dormía Leo con la intención de usar al niño como rehén.

—¡No te acerques, Valenti! ¡Lo mato! —chilló Vane, sacando una pistola corta de su chaqueta y apuntando a la cabeza del pequeño.

Antes de que los dedos de Vane pudieran tocar el gatillo, una figura se atravesó en su camino con la velocidad de un rayo.

Elena, surgiendo desde la sombra lateral de la maquinaria, le asestó una patada certera con la bota táctica directamente a la muñeca de Vane. El impacto desvió el arma, que salió volando por el aire y fue a estrellarse contra los escombros.

Sin darle tiempo a recuperarse, Elena lo tomó de la solapa con una fuerza nacida de la furia materna y lo estampó contra una columna de hierro.

—¡No vuelvas a poner tus sucias manos cerca de mi hijo! —siseó Elena.

Con un movimiento preciso y lleno de rabia, le asestó un golpe con el codo en el pómulo, haciendo que Vane cayera de rodillas sobre el concreto, sangrando profusamente y suplicando por su vida.

Dante llegó a su lado en dos zancadas. Tomó a Vane por el cuello con su mano masiva y lo levantó medio metro del suelo, apretando la garganta del traidor hasta que los ojos del hombre comenzaron a desorbitarse.

—Te di la oportunidad de huir con lo que te quedaba en Londres —dijo Dante en un barítono que heló la sangre de los sobrevivientes—. Pero elegiste tocar a mi hijo.

—Dante... no —dijo Elena con voz firme pero calmada.

Dante miró a su esposa sin soltar a Vane. En sus ojos grises aún ardía la sed de sangre.

Elena se acercó a la silla, tomó al pequeño Leo en sus brazos y lo apretó contra su pecho con una ternura infinita. El niño, comenzando a despertar del sedante, gimoteó suavemente al reconocer el perfume de su madre y se acurrucó contra su cuello.

—Ya ganamos, Dante —dijo Elena, mirándolo a los ojos con la majestad de una reina que no necesita más sangre para confirmar su victoria—. Déjalo para la justicia federal. Su vida ya no vale la bala que vas a gastar.

Dante contempló a su esposa sosteniendo a su hijo a salvo. La tensión asesina que agarrotaba sus músculos comenzó a ceder ante la visión de su familia intacta. Con un gesto de desprecio, lanzó a Vane contra el suelo, donde Roberto y los operativos de élite que acababan de asegurar el perímetro procedieron a esposarlo.

Tres horas más tarde, el sol matutino comenzaba a abrirse paso entre las nubes sobre la Finca Las Encinas.

Las fuerzas de seguridad privadas y la policía federal habían asegurado completamente el perímetro de la propiedad. Los heridos de la explosión menor habían sido atendidos y la normalidad regresaba a la mansión.

En la suite principal, la enorme cama king size acogía a la familia. Leo y la pequeña Victoria dormían plácidamente en el centro, envueltos en mantas suaves, ajenos a la tormenta que sus padres habían destruido fuera de esos muros.

Elena se encontraba sentada al borde del colchón, luciendo una bata de seda blanca que marcaba con elegancia las curvas de su figura. Peinaba con ternura los bucles de Leo mientras escuchaba la respiración pausada de sus hijos.

Dante caminó hacia la cama tras hablar con los abogados en el pasillo. Se había cambiado de ropa y vestía pantalones cómodos de lino y una camisa clara desabrochada. Se sentó a su lado, envolviendo la cintura de Elena con su brazo musculoso y pegando su frente a la de ella.

—Todo está terminado, mi reina —murmuró Dante con su voz profunda, besando la comisura de sus labios—. Vane y sus aliados pasarán el resto de sus días en una prisión de máxima seguridad. La Orden del Cardenal ha sido disuelta por el Vaticano tras las pruebas que enviamos a la fiscalía.

Elena sonrió, apoyando las manos en el pecho firme de su esposo, sintiendo el latido constante y poderoso de su corazón.

—No hay más sombras, Dante —susurró ella con una plenitud absoluta—. Vencimos al pasado, vencimos a los enemigos y defendimos lo que amamos.

Dante la contempló con una devoción inacabable. La tomó del mentón y la besó con una lentitud dulce, profunda y cargada de una promesa de eternidad. En los brazos de su Adonis, la mujer que una vez creyó haberlo perdido todo contemplaba el imperio indestructible de su familia, sabiendo que su amor y su fortaleza reinarían por siempre.

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Zaida Sanchez
así es imparables indomables🔥
Zaida Sanchez
así es dandole el respaldo a ella con orgullo 😍😍😍
Zaida Sanchez
eso estubo buenísimo 😍😍😍
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
Elena le dio un paro de cucardia😳😳
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
estoy van a encendiar mi pantalla unos capítulos más adelante 😳😳😳😳😳😂😂😂😂
Zaida Sanchez: candela pura 🥵🔥💘😍
total 2 replies
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
😳😳😳😳 eso promete
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