Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 4: El último pensamiento.
El impacto había sido violento, brutal, capaz de destruir cualquier cosa humana. Y sin embargo, mientras todo a mi alrededor se rompía, mientras el coche se retorcía como un juguete roto bajo la fuerza del choque, mi mente seguía funcionando, clara, lúcida, demasiado lúcida para lo que estaba pasando.
Sentí cómo el cinturón de seguridad me cortaba la respiración, cómo el aire se me escapaba de los pulmones en un solo suspiro largo y doloroso. Oí el sonido del cristal estallando, miles de fragmentos que volaban por el aire brillando bajo la luz de los faros, cortando mi piel, dejando marcas que no sentía. Sentí el movimiento violento, el giro, la caída, hasta que todo se detuvo de golpe, con un golpe seco y definitivo que hizo temblar todo mi ser.
Y luego… silencio. Un silencio absoluto, que dolía más que cualquier ruido.
No me moví. No podía. Mi cuerpo estaba allí, atrapado entre los hierros retorcidos, inclinado en un ángulo imposible, golpeado, herido, roto en mil partes que ya no obedecían a mi voluntad. Pero mi mente… mi mente seguía despierta, alerta, pensando, sintiendo, recordando.
La lluvia seguía cayendo con fuerza, golpeando sobre el techo destrozado del coche, entrando a cántaros, mojándome la cara, el pelo, la ropa. El agua era fría, helada, y me hacía sentir más viva, más consciente de lo que estaba pasando. Podía ver la oscuridad de la noche a través de los agujeros en el metal, podía ver las luces lejanas de la ciudad, tan cerca y tan lejos a la vez.
Y en esos últimos momentos, mientras la vida se me escapaba poco a poco, mientras el dolor empezaba a llegar, agudo, terrible, pero extrañamente lejano, mi mente viajó. No pensé en mi trabajo, ni en mis diseños, ni en el dinero, ni en la casa grande y vacía. No pensé en Alejandro, ni en lo que habíamos sido o dejado de ser.
Pensé en ellos. Solo en ellos.
Vi la cara de mi madre, María. Vi sus ojos dulces, llenos de amor y de preocupación, vi sus manos arrugadas de trabajar, vi su sonrisa que siempre me hacía sentir que todo iba a estar bien. Recordé cómo me cantaba de pequeña, cómo me arreglaba el pelo, cómo me esperaba con la comida caliente, cómo me abrazaba cuando algo me salía mal. Recordé sus lágrimas de esa mañana, su miedo, su amor incondicional. "Mamá… lo siento. Lo siento mucho. No quería dejarte así. No quería que me vieras irme".
Vi a mi padre, Julián. Su figura alta y fuerte, sus manos grandes y ásperas que podían arreglar cualquier cosa, su voz tranquila y profunda que siempre tenía la razón. Recordé cómo me enseñó a montar en bicicleta, cómo me llevaba a pasear por el campo, cómo me miraba con orgullo cada vez que lograba algo. Recordé sus palabras de esa mañana: "Te apoyaremos siempre, pase lo que pase". Y me dolió en el alma saber que ahora, cuando más me necesitaba, cuando yo ya no estaba, él tendría que ser fuerte por todos. "Papá… cuídalos. Cuida de mamá. Cuida de Lucas. Sé fuerte, por favor. Yo te quise más de lo que te dije nunca".
Y luego, vi a Lucas. Mi hermano pequeño, mi mejor amigo, mi compañero de vida. Su cara joven, llena de vida, de inteligencia, de alegría. Sus ojos, iguales a los míos, que me veían hasta el fondo del alma. Recordé todas las veces que habíamos reído juntos, todas las veces que habíamos llorado, todas las veces que nos habíamos defendido el uno al otro contra el mundo. Recordé sus palabras de ayer: "Te estás apagando, Vale. Y me asusta". Y ahora, me apagaba de verdad. Y él se quedaría solo. Él tendría que vivir sin mí. "Lucas… perdóname. Perdóname por irme antes que tú. Por dejarte solo. Tú eras mi ancla, hermano. Y ahora te dejo a ti la tarea de mantenerlos a todos a flote. Sé que podrás hacerlo. Sé que serás grande, maravilloso, todo lo que yo soñé ser. Vive, Lucas. Vive mucho, vive fuerte, vive con toda la intensidad que yo no pude tener. Y recuérdame… recuérdame como la hermana que te quería más que a nada".
Esos fueron mis últimos pensamientos. Ellos. Mi familia. Mi vida. Todo lo que dejaba atrás. Todo lo que amaba y que ya no volvería a ver.
Y luego, entre el dolor, entre la tristeza, entre la despedida, volvió él. El deseo. Esa necesidad profunda, antigua, que había estado en mí desde siempre. Esa sed de algo más, de algo fuerte, de algo real.
"No es justo",pensé, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas que se mezclaban con el agua de la lluvia. "No es justo irme ahora. No es justo haber vivido toda una vida y no haber sentido nada de verdad. No es justo haber tenido todo y no haber tenido nada. No es justo morir sin haber amado con el alma, sin haber vivido con pasión, sin haber sentido lo que es estar vivo de verdad".
Y en ese último segundo, cuando mi corazón empezó a fallar, cuando la oscuridad se cerraba sobre mí, cuando ya no había vuelta atrás, mi alma gritó. Gritó con todas sus fuerzas, gritó al universo, a Dios, a quien fuera que pudiera escuchar.
"¡Dame otra oportunidad! ¡Por favor! ¡Si existe algo más allá, si existe algo después… lléname! Lléname de lo que sea. De dolor, de amor, de oscuridad, de luz. Pero no me dejes irme así. No me dejes desaparecer sin haber vivido de verdad. Haré lo que sea. Iré a donde sea. Seré lo que sea. Solo… dame la oportunidad de sentir. De ser. De vivir. Aunque tenga que pagar un precio alto. Aunque tenga que irme a la mismísima muerte".
Y entonces, todo se apagó. El dolor, el ruido, la lluvia, los recuerdos, la tristeza. Todo desapareció.
Me hundí en una oscuridad total, suave, infinita. Caía, caía, caía, durante un tiempo que no medía horas ni días, sino siglos. Caía lejos de la tierra, lejos de mi vida, lejos de todo lo que había conocido. Y mientras caía, sentí que algo cambiaba. Sentí que mi cuerpo viejo, el cuerpo de Valeria, se deshacía, se quedaba atrás, se convertía en polvo y en recuerdo. Y sentí que algo nuevo se formaba. Algo más fuerte, más hermoso, más intenso.
Y en medio de esa caída eterna, escuché de nuevo la voz. Esa voz profunda, grave, hermosa y aterradora a la vez. La voz que había escuchado en mis sueños, en la tormenta, en mi alma.
—Tu deseo ha sido escuchado, Valeria. Tu pacto está sellado. Pediste vivir, pediste sentir, pediste ser llenada. Y yo te lo concedo. Pero recuerda: ahora me perteneces. Yo soy la Muerte. Y tú… tú serás mi esposa.
La palabra esposa resonó en toda mi conciencia, vibrando, cambiándome, transformándome.
Y luego, la caída se detuvo. La oscuridad se abrió. Y abrí los ojos.
Ya no estaba en el coche destrozado. Ya no estaba en la carretera mojada. Ya no estaba en mi mundo.
Estaba de pie, en una habitación inmensa, hecha de piedra negra que brillaba como si estuviera mojada, con paredes altas llenas de grabados que parecían contar historias sin fin. La luz era grisácea, suave, eterna, como si el sol nunca saliera ni se pusiera, como si siempre fuera el crepúsculo. El aire era frío, denso, pero no me daba frío. Al contrario, me hacía sentir despierta, alerta, viva como nunca antes.
Miré mis manos. Ya no eran las manos de Valeria. Eran más largas, más finas, de una piel pálida y suave como la seda. Mis dedos eran elegantes, fuertes, y sentí que tenían poder. Me toqué la cara, el pelo. Mi cabello, antes castaño, ahora caía en ondas oscuras, negras como la noche, con reflejos azulados que brillaban bajo la luz gris. Mis ojos… Sentí que mis ojos habían cambiado. Que ahora veían mucho más allá de lo que se veía a simple vista.
Me acerqué a una superficie de piedra pulida que hacía las veces de espejo, y me vi. Y por un momento, me quedé sin aliento.
La mujer que me devolvía el reflejo era hermosa.