"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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El cliente incómodo.
23:40 – Club Eclipse. Mesa 7.
El club estaba lleno. Era viernes, noche de despedidas de soltero y oficinistas sueltos después de una semana de corbata y reuniones. Valeria acababa de terminar su segundo show, con el cuerpo empapado de sudor y los tacones gastados, cuando Dante la interceptó al costado del escenario. Tenía la expresión de quien va a pedir algo que sabe que no va a gustar.
—Luna, la mesa 7 quiere un privado. Pidieron específicamente por vos —dijo Dante, agarrándola del brazo con una firmeza innecesaria.
—No hago privados, Dante. Ya lo sabés. Es lo único que pedí cuando entré.
—Lo sé. Pero este cliente es especial. Es amigo del dueño. Y el dueño quiere que lo atiendas. No es negociable.
—Que lo atienda otra. Pamela, Brenda, Romina. Cualquiera.
—Escuchame bien, Luna. Acá las reglas las pongo yo. Si no te gusta, la puerta está abierta. Pero si te vas, no vuelvas. Y no me hago responsable de lo que pase después con tu contrato.
Valeria tragó saliva. Necesitaba el trabajo. Necesitaba la plata. Pero la idea de un baile privado, a solas con un desconocido en una sala VIP, le revolvía el estómago como si hubiera comido algo en mal estado.
—¿Diez minutos? —preguntó, con un hilo de voz.
—Quince. Y después te vas a tu casa. Palabra de Dante.
—Quince minutos. Ni uno más.
—Trato hecho.
La sala VIP era un cuarto pequeño con sillones de cuero negro, luces tenues regulables y un espejo que cubría toda una pared, como los de las salas de interrogatorio. El cliente la esperaba sentado, con una copa de whisky caro en la mano derecha y un reloj de oro que brillaba en la muñeca izquierda. Era un hombre de unos sesenta años, traje a medida, el pelo canoso peinado hacia atrás con fijador. Tenía la mirada de quien está acostumbrado a conseguir lo que quiere sin preguntar el precio.
—Así que vos sos Luna. Me hablaron maravillas de vos —dijo el hombre, con una voz pastosa por el alcohol.
—Gracias. ¿Cómo se llama usted? —preguntó Valeria, manteniendo la distancia.
—Podés llamarme Carlos. O Carlitos, si querés. Acá estamos entre amigos, ¿no?
—No exactamente. Esto es un servicio profesional.
Valeria puso la música con el control remoto. Un tema lento, sensual, con un saxo que gemía en la penumbra. Empezó a bailar, manteniendo la distancia, como le había enseñado Lorena. Sonrisa ensayada, movimientos calculados, la mirada perdida en un punto fijo detrás del cliente. Pero Carlos no se conformaba con mirar.
—Acercate, nena. No muerdo. Por ahora —dijo Carlos, dando un sorbo a su whisky.
—Prefiero mantener la distancia. Es más profesional.
—Profesional. Qué palabra tan fría para un momento tan cálido. Dale, vení, no seas tímida.
El hombre se puso de pie con una agilidad impropia para su edad y avanzó hacia ella. Valeria retrocedió hasta chocar contra la pared fría. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Carlos la miró fijamente, con una expresión que cambió gradualmente: del deseo al reconocimiento, como si una ficha hubiera caído en su lugar dentro de su cerebro.
—Esperá un momento... Yo te conozco —dijo Carlos, entrecerrando los ojos—. Vos no sos Luna. Vos sos la mujer de... ¿cómo era? ¿Andrés Gutiérrez? Sí, Andrés. Trabaja en la misma empresa que mi hijo menor.
—Se equivoca. Yo no conozco a ningún Andrés —respondió Valeria, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas.
—Claro que sí. Te vi en la cena de fin de año de la empresa, hace dos años. Llevabas un vestido azul eléctrico. Muy lindo, por cierto. Más lindo que esto, si me permitís la opinión.
—Le juro que se equivoca. Soy Luna. Solo Luna.
Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies y se la tragaba entera. Alguien la había reconocido. Alguien que conocía a Andrés. Alguien que podía destruir su vida con una sola llamada telefónica.
—No te preocupes, nena —dijo Carlos, volviendo a sentarse con la calma de un depredador satisfecho—. Yo sé guardar secretos. Pero todo secreto tiene un precio. ¿No te parece?