Hay amores que duelen más que cualquier golpe. Leo lo sabe bien: ama a una madre que lo abandonó, que lo eligió última vez, que lo cambió por un monstruo. Sobre el escenario aprende a llorar y reír bajo comando, pero fuera de él sigue siendo ese niño que espera en la puerta a que ella regrese. Cuando finalmente vuelve, Leo está dispuesto a perdonarlo todo. Pero el pasado no miente, y las heridas mal cerradas siempre sangran de nuevo. Esta es la historia de un hijo que aprendió a soltar, aunque le arrancaran el alma en el intento.
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Capítulo 16: El eco de una madre ausente
Los meses posteriores a la conferencia de prensa fueron un período de reconstrucción silenciosa. Leo trabajó en una nueva película, una comedia romántica que le exigía sonreír aunque por dentro estuviera hecho pedazos. Fue un éxito comercial, pero él la recordaba como la película más difícil de su carrera. Porque reír cuando quieres llorar es el acto de actuación más demandante que existe.
Valeria, entretanto, había desaparecido del ojo público. Su abogado, el tal Sebastián Rojas, también había sido detenido por su participación en el fraude. Sin Fabián, sin dinero y sin su reputación, ella se había convertido en una sombra errante, viviendo en un pequeño departamento alquilado en las afueras de la ciudad.
Leo sabía todo esto porque, a pesar de sus esfuerzos por cortar lazos, no podía evitar estar al tanto de su situación. Contrató a un investigador privado para que le informara de sus movimientos, no por obsesión, sino por seguridad. Necesitaba saber que no estaba planeando otra venganza.
—Sigue viviendo sola —le informó el investigador en su último reporte—. No trabaja. Vive de la caridad de unos familiares lejanos. No parece estar tramando nada.
—¿Y cómo se ve? —preguntó Leo, y la pregunta lo sorprendió a sí mismo.
—Delgada. Envejecida. Se nota que ha pasado por momentos difíciles.
Leo no dijo nada más. Esa noche, sin embargo, no pudo dormir. La imagen de su madre delgada y envejecida lo atormentaba. A pesar de todo, a pesar de las mentiras, a pesar del robo, seguía siendo su madre. Y una parte de él, esa parte que nunca lograba callar del todo, se preguntaba si debería hacer algo para ayudarla.
—No —se decía a sí mismo—. No puedo. Ya lo intenté. Y me usó.
Pero la duda persistía.
Una semana después, recibió una carta. No estaba firmada, pero reconoció la letra temblorosa de inmediato. Era de Valeria.
"Leo:
No espero que me perdones. Tampoco espero que me respondas. Solo quiero que sepas que estoy enferma. Algo en la sangre. Los médicos dicen que es grave, que quizás no tenga mucho tiempo. No te lo digo para que sientas lástima. Te lo digo porque, antes de irme, necesito que sepas que siempre te quise. No supe demostrarlo. No supe ser la madre que merecías. Pero te quise con todas mis fuerzas, aunque esas fuerzas no fueran suficientes.
Si algún día quieres verme, estaré en el hospital San Lucas, habitación 312. Si no quieres, lo entenderé.
Siempre tuya, aunque no lo merezca.
Valeria."
Leo leyó la carta una vez, dos veces, tres veces. Su corazón latía con fuerza, y sus manos temblaban. ¿Era verdad? ¿O era otra trampa? ¿Otra mentira diseñada para manipularlo?
Llamó a Héctor y le leyó la carta por teléfono.
—¿Crees que es cierto? —preguntó.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea.
—No lo sé, Leo. Podría ser verdad. O podría ser otra artimaña. Pero hay una forma de averiguarlo.
—¿Cómo?
—Yendo al hospital. Sin avisar. Y viendo con tus propios ojos.
—¿Y si es una trampa?
—Entonces sales por la misma puerta por la que entraste. Ya no eres un niño indefenso, Leo. Tienes el control. Puedes irte cuando quieras.
Leo respiró hondo. Sabía que Héctor tenía razón. Pero el miedo seguía ahí, instalado en su pecho como un animal dormido que podía despertar en cualquier momento.
—Iré mañana —dijo al fin—. Pero no iré solo.
—Te acompañaré —respondió Héctor—. Estaré en la sala de espera. Si necesitas salir, solo tienes que decirlo.
A la mañana siguiente, Leo se levantó temprano y se vistió con ropa sencilla. No quería que su madre lo viera como el actor famoso. Quería que lo viera como su hijo, aunque esa palabra ya no significara lo que solía.
El hospital San Lucas era un edificio blanco, limpio y frío. Olía a desinfectante y a flores marchitas. Leo caminó por los pasillos con el corazón en la garganta, hasta que llegó a la habitación 312.
La puerta estaba entreabierta. Empujó con cuidado y entró.
Valeria estaba en la cama, pálida y demacrada. Tenía el cabello escaso, los pómulos marcados y las manos descansando sobre la sábana blanca como si ya estuvieran muertas. Cuando lo vio, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Leo —susurró—. Viniste.
—Sí —respondió él, y su voz era un hilo—. Vine.
Se sentó en la silla junto a la cama y la tomó de la mano. No supo por qué lo hizo. Fue un acto reflejo, como si su cuerpo recordara algo que su mente había olvidado.
—No tengo mucho tiempo —dijo ella—. Los médicos dicen que quizás unas semanas.
—¿Por qué no me llamaste antes?
—Porque no quería que vinieras por lástima. Y porque no quería que esta fuera la única razón para verte.
—No es lástima —dijo Leo, y sintió que las lágrimas comenzaban a brotar—. Es dolor. Dolor de saber que te estás yendo. Dolor de saber que nunca tuviste el tiempo para ser mi madre de verdad. Y ahora, cuando quizás podrías intentarlo, te estás yendo.
Valeria apretó su mano con una fuerza que no parecía posible en su estado.
—Sé que no merezco tu perdón. Pero quiero que sepas algo. Si pudiera volver atrás, cambiaría todo. No te habría dejado. No te habría elegido a él. Te habría querido como merecías. Esa es mi única verdad. La única que no es mentira.
Leo no respondió. Solo se quedó allí, sosteniendo la mano de su madre, escuchando el sonido de su respiración entrecortada. Y supo que, aunque el perdón no llegaría esa noche, quizás algún día, cuando el dolor se hubiera convertido en recuerdo, podría encontrar la paz.
Se quedó hasta que ella se durmió. Luego salió de la habitación y caminó hacia la sala de espera, donde Héctor lo esperaba con una taza de café en la mano.
—¿Cómo estuvo? —preguntó el director.
—Difícil —respondió Leo, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Pero necesario.
—¿Vas a volver?
—Sí. Hasta el final. Porque aunque ella no supo quererme, yo sí supe quererla. Y quizás eso baste.
Héctor puso una mano sobre su hombro y lo guió hacia la salida. Afuera, el sol brillaba sobre la ciudad, y Leo sintió que, por primera vez en mucho tiempo, podía respirar.
No había olvidado el dolor. Pero estaba aprendiendo a vivir con él.