🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩
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Cuatro pasos
El Palacio de la Primavera Eterna, la residencia oficial del Emperador, abrió sus pesadas puertas de madera lacada en rojo para recibir a su nuevo morador. El traslado desde el cuartel militar se realizó bajo un sol pálido que apenas lograba calentar los tejados de tejas doradas. El ambiente del palacio imperial ya no olía a la carnicería de las tropas del norte; los sirvientes, bajo las estrictas órdenes de Yan Jincheng, habían lavado cada rincón con agua de rosas, encendido braseros de bronce con incienso de sándalo y colgado pesadas cortinas celeste para intentar recrear el hogar que Li Xiaowei tanto extrañaba. Sin embargo, para el joven monarca, el cambio de escenario no significaba la libertad. El palacio era solo una jaula más grande, más lujosa, pero igualmente impregnada por el recuerdo de sus verdugos.
Xiaowei fue instalado en la alcoba imperial principal, una habitación inmensa dominada por una cama tallada con los nueve dragones del imperio. El esfuerzo físico del traslado y el peso de las túnicas de la coronación habían dejado su anatomía delgada al borde del colapso. Al sentarse en el borde del jergón, un dolor agudo y punzante recorrió su vientre bajo y se extendió hacia su cadera derecha, obligándolo a emitir un gemido ahogado. Su rostro se volvió completamente blanco, y un sudor frío brotó de su frente, recordándole con crudeza la cojera que el médico le había pronosticado.
El viejo médico militar entró a la alcoba arrastrando sus pasos, cargando varios frascos de porcelana que contenían aceites calientes de loto salvaje y bálsamos de jengibre. Tras él, manteniendo la distancia exacta de cuatro pasos que se había impuesto como un castigo autoinfligido, avanzaba el General Yan Jincheng.
—Majestad —comenzó el médico, arrodillándose ante el lecho con una profunda reverencia—. El daño estructural en los tendones de su cadera y los músculos de la pelvis debe ser tratado de inmediato si queremos evitar que la cojera se vuelva permanente. He preparado los aceites medicinales. Es necesario aplicar masajes profundos y firmes en la zona herida dos veces al día para desmanchar los fluidos estancados y alinear las fibras de la carne.
Xiaowei miró los frascos y luego levantó sus ojos oscuros, fijos en el médico. Su voz fue un hilo frío, limpio de cualquier rastro de emoción.
—Deja los aceites sobre la mesa —ordenó el príncipe—. El viejo Lao Chang puede encargarse de la tarea en privado. No necesito que la corte sea testigo de mi debilidad.
—Lao Chang no tiene la fuerza necesaria en las manos para romper los nudos de los tendones contra el hueso, Su Majestad —intervino Jincheng. Su voz, desprovista de la arrogancia del pasado, era un susurro ronco, cargado de una sumisión culposa que a Xiaowei le provocaba una profunda desconfianza—. Yo lo haré.
El impacto de la propuesta cayó sobre la alcoba como una losa de mármol. Xiaowei se tensó de inmediato bajo sus finas prendas interiores de seda blanca. Sus pupilas se dilataron por el pánico instintivo y un temblor incontrolable recorrió cada uno de sus músculos, haciendo que sus manos se contrajeran sobre su regazo. El miedo que sentía hacia su esposo regresó con la fuerza de un huracán. Recordaba con demasiada nitidez las manos grandes y ásperas del general hundiéndose en su piel durante las noches, la crudeza de su violencia en el cuartel y el dolor del desgarro interno que aún latía.
—No... —susurró Xiaowei, y por primera vez en días, su fachada de jade frío mostró una grieta de terror absoluto—. El General Yan ya ha cobrado suficientes deudas de mi cuerpo. No permitiré que vuelva a tocarme.
Jincheng apretó los puños, tragándose el llanto que le subía por la garganta al ver el pánico que su simple presencia desataba en el joven. Dio un paso hacia atrás, mostrando sus palmas limpias en un gesto de rendición.
—Sé que te causo repulsión. Sé el monstruo que fui en tu cama y me lo merezco —dijo el general con una humildad desgarradora—. Pero el médico dice que si no se trata ahora, el hueso se fijará de forma errónea para siempre. No lo hago por deseo, ni por reclamar poder sobre ti. Lo hago porque fui yo quien rompió tu andar, y soy yo quien debe cargar con el dolor de repararlo. No te miraré, mantendré los ojos fijos en la madera si lo deseas, pero déjame sanar lo que destruí.
El médico, comprendiendo la asfixiante tensión traumática y romántica que dominaba a los esposos, hizo una reverencia apresurada y se retiró de la habitación, cerrando las pesadas puertas y dejando a los dos hombres sumergidos en el silencio.
Xiaowei cerró los ojos con fuerza, conteniendo la respiración. La tortura de la desconfianza seguía dominando su mente. Sin embargo, el dolor sordo de su cadera era una realidad insoportable. Sabía que un Emperador que no podía caminar con firmeza perdería el respeto de los ministros corruptos antes del cambio de estación.
—Házlo rápido —consiguió articular Xiaowei, con la voz temblorosa por la fiebre del trauma—. Pero si intentas... si tu mano sube más de lo necesario, usaré el acero de la guardia para cortar mi propio cuello ante ti. No volveré a ser tu esclavo.
Jincheng asintió en silencio, sintiendo que la advertencia del Emperador se clavaba como una daga directamente en su corazón herido. Se acercó a la cama con movimientos exageradamente lentos, para no asustar de nuevo al joven. Xiaowei se recostó de lado sobre las sábanas celeste, dándole la espalda al general, ocultando el rostro entre sus brazos.
El general se despojó de sus guantes de cuero y frotó sus palmas con el aceite de loto salvaje caliente hasta que el aroma terroso inundó el ambiente. Con una delicadeza que contrastaba de forma cruda con su brutalidad pasada, Jincheng deslizó la tela de la túnica blanca del príncipe, dejando al descubierto la cadera derecha y la parte superior del muslo de Xiaowei. La piel del joven estaba marcada por los restos de los hematomas morados que las manos y dientes del general habían dejado.
Al sentir el primer contacto de las manos de Jincheng sobre su piel, el cuerpo de Xiaowei reaccionó con un espasmo violento. Soltó un gemido ahogado de pánico y sus dientes comenzaron a castañear de forma audible. El temblor en sus hombros delataba la carnicería interna que sufría por dentro. Su sistema nervioso rechazaba el contacto físico de su verdugo; cada músculo de su pelvis se tensó como una cuerda de arco, lo que dificultaba el masaje.
—Relájate, por favor... no te haré daño —susurró Jincheng cerca de su espalda, forzando a su voz a mantener una dulzura que a Xiaowei le parecía una trampa.
Jincheng comenzó a presionar. Usó los pulgares para seguir la línea del tendón que unía la cadera con el vientre bajo. La carne allí estaba inflamada, rígida por el desgarro interno y la acumulación de fluidos debido a las infecciones. El general aplicó una fuerza firme, rompiendo los nudos musculares con movimientos circulares.
El dolor regresó con una crudeza devastadora para el Emperador. Xiaowei clavó las uñas en las sábanas, mordiéndose el labio hasta volver a hacerlo sangrar para no gritar ante los ojos de su captor. Sentía que el hierro incandescente de las noches volvía a encenderse dentro de su carne. Las lágrimas, calientes y amargas, corrieron finalmente por sus mejillas, empapando el tejido celeste de la cama. El sufrimiento era real, pero la agonía de saber que el hombre que amaba estaba tocando la zona de su mayor degradación era una tortura que le asfixiaba los pulmones.
Jincheng observaba las lágrimas del Emperador y el temblor continuo de su cuerpo delgado. Cada gemido ahogado de Xiaowei se sentía como una estocada en su propio orgullo. La culpa corrosiva le quemaba los dedos mientras trabajaba en la carne herida, convenciéndose de que este era su verdadero infierno: estar tan cerca del cuerpo que amaba, tocando la piel que una vez adoró en el jardín de las promesas muertas, pero sabiendo que cada uno de sus movimientos causaba terror y desconfianza eterna en el alma del monarca.
La química latente y el deseo oscuro que alguna vez los unió se habían transformado en una dinámica de poder asfixiante. En la penumbra de los aposentos imperiales, el roce se sentía como una prolongación del castigo. Jincheng deseaba estrecharlo contra su pecho, pedir disculpas con besos suaves sobre sus marcas moradas, pero sabía que un gesto de afecto desataría un colapso de pánico en el joven. Estaba condenado a ser el sanador de un cuerpo que él mismo había destrozado, bajo la mirada fría y sospechosa de un Emperador que prefería la muerte antes que volver a confiar en la amabilidad de su esposo.
Cuando el tratamiento terminó, Jincheng cubrió el cuerpo de Xiaowei con la manta con una presteza reverencial, dio cuatro pasos hacia atrás y se colocó los guantes de cuero, ocultando sus manos temblorosas y manchadas de aceite.
Xiaowei permaneció inmóvil, acurrucado de lado, respirando de forma superficial y deficiente mientras el dolor sordo de su cadera comenzaba a adormecerse bajo el efecto medicinal del loto. No volvió a mirar al general. Se quedó mirando la pared dorada del palacio del dragón, atrapado en una vigilia constante de sospecha, sabiendo que el amanecer de su imperio seguiría pavimentado con el pánico de su cuerpo el remordimiento infinito de un esposo que aún buscaba la redención en la distancia de sus propios pecados.