Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.
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El primer obstáculo.
El domingo llegó envuelto en una mezcla de expectación y nerviosismo. Diego se despertó antes de que sonara el despertador, con el estómago revuelto y la mente reproduciendo una y otra vez todas las cosas que podían salir mal en la comida con la madre de Alicia. ¿Y si no le caía bien? ¿Y si se mostraba incómoda con su ceguera? ¿Y si, después de conocerla, Alicia cambiaba de opinión sobre ellos dos?
—Deja de darle vueltas —le regañó Elena mientras desayunaban—. Vas a conocer a una señora que hace paella. No a un tribunal de la Inquisición.
—Ya, pero es la madre de Alicia. Si ella no me acepta...
—Si ella no te acepta, Alicia tendrá que decidir qué es más importante para ella. Pero eso es problema de Alicia, no tuyo. Tú solo tienes que ser tú mismo, como te dijo ella. ¿Puedes hacer eso?
—Creo que sí.
—Pues ya está. Y ahora pórtate bien, que Max ya está esperando el arnés.
El perro, efectivamente, estaba sentado junto a la puerta con el rabo moviéndose como un limpiaparabrisas, impaciente por salir. Diego le puso el arnés y juntos salieron a la calle. Alicia les esperaba en la parada del autobús, como casi todos los días, y en cuanto Diego sintió su perfume, los nervios se calmaron un poco.
—Estás tenso —observó ella, tomándole del brazo—. Relájate, no te voy a llevar al matadero.
—Ya, pero... ¿le has contado lo mío? ¿Sabe que soy ciego?
—Claro que lo sabe. Se lo dije el primer día que te mencioné. No me gustan las sorpresas, y menos con mi madre.
—¿Y qué dijo?
—Preguntó si necesitabas algún tipo de ayuda especial. Le dije que no, que tenías un perro guía y que te manejabas perfectamente. Y luego se quedó callada un rato y dijo: «Mientras sea buena persona y te haga feliz, el resto me da igual».
Diego respiró aliviado. No era una reacción entusiasta, pero tampoco era hostil. Un punto de partida aceptable.
El piso de Clara estaba en un barrio tranquilo de edificios bajos y calles arboladas. Alicia abrió la puerta con su propia llave, y en cuanto entraron, Diego fue recibido por una cascada de olores: el azafrán y el pimentón de la paella, el suavizante de la ropa recién planchada, un ambientador de vainilla que impregnaba el recibidor. Olores domésticos, acogedores, que sin embargo no consiguieron aplacar del todo su inquietud.
—Mamá, ya estamos aquí —anunció Alicia.
Unos pasos apresurados, el sonido de unas zapatillas arrastrándose por el parqué. Y luego una voz femenina, más grave que la de Alicia pero con un timbre similar.
—Pasad, pasad. Estaba terminando la paella. Tú debes de ser Diego.
—Encantado, señora —dijo Diego, extendiendo la mano hacia el lugar de donde provenía la voz.
El apretón fue firme, seco, breve. Demasiado breve. Diego intuyó una cierta reticencia, un distanciamiento educado que no presagiaba nada bueno.
—Clara, por favor. Nada de señora, que me haces mayor. ¿Y este perro tan guapo? ¿Es Max?
—Sí, es mi perro guía.
—¿Puedo acariciarle?
—Cuando no lleva el arnés, sí. ¿Le quito el arnés un rato?
—Sí, por favor. Me encantan los animales.
Diego liberó a Max del arnés de trabajo y el labrador, encantado con su nuevo estatus de mascota libre, se lanzó a olisquear cada rincón del salón con el entusiasmo propio de su raza. Clara lo observó —Diego lo supo porque oyó su risa— y luego les guio hasta el salón, donde una mesa rectangular ya estaba preparada con mantel de cuadros y cubiertos relucientes.
—¿Qué queréis beber? —preguntó Clara—. Tengo vino, agua, refrescos...
—Agua para mí, por favor —dijo Diego.
—Yo también agua, mamá.
Los primeros minutos transcurrieron con una tensión soterrada. Clara hacía preguntas de cortesía —a qué se dedicaba, dónde vivía, cómo había conocido a Alicia— y Diego respondía con amabilidad, intentando que su tono fuera seguro y agradable. Pero notaba algo en el ambiente, una especie de escrutinio silencioso que le ponía nervioso.
La paella estaba deliciosa, eso tuvo que reconocerlo. El arroz en su punto, los mejillones y las gambas perfectamente cocinados, el sabor ahumado del pimentón que se deshacía en el paladar. Alicia y él comieron con apetito, mientras Clara hablaba de su trabajo en el hospital y de lo mucho que echaba de menos a su hija desde que se había independizado.
—Esta niña siempre con sus dibujos —dijo Clara en un momento dado, con un tono que pretendía ser cariñoso pero que a Diego le sonó un poco a reproche—. Podría haberse metido en una carrera con más salidas, pero ella erre que erre con el arte. Y ya ves, ahora trabajando en una floristería. Con lo lista que es.
—Mamá... —protestó Alicia.
—No lo digo a malas, hija. Solo que me preocupo por ti.
—A mí me parece admirable —intervino Diego—. Dedicarse a lo que a uno le apasiona, aunque no sea lo más fácil. Alicia es una artista increíble. He tenido la suerte de que me leyera algunas de sus ilustraciones, bueno, de que me las describiera, y tiene un talento especial.
Clara se quedó callada unos segundos, y Diego sintió que la temperatura de la conversación bajaba unos grados.
—¿Leer las ilustraciones? —preguntó Clara—. Ah, claro, como tú no puedes verlas...
—Mamá —atajó Alicia, y esta vez su voz era cortante.
—No lo he dicho con mala intención. Es un hecho. Diego no puede ver. No hay nada de malo en reconocerlo, ¿no?
—No, claro que no —dijo Diego, aunque un nudo empezaba a formársele en el estómago—. No me importa hablar de mi ceguera.
—Pues entonces dime —Clara se inclinó hacia delante, y su tono pasó de la cortesía a una curiosidad que a Diego le resultó incómoda—, ¿cómo os manejáis en el día a día? Quiero decir, si salís a cenar, ¿tiene que ayudarte Alicia con el menú? Si vais al cine, ¿cómo le haces? No me malinterpretes, solo intento entender cómo es vuestra relación.
—Mamá, por favor —Alicia estaba visiblemente molesta—. No le hagas un interrogatorio.
—No es un interrogatorio, es interés. Si mi hija va a estar con una persona con... necesidades especiales, quiero saber cómo se organizan.
Diego sintió que las palabras de Clara le golpeaban como pequeños dardos. «Necesidades especiales». Era una expresión que odiaba con toda su alma, porque lo reducía a una etiqueta, a un problema que gestionar. Pero se contuvo. Por Alicia. Por la paella. Por no empezar con mal pie.
—Nos organizamos bien —respondió con calma—. Alicia me lee el menú si hace falta, pero normalmente ya sé lo que quiero. Al cine no vamos mucho, preferimos otras actividades. Y en general, ella no tiene que hacer nada especial por mí. Soy bastante independiente.
—Pero algo tendrá que hacer. Por muy independiente que seas, hay cosas que no puedes hacer solo. Y no sé si mi hija está preparada para asumir ese papel.
—No es un papel, mamá. Es una relación —Alicia alzó la voz—. Y no tienes derecho a hablar como si Diego fuera una carga.
—No he dicho que sea una carga. Pero seamos realistas: estar con una persona ciega implica responsabilidades. Y tú eres muy joven, Alicia. Apenas tienes veintidós años. ¿De verdad quieres complicarte la vida de esta manera?
Diego sintió que la sangre se le helaba. «Complicarte la vida.» «De esta manera.» Las palabras de Clara eran como puñales envueltos en seda, frases aparentemente razonables que escondían un prejuicio tan arraigado que ni siquiera era consciente de él.
—Señora... Clara —dijo, con una calma que no sentía—. Entiendo que le preocupe su hija. Es normal. Yo también tengo una hermana que me ha protegido siempre. Pero le aseguro que nunca permitiría que Alicia cargara con nada que no quisiera cargar. No busco una cuidadora. Busco una compañera. Y creo, honestamente, que su hija y yo nos hacemos felices mutuamente.
Clara no respondió de inmediato. Diego la oyó dejar los cubiertos sobre el plato, beber un sorbo de agua, carraspear.
—Supongo que el tiempo dirá —dijo al fin—. Yo solo quiero lo mejor para mi hija.
—Yo también —dijo Diego.
El resto de la comida transcurrió en un ambiente gélido, sostenido únicamente por los esfuerzos de Alicia por cambiar de tema y la educación de Diego, que respondía a todo con cortesía. Cuando por fin llegó la hora del café, que Diego declinó educadamente, Alicia se levantó y dijo que tenían que irse.
—Ha sido un placer conocerte, Clara —dijo Diego, tendiendo la mano hacia lo que esperaba que fuera la posición correcta.
—Igualmente —respondió ella, y esta vez el apretón fue aún más breve.
En la calle, Alicia estalló.
—¡No puedo creerlo! «Complicarte la vida.» ¡Pero qué se ha creído!
—Tranquila...
—¿Tranquila? ¡Te ha tratado como si fueras un problema! ¡Como si yo fuera una mártir por salir contigo! ¡Es insoportable!
Diego guardó silencio. Las palabras de Clara le dolían, sí, pero lo que más le dolía era ver a Alicia tan afectada. Y, en el fondo, una parte de él se lo había temido. Sabía que esto podía pasar. Siempre lo había sabido.
—Alicia —dijo con suavidad—, tu madre no es la primera persona que piensa así de mí. Y no será la última. Estoy acostumbrado.
—Pues no deberías estarlo. Es injusto.
—La vida es injusta. Pero tenemos dos opciones: rendirnos o luchar. Y yo no pienso rendirme por las palabras de tu madre.
Alicia se detuvo en mitad de la acera. Diego notó que se giraba hacia él, que le ponía las manos en el pecho, que apoyaba la cabeza en su hombro.
—Perdóname —susurró—. Siento mucho lo de hoy. Creí que lo entendería. Que sería más abierta.
—No tienes que pedir perdón. Los padres son así. Mi madre también era muy protectora, cuando vivía. Y si estuviera aquí, probablemente también desconfiaría de cualquiera que se me acercara.
—Pero es que no es solo protección. Es... no sé, es ese tono condescendiente. Como si tú fueras un niño pequeño al que hay que cuidar. Me hierve la sangre.
—Lo sé. Pero dale tiempo. Quizás cuando nos vea juntos, cuando compruebe que somos felices, cambie de opinión.
—¿Y si no cambia?
Diego meditó la pregunta. Era una posibilidad real, y ambos lo sabían. Pero en ese momento, con Alicia abrazada a él y Max lamiéndole la mano, prefirió no pensar en los peores escenarios.
—Entonces encontraremos la manera —dijo—. Pero no hoy. Hoy hemos sobrevivido a la paella, y eso ya es un triunfo.
Alicia soltó una risa débil, y Diego sintió que la tensión se disipaba un poco.
—Eres increíble —dijo ella—. ¿Cómo puedes estar tan tranquilo después de lo que te ha dicho?
—Porque tengo un perro que me quiere, una hermana que me apoya y una novia que me defiende como una leona. ¿Qué más puedo pedir?
—¿Novia? —Alicia se separó un poco, y su voz sonó divertida—. ¿Ya somos novios?
—Bueno, yo... —Diego se sonrojó—. No sé. ¿Lo somos? ¿Quieres serlo?
—Llevo queriendo serlo desde el día que me derramaste el chocolate encima.
—Entonces somos novios.
—Entonces somos novios.
Se besaron allí mismo, en plena calle, sin importarles las miradas de los transeúntes. Y aunque la sombra de Clara planeaba sobre ellos, y aunque Diego sabía que aquel no sería el último obstáculo, decidió que aquel beso, aquel momento, aquella chica que olía a jazmín y a pintura, merecían todos los esfuerzos del mundo.
El camino de vuelta a casa lo hicieron en silencio, un silencio cómodo, de esos que solo comparten las personas que se entienden sin necesidad de palabras. Y cuando Diego llegó a su apartamento y le contó a Elena lo sucedido, su hermana soltó una maldición y luego un suspiro.
—Dale tiempo —dijo, como había dicho Diego—. Las madres son complicadas. Pero si Alicia está de tu lado, lo demás se irá solucionando.
—Eso espero.
—Y si no se soluciona, siempre puedes componerle una canción a la suegra. A ver si se le ablanda el corazón.
Diego se rió, pero en el fondo una parte de él estaba preocupada. Porque Clara no era simplemente una madre sobreprotectora. Era una mujer que veía su ceguera como un defecto insalvable, como una condena para quien estuviera a su lado. Y aunque confiaba en Alicia, aunque sabía que ella no compartía esa opinión, le aterraba la idea de convertirse en el motivo de una ruptura familiar.
Esa noche se sentó al piano —tenía uno en casa, un teclado eléctrico con auriculares para no molestar a los vecinos— y dejó que sus dedos hablaran por él. La melodía que surgió era triste y esperanzada al mismo tiempo, con acordes menores que luchaban por resolverse en mayores, con un estribillo que parecía una pregunta sin respuesta.
La llamó «La paella amarga». Y aunque el título era un poco ridículo, a Diego le gustó. Porque a veces, pensó, las cosas más difíciles se digerían mejor con un toque de humor. Y porque aquella paella, con todo lo amarga que había resultado, le había demostrado algo importante: que Alicia estaba dispuesta a luchar por él. Y eso, por sí solo, ya valía más que todas las paellas del mundo.