Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 18
Cap 18: Velocidad y sombras
A Sebastián nunca le había gustado la velocidad. Los carros de carreras le parecían ruidosos, el olor a caucho quemado le irritaba la nariz, y la idea de dar vueltas en círculo durante horas le resultaba absurda. Pero llevaba tres días sentado en el muro de pits del Autódromo Miraval, y no se había aburrido ni un solo minuto.
Era Dante.
El gris con franjas amarillas pasó rugiendo frente a él, el V8 modificado sacudiendo el aire con cada cambio de marcha. Sebastián siguió el carro con la mirada hasta que desapareció en la curva. Incluso la naturaleza puede cambiar, pensó, y no supo si se refería al ruido que ya no le molestaba o a algo más difícil de nombrar.
—Tres vueltas en cuatro cuarenta y siete —dijo Néstor, revisando el cronómetro junto a él—. Es buen tiempo.
Sebastián asintió sin decir nada. Sabía que Dante no lo vería así.
El carro volvió a pasar. Y otra vez. Y otra vez.
Héctor se acercó al muro de pits a las seis de la tarde, todavía con los audífonos de comunicación colgando del cuello.
—Ya nos vamos, Seb. Vale tiene hambre y yo también. ¿Vienes?
—No. Me quedo.
Héctor lo miró un segundo de más, pero no insistió. Se fue con Vale, que alcanzó a gritar desde el estacionamiento:
—¡Dile a Dante que si no come algo, se va a desmayar en la pista y va a ser muy vergonzoso!
Sebastián levantó la mano en señal de que había escuchado, pero no se movió de su lugar.
El sol se fue poniendo. Las luces del circuito se encendieron. Dante seguía dando vueltas, ajustando la entrada a la curva tres, frenando medio segundo antes, medio segundo después. Buscando algo que los números no terminaban de darle.
Néstor se sentó junto a Sebastián con dos latas de café frío. Le ofreció una.
—Gracias —dijo Sebastián.
El viejo se quedó callado un rato, escuchando el motor a lo lejos. Después habló sin voltear a verlo.
—Llevo ocho años manejando esta pista. He visto a mucha gente venir a ver a Dante correr. Patrocinadores, periodistas, mujeres, hombres. Todos se van después de la segunda vuelta. —Le dio un trago al café—. Nunca había visto a nadie esperarlo así.
Sebastián no respondió. Abrió su lata y bebió.
A las ocho, Dante por fin entró a pits. Se bajó del carro quitándose el casco, el traje negro y rojo con el patrón de flamas empapado de sudor. Tenía el pelo pegado a la frente y los ojos todavía encendidos de concentración.
Vio a Sebastián sentado en el muro y frunció el ceño.
—¿Sigues aquí?
—Sigo aquí.
Dante lo miró como si quisiera decir algo más, pero solo chasqueó la lengua y se fue a cambiar.
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En el carro, Dante dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento del copiloto antes de que Sebastián arrancara.
—Yo manejo —dijo Sebastián, y Dante no protestó. Eso era más revelador que cualquier queja.
Salieron del autódromo. Sebastián conducía el Lamborghini con cuidado, sin acelerar de más, tomando las curvas con suavidad. A los cinco minutos, la respiración de Dante se volvió lenta y profunda. Se había dormido.
Sebastián no encendió la radio.
En el primer semáforo en rojo, se detuvo y giró la cabeza. La luz rojiza del semáforo entraba por el parabrisas y le daba a la cara de Dante un tono cálido. Tenía los labios ligeramente abiertos, las pestañas oscuras contra la piel, una línea de tensión entre las cejas que ni dormido desaparecía del todo.
Sebastián extendió la mano. Con un dedo, trazó el puente de la nariz de Dante. Despacio. Desde el entrecejo hasta la punta. Un recorrido de tres segundos que se sintió como algo que no debería haberse permitido.
Retiró la mano. Se quitó su propia chamarra y la puso sobre Dante con cuidado, cubriendo desde el pecho hasta los brazos cruzados.
El semáforo cambió a verde. Sebastián aceleró.
Dante abrió los ojos quince minutos después, cuando el carro se detuvo frente a la villa. Lo primero que vio fue la cara de Sebastián muy cerca, inclinado hacia él para desabrocharle el cinturón de seguridad.
Se quedó quieto. Desde esa distancia veía cada detalle: la línea de la mandíbula, las pestañas, la forma en que la luz del tablero le marcaba el perfil.
"Tiene la cara bien hecha, el cabrón."
—Ya llegamos —dijo Sebastián, y se echó para atrás.
—Ya sé —dijo Dante con la voz ronca del sueño. Miró la chamarra sobre él pero no preguntó nada. Se la quitó de encima y la dejó en el asiento al bajar del carro.
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Al día siguiente, Vale le mandó un audio de tres minutos que Dante escuchó a velocidad doble.
—...y el premio es increíble, Dante, ¡son los guantes autografiados de Montoya! Los que usó en la temporada del 2012. Pero aguas, porque la carrera la organiza Gonzalo Ibarra, así que ya sabes que va a estar lleno de gente pesada. ¿Vas a entrar o no?
Dante contestó con un mensaje de texto: "Ya me inscribí."
Estaba dejando el celular en la mesa cuando entró un mensaje de un número que reconoció de inmediato. Emilio.
"Dante. Me enteré de lo del contrato con Sebastián. ¿Qué términos le ofreciste exactamente? Porque lo que él me contó no tiene mucho sentido."
Dante apretó el celular con fuerza. Marcó el número de Sebastián. Contestó al segundo timbrazo.
—¿Bueno?
—¿Le contaste a Emilio sobre el contrato? —La voz de Dante era baja y filosa.
—No le conté nada. Me llamó preguntando y le dije que era un asunto privado.
—¿Y por qué chingados le contestaste la llamada?
Silencio al otro lado.
—Dante, fue una llamada de treinta segundos. No le dije...
—No me importa cuánto duró. No le contestes. Ni llamadas, ni mensajes, ni nada. Si Emilio te busca, me dices a mí primero. ¿Entendiste?
Otro silencio. Después, la voz de Sebastián, calmada:
—Entendí.
Dante colgó sin despedirse.
Se quedó parado en medio de su cuarto, con el pulso acelerado y un sabor amargo en la boca que no tenía nada que ver con Emilio. Abrió la aplicación de la carrera para revisar la lista de inscritos. Pasó su propio nombre. Pasó dos más que conocía del circuito local.
El tercero lo hizo detenerse.
Adrián Herrera.
Dante se quedó viendo el nombre. Lo conocía de referencia: veinticuatro años, tres victorias consecutivas en el circuito del norte, y según Vale —que se enteraba de todo— tenía algún tipo de interés particular en Dante. El tipo de interés que no se explicaba solo por la competencia.
—Ese tipo... ¿qué hace aquí?