Estar en la zona de amigos es vivir en el infierno disfrazado de confianza.
Layla ama en silencio a Alexander, su mejor amigo, pero para él ella es solo una hermana: nunca la verá con otros ojos. Mientras tanto, Ryan, el chico que parecía no tener corazón ni sentimientos, se cruza en su camino y pone su mundo patas arriba.
De repente nada es sencillo. Alexander empieza a cuestionarse si en realidad ha estado mirando a la persona equivocada todo este tiempo. Y Ryan está dispuesto a todo para demostrarle que, a veces, lo que buscas no está donde crees… sino justo frente a ti.
¿Seguirá esperando a quien nunca la verá, o se atreverá a tomar el riesgo de amar a quien sí la mira como nadie más?
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Cap 17: Visita inesperada
...Layla Morgan ...
—Chicos, veo que ya se conocieron —apareció mi madre seguida de la misma mujer que vi en el hospital—. Ella es Elizabeth, la madre de Ryan y una de mis amigas de la escuela.
—Hola, cariño, me alegra que te encuentres mejor —se acercó a mí y tomó mi mano. Sonreí educadamente—. Tienes una hija muy linda.
—Gracias —respondí.
Stefan tosió para llamar la atención.
—Tú también eres muy lindo, cariño —le dijo mi madre para consolarlo, y él comenzó a repetir que sí era guapo.
Resulta que mi madre había invitado a comer a su amiga y a su hijo al saber que estaban en la ciudad. Lo que poco a poco fui entendiendo es que ellos no vivían aquí, sino que venían directamente desde Francia y se habían mudado hace muy poco tiempo.
Durante toda la comida, las dos mujeres recordaron sus años de secundaria, rieron y hasta se burlaron con cariño de antiguos compañeros y anécdotas de juventud. Incluso escuché a mi hermano entablar conversación con Ryan y llevarse bien desde el principio.
También me enteré de que, aunque ahora nos parecíamos desconocidos, ya nos habíamos visto de pequeños: cuando teníamos unos tres años, nuestras madres se reunían seguido y nos dejaban jugar juntos, pero yo no guardaba ningún recuerdo de esa época.
Mi madre estaba tan entretenida hablando con su amiga que no se dio cuenta cuando me levanté y salí del comedor. Pensé en buscar a mi tío Justin para no aburrirme, pero recordé que se había despedido la noche anterior, pues tenía que regresar a Virginia.
Caminé hacia la sala y abrí las grandes ventanas que daban al patio, donde estaba la piscina que mi madre siempre había querido. Hacía un clima agradable, fresco aunque con sol. Me alegré de que no me hubiera dicho nada por mi ropa: normalmente no le gustaba que vistiera de negro, pero yo no lo hacía para molestarla, sino para cubrirme las heridas.
La mayoría de mi ropa eran blusas cortas y faldas; pocas veces usaba pantalones o chaquetas, solo en invierno, pero ahora necesitaba empezar a vestirme así.
Me senté en una mecedora junto a la piscina, cerré los ojos y estiré los brazos. Mi tranquilidad duró poco, porque alguien se sentó a mi lado. Abrí los ojos y me encontré con la mirada de Ryan, que sonreía ampliamente.
—Layla —pronunció mi nombre, y su voz me recordó a la que escuché antes de perder el conocimiento: fue él quien se dio cuenta de que tenía una crisis de ansiedad mientras todos gritaban y acusaban a mi hermano.
—Tienes un nombre peculiar.
—No eres la primera persona que me lo dice —le respondí mientras sacaba el celular para revisar redes sociales.
Tenía cientos de mensajes en WhatsApp, notificaciones en Instagram y comentarios en Facebook, como si hubiera pasado algo grave. Solo por haber tenido un accidente.
—¿Sabes? Nací en Francia y viví allá hasta hace poco, así que conozco bien el idioma —empezó a decir con naturalidad—. Y en francés, el nombre Layla se asocia con “brillo, calor y luz intensa”. Es como esa claridad que no solo ilumina, sino que también da calor y energía.
—No lo sabía —respondí con curiosidad, sin darle mucha importancia.
—¿No te parece justo? Igual que el verano, que no solo da luz, sino que es intenso, cálido y lo llena todo de vida. Eres así: no pasas desapercibida, dejas tu huella.
—Supongo que puede ser.
—¿Y sabes cuál es mi cosa favorita? Aquello que da calor sin quemar, que alegra el día y hace que todo se sienta más vivo.
Esperen… ¿estaba tratando de coquetear? No se me daba bien identificarlo, así que no estaba segura.
—Déjame adivinar… ¿el sol? —lo interrumpí.
Se rió y negó con la cabeza.
—Exacto, el sol. Pero tú eres mejor que eso: tienes esa misma intensidad y ese calor que hace que todo a tu alrededor se sienta más cálido.
Asentí sin saber qué responder. Contesté mensajes: Madison me avisaba que vendría a verme al día siguiente, y Alexander preguntaba cómo me sentía.
—¿Por qué te llamas así? —insistió.
—Porque mis padres así lo decidieron.
—Seguro hay una historia detrás.
No era nada del otro mundo, pero se la conté para que dejara de preguntar:
—De acuerdo. Mis padres se conocieron un día de mucho sol, en plena primavera. Cuando se vieron, dijeron que sintieron una sensación de calor y alegría, como si el día se hubiera vuelto más brillante en ese instante.
—Empezaron a hablar, se hicieron amigos y luego pareja. Cuando mi madre supo que esperaba un bebé, quería un nombre que significara fuerza y calidez. El día que nací, hacía un día precioso, con un sol que entraba por toda la habitación. Entonces mi padre dijo: “Se llamará Layla, porque trajo luz y calor a nuestra vida”.
—¿Contento?
—Muy contento —sonrió—. Entonces, si el verano es caliente y lleno de energía, y tú eres igual… desde ahora te voy a llamar “Soleil”. Es la palabra en francés que significa “sol”. Queda perfecto, ¿no?
—No, nada de apodos —negué rápido—. Me llamo Layla y punto.
—Ya lo sé —insistió con esa sonrisa suya—, pero es más que un apodo.
—Es una forma sexy de llamarte.
Iba a responderle cuando escuché la voz de mi hermano.
—¡Ahí estás! Te he buscado por toda la casa —llegó Stefan, algo agitado—. Es hora de tus pastillas. ¿Dónde las dejaste?
—En mi habitación —me levanté para ir a buscarlas.
—¡No! —me detuvo—. Quédate sentada, yo voy.
Se fue corriendo. Sabía que lo hacía por orden de nuestros padres, pero también por culpa de lo que me había pasado.
—Tu hermano debe sentirse muy culpable —comentó Ryan.
—Sí, lo castigaron y tiene que atenderme en todo momento —le respondí. Y cambié de tema—: Oye, ¿qué hacías en el hospital el día que desperté? ¿Tenías algo que ver con los golpes que tenías en la cara?
Se puso serio y apartó la mirada.
—Sí. Me quisieron robar, me negué a soltar el celular y me golpearon. Terminé en urgencias. Mi madre fue a verme y, al salir, se cruzó con la tuya, que le contó lo de tu accidente. Así me enteré.
—¿Eso pasó el mismo día?
—No, unos días después. Mi madre quiso venir a visitarte para acompañar a la tuya. Yo me asomé a tu habitación sin que te dieras cuenta, y creo que mi presencia te ayudó a despertar.
—Qué raro —pensé—. Y tú eras un completo desconocido para mí.
—Ya no lo soy, nos conocemos desde hace años —me corrigió.
—Pero yo no lo recuerdo, y tú tampoco, seguro.
—Tienes razón, no lo recuerdo —admitió con una sonrisa—, pero me lo imagino.
—¡Aquí están! —llegó Stefan con un vaso de agua y las pastillas.
—Gracias —tomé el vaso y me las tomé despacio.
—Creo que ya me voy —dijo Ryan mirando el celular—. Ha sido un gusto, Stefan. Nos vemos en la escuela… Soleil.
—¡Nos vemos! —respondió mi hermano.
En cuanto se alejó, Stefan me dijo:
—¿No te parece un chico estupendo? Me cayó muy bien, nada que ver con ese Alexander, que es tan pesado.
Pesado era Ryan, que ya me había puesto apodo en francés y me decía que era como el sol, igual que el verano.
...“Llegó de la nada como si nada, y con sus palabras y su forma de actuar no dejaba de parecerme extraño y muy raro.”...
^^^Continuará…^^^