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BAJO EL HECHIZO DEL PRÍNCIPE ELFO

BAJO EL HECHIZO DEL PRÍNCIPE ELFO

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno / Mujer poderosa
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Celeste A. Godoy

En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.

NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5 MENTIRAS

Aelion

El galope de mi montura sobre los adoquines cálidos de la avenida principal de Aethelgard resonaba con la precisión de un reloj de arena.

La brisa de la tarde balanceaba las copas de los robles sagrados, pero ni el frescor de la capital ni la majestad de sus arcos de piedra marfil lograban apaciguar el volcán que me rugía por dentro.

Llevaba la túnica de gala verde oscuro bordada en hilo de plata, el ropaje ceremonial que correspondía a mi posición como Príncipe Heredero.

Sobre mi espada descansaba la mano, rígida, apretando la empuñadura hasta que los nudillos se tornaban blancos. No podía pensar en otra cosa.

Cada parpadeo traía consigo la misma imagen: el destello del lirio plateado en el hombro de esa mestiza, la suavidad de su piel, el fuego de su primera vez y el ardor de la cachetada que me había dejado en el rostro antes de huir con mi bolsa de gemas.

¿Quién es? ¿A dónde se fue?, me preguntaba una y otra vez, la mente girando en un bucle de rabia, celos y un deseo posesivo que jamás en mis doscientos años de vida había experimentado.

La Diosa Aliane la había marcado para ser mi alma gemela, un regalo que rara vez tenemos y yo fue elegido entre tantos, y sin embargo, ella se había esfumado como la niebla del amanecer.

Desmonté frente a las imponentes puertas de bronce del Centro Sanador Real. Dejé las riendas de mi caballo a uno de los guardias de la entrada y ordené a los sirvientes que trasladaran los cofres con los recursos y donaciones que había prometido a mi madre desde los establos principales.

Ajusté mi capa y me adentré en el sanatorio. El aroma a eucalipto, lavanda y flores de caléndula inundaba los pasillos de arcos blancos.

Avancé con paso firme, el sonido de mis botas de cuero resonando en el suelo de piedra pulida. Tenía la intención de entregar el reporte de los suministros a la Reina Elora y regresar de inmediato a las Comarcas a buscar el rastro de la muchacha.

Pero al acercarme a la zona de los gabinetes privados, la voz de mi madre llegó a mis oídos.

Estaba en la habitación contigua a la sala de reposo. Me detuve a un par de metros de la puerta de roble semiabierta, no por falta de modales, sino porque una segunda voz, suave, dulce y temblorosa, hizo que se me congelara la sangre en las venas.

Esa voz...

Se me detuvo el aliento en la garganta. Pegué la espalda a la pared de mármol del pasillo, afinando mi oído élfico para escuchar a través de la rendija.

—Dime la verdad, querida... —decía la voz cálida y maternal de mi madre—. ¿Tienes novio?

Un silencio tenso flotó en el aire durante un segundo. Luego, la respuesta de la muchacha llegó en un susurro apresurado que me atravesó el pecho como una daga de hielo:

—Sí... es un muchacho de las Comarcas, majestad. Un humano.

Se me apretó la mandíbula con tal violencia que los músculos de mi cuello se tensaron al límite. Sostuve la respiración, sintiendo cómo una marea de veneno helado me inundaba las entrañas.

¿Novio?, pensé, la rabia y el desprecio ardiendo con más fuerza que nunca. Embustera... ¡Maldita mentirosa! Te entregaste a mí esta misma mañana en el lecho de flores, abriste tus piernas para mí, aceptaste mi bolsa de gemas preciosas... ¡y ahora le dices a la Reina de Aethelgard que tienes un novio humano en el pueblo!

La voz de mi madre volvió a sonar, esta vez cargada de una severidad desaprobatoria:

—Pues déjame decirte que tu novio es un bruto bastante descuidado. Copular con una muchacha tan joven sin la menor delicadeza... ¡Qué falta de consideración por tu honor y por tu cuerpo! Dime... al menos se cuidaron, ¿verdad?

Escuché un pequeño ahogo, un murmuro avergonzado por parte de la joven:

—Mmm... no.

—¡Qué insensato! —exclamó la reina, indignada—. Dejarte en ese estado, marcarte el cuello y no preocuparse por tu honor... Definitivamente los hombres son iguales en todas las especies. Yo tengo un hijo, sabes... Tiene doscientos años y mi mayor deseo es que me dé nietos, pero parece que es absolutamente alérgico a las mujeres. A veces pienso que la Diosa me castigó con un príncipe sin corazón...

No necesité escuchar una sola palabra más. El aire a mi alrededor parecía estar a punto de estallar.

Con la cabeza erguida, la postura recta y el rostro convertido en una máscara de hielo noble, empujé la puerta de roble y me adentré en el gabinete, dejando que la sombra de mi presencia llenara la habitación.

—Madre... ya he traído la carga de recursos que prometí para el sanatorio —anuncié con mi voz más profunda, grave y autoritaria.

El efecto fue instantáneo y devastador.

La muchacha, que estaba sentada en una banqueta de madera de espaldas a la entrada, se congeló por completo.

La vi ponerse rígida como una vara de metal. Lentamente, como si temiera lo que iba a encontrar, giró la cabeza hacia mí.

Cuando sus grandes ojos ámbar chocaron con los míos, el color desapareció de sus pómulos por completo, dejándola más pálida que la túnica de lino que vestía.

Abrió la boca ligeramente, ahogando un jadeo de pavor. Sus manos, pequeñas y temblorosas, se apretaron contra la tela de su falda.

La sorpresa y el pánico absoluto dibujados en su rostro fueron un bálsamo para mi orgullo herido.

Me complació profundamente ver la manera en que la realidad la golpeaba en la cara. La niña humilde que me había dado una cachetada en el Coto Real, la mestiza que creyó haber usado a un cazador cualquiera del bosque para sacar dinero, estaba descubriendo en este preciso instante que el hombre con el que se había acostado esta mañana no era otro que el Príncipe Heredero de Aethelgard.

Una sonrisa amarga, casi imperceptible y llena de una burla fría, se dibujó en la comisura de mis labios. La sostuve con la mirada, disfrutando de su temblor, de la forma en que sus pupilas se dilataban por el shock.

—Sorpresa, pequeña...— pensé con satisfacción oscura. No esperabas que el 'salvaje' de esta mañana llevara una corona sobre la cabeza.

—Aelion, hijo, llegas justo a tiempo —dijo mi madre, totalmente ajena a la tormenta silenciosa y mortal que se estaba desarrollando a dos metros de ella—. Le estaba dando unas palabras de aliento a la joven Mia.

Mia. Por fin tenía tu nombre. Un nombre sencillo, humilde, pero que se sintió como música antigua al resonar en mi mente.

—Mia... qué nombre tan singular —dije, dando dos pasos lentos hacia adelante, manteniendo mis ojos azules fijos en los suyos sin darle un solo segundo de tregua—. Madre, ¿no me vas a presentar a esta joven tan... honesta?

Mi madre sonrió con calidez y extendió una mano hacia mí.

—Mia, querida, te presento a mi hijo, el Príncipe Heredero Aelion. Aelion, ella es Mia, la sobrina de Dorian, uno de los pacientes más antiguos del centro.

Mia trago saliva con una dificultad evidente. Tenía la respiración agitada y sus nudillos estaban blancos de tanto apretar su falda. Sentí cómo la culpa y la vergüenza la consumían por dentro al saberse descubierta ante la realeza.

—Es... es un honor, su alteza —balbuceó en un hilo de voz que apenas se escuchó en el gabinete.

—El honor es mío, Mia —respondí con ironía rasposa, dando un paso más hacia ella, imponiendo mi altura sobre su pequeña figura—. Estaba escuchando la conversación desde el pasillo. Mi madre decía que tuviste un encuentro desagradable con tu... novio.

Al pronunciar la palabra novio, la miré con una frialdad acusadora que hizo que ella bajara la cabeza de inmediato.

—Sí... —intervino mi madre con un suspiro dramático, poniéndose al lado de la muchacha—. Su novio ha sido un salvaje desconsiderado. La ha dejado adolorida, le ha dejado una marca terrible en el cuello y ni siquiera se ha preocupado por su dignidad. Hay hombres que no tienen la menor delicadeza.

Al escuchar las palabras de mi madre, sentí que una ola de calor abrasador y peligroso me recorría la sangre.

Un salvaje imprudente...

El cuerpo se me tensó por completo. La túnica de gala me pareció de pronto demasiado estrecha. La rabia, mezclada con una excitación posesiva que no pude controlar, me hizo apretar los dientes. Ese hombre "imprudente", ese "salvaje" que la había tomado en la hierba, que le había hecho soltar gemidos de placer, que la había marcado con sus dientes y que se había derramado en su interior sin ningún tipo de control... ¡era yo!

Saber que ella le estaba describiendo a mi propia madre nuestro acto de pasión salvaje en el bosque, disfrazándolo como un ataque de un supuesto "novio humano", me volvió completamente loco de celos y deseo.

Quería tomarla de la muñeca en ese mismo instante, sacarla del sanatorio, llevarla a mis aposentos privados y demostrarle de nuevo qué tan salvaje podía llegar a ser el hombre que la había poseído.

Mia debió notar el fuego oscuro que ardía en mis ojos, porque el pánico en su rostro se multiplicó por diez.

—Yo... yo debo irme —dijo ella con la voz quebrada, poniéndose de pie torpemente, casi tropezando con el banco de madera—. Pido disculpas, majestad... debo ver cómo sigue mi tío y regresar a casa.

—Pero Mia, querida, no te hemos dado la pomada para... —intentó detenerla la reina.

—¡Gracias por todo, Reina Elora! Con permiso, su alteza...

Mia no esperó respuesta. Recogió sus faldas, esquivó mi cuerpo con un movimiento apresurado y salió corriendo del gabinete a toda prisa, sus pasos resonando como un eco desesperado por el pasillo de mármol.

Me giré instintivamente para ir tras ella, dando un paso largo hacia la puerta con la firme intención de alcanzarla en el patio y encararla de una vez por todas.

—¡Aelion! —la voz de mi madre me detuvo en seco.

Me congelé bajo el marco de la puerta, la respiración agitada y la mano apretada en la empuñadura de mi espada.

Mamá se cruzó de brazos, mirándome de arriba abajo con una mezcla de conmoción y absoluta exasperación.

—Mira nada más... has puesto nerviosa a la pobre muchacha —regañó mi madre, negando con la cabeza—. Entras aquí con esa cara de piedra, emitiendo ese aura de príncipe guerrero que asusta a cualquiera, y la pobre niña sale huyendo aterrorizada. De verdad, Aelion...

La reina suspiró, caminando hacia su mesa de pociones y acomodando unos frascos de cristal.

—Y cambiando de tema... dime la verdad, hijo —continuó mi madre, mirándome de reojo con una ceja levantada—. ¿A ti te gustan los hombres? Porque no entiendo cómo ignoras a mujeres tan hermosas y jóvenes como esa niña y te quedas ahí parado como una estatua de mármol mientras se va. ¡Parece que nunca me vas a dar nietos para alegrar mi vida!

Cerré los ojos por un segundo, apretando la mandíbula con tal fuerza que los músculos de mi cara dolieron. Tragué saliva, intentando controlar la impaciencia y la frustración que me devoraban por dentro.

—Madre... por favor —respondí con una voz rasposa, cansada y cargada de una contención extrema—. Aún soy joven. Doscientos años es poco para nuestra estirpe. Déjame vivir mi vida a mi manera.

Me acerqué a ella a pasos rápidos, le tomé la mano delicada y le imprimí un beso respetuoso en la mejilla para dar por terminada la conversación antes de que su agudo instinto élfico descubriera algo más.

—Ahí he dejado la donación que prometí en el patio principal. Debo retirarme a atender asuntos de la guardia —dije sin darle tiempo a replicar.

—Gracias, hijo... pero sigues siendo un caso perdido en el amor... —escuché que murmuraba la reina a mis espaldas mientras yo ya abandonaba el gabinete a grandes zancadas.

Crucé el pasillo del sanatorio casi volando. Los sirvientes y curanderos se apartaban a mi paso al ver la expresión furiosa y la prisa con la que avanzaba el Príncipe Heredero. Salí por las enormes puertas de bronce y llegué a las escalinatas de piedra del edificio.

La luz de la tarde comenzaba a teñir la capital de Aethelgard con tonos dorados y púrpuras.

Me paré en lo alto de la plaza principal, mis ojos azules recorriendo la multitud de comerciantes, carretas, campesinos humanos y nobles élficos que transitaban por la avenida. Busqué desesperadamente una cabellera castaña, una túnica sencilla de lino con el cuello alto o la figura frágil pero indomable de la mujer que llevaba la marca del lirio en su hombro.

—¡Mia! —murmuré para mí mismo, apretando los puños.

Bajé las escaleras de tres en tres, abriéndome paso entre la gente. Llegué hasta la intersección de la calle principal que conducía hacia los límites de la ciudad y el camino de las Comarcas. Miré hacia la izquierda, hacia la derecha, entre la multitud de carruajes y puestos de fruta... pero no había el menor rastro de ella.

Se había vuelto a desvanecer.

La había vuelto a perder en medio de la ciudad, exactamente igual que en el bosque.

Me quedé de pie en mitad de la calle concurrida, respirando con dificultad, con la túnica real agitada por la brisa de la tarde. El ardor de la cachetada que me había dado esa mañana en el Coto Real me escocía de nuevo en la mejilla, pero el vacío que sentía en el pecho era mil veces peor.

—No vas a escapar de mí, Mia... —susurré entre dientes, la mirada fija en el camino hacia el Valle de los Humanos, con la promesa firme y peligrosa de que movería cielo y tierra hasta volver a tener a mi alma gemela entre mis brazos.

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Nery Guerrero
así me gusta q te superes y le calles la boca a la gente
Nery Guerrero
así es Mia para adelante y más nada
Nery Guerrero
q bien Mia les diste en la mera torre nadie se burla de ti
Nery Guerrero
así es demuestra lo que eres y lo q sabes q todos te respeten
Nery Guerrero
te admiro Mia supérate para q estés a la altura del Príncipe no dejes q nadie te pisotee
Nery Guerrero
Bueno Mia ese es un riesgo que tú tienes que correr
Nery Guerrero
q Rico y a la vez frustrante la interrupción pero lo disfrutaron un rato
Nery Guerrero
bien por Dorian y Mia pero los humillaran por ser pobres los defenderá la reina estará embarazada Mia
Nery Guerrero
q lindo conquista a tú chica ella es una buena niña no la hagas sufrir
Nery Guerrero
esa Mia si es boba dígale la verdad y punto deja q el Príncipe crea lo peor de ella en el fondo ellos dos se gustan
Nery Guerrero
q Mia ella sabe que el Príncipe la consigue dónde sea pero es una necia y el Príncipe la humilló muy feo
Nery Guerrero
q chimbo Mia de dijo lo del novio para no delatar al Príncipe pero el Príncipe no se lo q está pensando
Nery Guerrero
será q la reina se dará cuenta de lo q pasó entre ellos
Nery Guerrero
hay q ver q los hombres son idiotas la embarran y después se hacen los inocentes después de q la disfruta la caga
Nery Guerrero
q rico seguro q ella queda embarazada más a favor de el
Nery Guerrero
wow ese afrodisiaco si q es fuerte ojala y la chica le haga el favor y después q castigue a la princesa por mala gente
Nery Guerrero
por el pedazo que leí se ve q va ser buena
Zaida Sanchez
primera vez que la protagonista quiere el aborto 😭🤔
Zaida Sanchez
excelente historia me encanta 😍😍😍😍
Zaida Sanchez
puro fuego 😵‍💫🫨🥵
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