Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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Capitulo 15: El nuevo rival
La noche en Madrid era clara y silenciosa desde lo alto del hotel. La piscina de la azotea brillaba con un tono azul turquesa, iluminada por luces sumergidas que creaban un efecto hipnótico en el agua. El viento suave movía las cortinas blancas de la zona de descanso, y el aroma a cloro se mezclaba con el de las flores que decoraban el perímetro.
Alessandro Rossi salió del agua con un movimiento fluido, su cuerpo esculpido brillando bajo la luz tenue de la noche. El cabello oscuro, peinado hacia atrás, goteaba agua sobre sus hombros mientras tomaba una toalla blanca y se la pasaba por el rostro. Sus ojos azules, siempre atentos, se desplazaron hacia la figura sentada en una de las bancas cercanas.
La mujer era delgada, de piel pálida y cabello oscuro recogido en un moño desordenado. Llevaba un vestido sencillo que contrastaba con la elegancia del lugar, pero lo que realmente llamaba la atención era la cicatriz que recorría su mejilla derecha, una marca que hablaba de un pasado violento. Sus dedos tamborileaban impacientes sobre el brazo de la banca, y sus ojos, oscuros y penetrantes, seguían a Alessandro con una mezcla de furia contenida y exasperación.
—¿Cuándo vas a poner en marcha el plan? —preguntó la mujer, su voz áspera, cargada de impaciencia—. ¿O acaso te estás arrepintiendo?
Alessandro no respondió de inmediato. Se secó el cabello con lentitud, disfrutando del momento, como si el tiempo no fuera un problema para él. Cuando finalmente habló, su voz era suave, casi burlona.
—No tengo prisa.
—No tienes prisa —repitió ella, con un tono que bordeaba la incredulidad—. Llevamos semanas aquí, y tú sigues diciendo lo mismo. ¿Cuánto tiempo más piensas esperar? Ya has corrido contra él. Lo has visto en la pista. ¿Qué más necesitas?
Alessandro arrojó la toalla sobre una silla cercana y se acercó a ella con pasos tranquilos. La mujer no retrocedió, pero su mandíbula se tensó cuando él se inclinó, colocando una mano a cada lado de ella, atrapándola contra el respaldo de la banca.
—No seas inpasiente—dijo Alessandro, su voz baja y firme—. Yo tengo mis propios planes.
La mujer apretó los dientes, pero no dijo nada. Sus ojos ardían de rabia, pero también de algo más: miedo. Miedo de que Alessandro cumpliera su amenaza.
Alessandro la sostuvo unos segundos más, evaluándola, y luego se apartó con la misma calma con la que se había acercado. Tomó un vaso de jugo de la mesa cercana y bebió un sorbo, como si la escena anterior no hubiera ocurrido.
—Lo que pasó en la pista ya pasó —dijo, sin mirarla—. Dylan Lara es rápido, sí. Pero también es predecible en ciertas cosas. Y eso, es lo que voy a usar a mi favor.
—¿Predecible? —repitió la mujer, con una risa amarga—. ¿Y qué sabes tú de lo que es predecible en él?
Alessandro giró lentamente el rostro hacia ella. Sus ojos azules se oscurecieron, y por un instante, algo peligroso parpadeó en su mirada. Cuando habló, su voz era apenas un susurro, pero cargado de una intensidad que helaba la sangre.
—Sé más de lo que imaginas.
La mujer abrió la boca para replicar, pero en ese momento, la puerta de la azotea se abrió con un chirrido suave.
Un hombre joven entró, con una sonrisa amplia y despreocupada que contrastaba con la tensión del ambiente. Llevaba el cabello castaño claro, ligeramente despeinado, y vestía una camisa holgada y pantalones de lino. Se movía con la confianza de alguien que sabía que era bienvenido, incluso cuando el ambiente no era exactamente acogedor.
—¿Qué tal, hermano? —dijo Erick, dejándose caer en una silla cercana con total naturalidad—. No sabía que tenías una reunión privada. ¿Estoy interrumpiendo?
Alessandro lo miró con una sonrisa apenas esbozada. —Nada importante. Solo una conversación.
—Claro, claro —respondió Erick, con un guiño—. Siempre "nada importante" contigo. Pero bueno, he venido a traerte las últimas noticias. El equipo ya está listo para la próxima carrera. Y he oído que Dylan Lara también estará en ella.
—Lo sé —respondió Alessandro, con un tono que indicaba que ya lo esperaba—. Estuve en la misma pista que él hace unos días. No necesito que me digan lo que ya vi con mis propios ojos.
Erick se encogió de hombros, sin inmutarse. —Bueno, solo quería asegurarme de que estás al tanto. Dicen que su equipo está confiado para la siguiente. Que viene con todo.
Alessandro asintió lentamente, su mirada perdida en el horizonte. —Déjalo que venga con todo. Por ahora.
—¿Por ahora? —preguntó Erick, con una curiosidad que no ocultaba del todo—. No parece que tengas prisa, hermano. Y eso no es como tú.
Alessandro lo miró, y por un instante, algo en su expresión cambió. Una sombra de algo más profundo, más antiguo. Luego, la sonrisa volvió, fría y calculadora.
—Las cosas no se hacen con prisa, Erick. Se hacen con precisión. Y yo he esperado demasiado tiempo para arruinarlo todo por un impulso.
La mujer, que había permanecido en silencio, soltó una risa baja y amarga.
—Has esperado demasiado tiempo, dices. —Se levantó lentamente, ajustándose el vestido—. ¿Y qué crees que va a pasar cuando él sepa la verdad? ¿Crees que va a correr a tus brazos?
Alessandro no respondió. Pero su mandíbula se tensó, y sus dedos se cerraron ligeramente alrededor del vaso.
La mujer continuó, su voz llena de veneno.
—Él tiene a alguien ahora. Alguien que lo quiere, que lo protege, que no lo abandonó. ¿Crees que eso se olvida tan fácilmente?
El silencio que siguió fue denso, casi palpable. Erick, que había estado observando la escena con atención, silbó suavemente y se levantó.
—Bueno, creo que esto es mi señal para irme a la piscina —dijo, con una ligereza forzada—. Pero, hermano... si necesitas hablar, ya sabes dónde estoy.
Y sin esperar respuesta, se quitó la camisa y se lanzó al agua con un chapoteo que rompió la tensión del momento.
La mujer se quedó mirando a Alessandro, desafiante. Él, por su parte, mantuvo la mirada fija en el horizonte, como si las palabras de ella no hubieran hecho mella. Pero sus dedos, aún alrededor del vaso, temblaron apenas lo suficiente para delatar que sí lo habían hecho.
—Escúchame bien —dijo Alessandro, su voz baja y firme—. Yo te saqué de ese hospital porque eras útil. Pero si empiezas a cuestionar mis decisiones, puedo devolverte allí tan rápido como te saqué. ¿Entendido?
La mujer sonrió pero aun con la molestia en los ojos, pero satisfecha de haber tocado una fibra sensible, y se retiró sin decir una palabra más.
Alessandro se quedó solo en la azotea, con el sonido del agua y la risa distante de Erick como única compañía. Sus ojos azules seguían fijos en el horizonte, pero su mente estaba en otro lugar. En otro tiempo. En otra persona.
—Dylan —murmuró, tan bajo que apenas fue un suspiro—. Todavía no has visto nada.
______
El auto se deslizaba por las calles iluminadas de Madrid, el motor ronroneando suavemente mientras los faros cortaban la oscuridad de la noche. Dentro del vehículo, el silencio era cómodo, interrumpido solo por el sonido ocasional del tráfico y la música baja que sonaba en la radio.
Nathan iba recostado en el asiento trasero, con la mirada perdida en el paisaje urbano que desfilaba por la ventanilla. Su expresión era tranquila, pero sus dedos tamborileaban distraídamente sobre su rodilla, un gesto que Alex conocía bien. Significaba que su mente estaba en otro lugar. En alguien.
—Bueno —dijo Alex, rompiendo el silencio con un tono que mezclaba ironía y resignación—. Dylan ganó la carrera. Ya veo por qué tenías tanta urgencia de irte al departamento.
Nathan giró lentamente el rostro hacia él, una ceja arqueada. —¿Y eso qué tiene que ver?
—¿Qué tiene que ver? —repitió Alex, con una carcajada corta—. Nathan, por favor. Llevo años conociéndote. Cuando Dylan gana una carrera, tú te pones... bueno, más posesivo de lo normal. Y cuando te pones así, quieres estar cerca de él. Para asegurarte de que nadie más se acerque demasiado.
Nathan no respondió de inmediato. Pero una sonrisa apenas esbozada se dibujó en sus labios. No negó lo que Alex había dicho. No podía. Era cierto.
—No es posesividad —dijo finalmente, con una calma que sonaba sospechosamente a mentira—. Es... interés legítimo en su bienestar.
—Interés legítimo —repitió Alex, con una risa incrédula—. Claro. Como cuando hace dos años "interesaste legítimamente" en secuestrarlo y llevártelo a tu mansión.
—Eso fue diferente.
—¿Diferente? —Alex levantó una ceja—. Nathan, no has cambiado nada en dos años. Sigues siendo el mismo loco empedernido y posesivo de siempre. La única diferencia es que ahora Dylan te corresponde.
Nathan lo miró con una mezcla de diversión y fastidio. —¿Ya terminaste?
—Ni de cerca —respondió Alex, disfrutando el momento—. Pero bueno, al menos ahora tus "intereses legítimos" son legales. Eso es un avance.
Nathan negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír. La relación con Alex era una de las pocas cosas que seguían igual en su vida. Su amigo seguía siendo el mismo: sarcástico, leal y con una paciencia infinita para soportar sus obsesiones.
El auto tomó una curva y se adentró en una calle más tranquila. Las luces de la ciudad comenzaban a disminuir, y el silencio volvió a instalarse entre ellos. Pero esta vez, Nathan fue quien lo rompió.
—Quiero que me hagas un favor —dijo de repente, con un tono más serio.
Alex lo miró, sorprendido por el cambio de registro. —Dime.
—Quiero que investigues a un nuevo corredor —dijo Nathan, sin apartar la mirada de la ventanilla—. Alessandro Rossi.
Alex frunció el ceño, procesando la información. —¿El italiano que quedó segundo en la carrera?
—Ese mismo.
—¿Por qué? —preguntó Alex, con genuina curiosidad—. ¿Te pareció sospechoso?
Nathan tardó un momento en responder. Cuando lo hizo, su voz era baja, pensativa.
—No sé. Pero hay algo en él que no me cuadra.
Alex lo observó en silencio, evaluando sus palabras. Conocía a Nathan lo suficiente como para saber que no pedía investigaciones por capricho. Si algo le había llamado la atención, había una razón.
—¿Crees que es un peligro para Dylan? —preguntó Alex, con más seriedad ahora.
—No lo sé —admitió Nathan—. Pero prefiero asegurarme. Si hay algo raro detrás de ese tipo, quiero saberlo antes de que sea tarde.
Alex asintió lentamente. —Está bien. Lo investigaré. Pero si resulta ser solo un corredor talentoso, vas a tener que admitir que tus celos te están jugando una mala pasada.
Nathan lo miró, y una sonrisa cínica se dibujó en sus labios. —Nunca he tenido que admitir nada que no quiera.
—Por supuesto que no —respondió Alex, con un suspiro exagerado—. Eres el dueño de una empresa multimillonaria, un genio de los negocios, un experto en todo... y un terco de primera.
—Lo sé —dijo Nathan, con total naturalidad—. Y por eso me quieres.
—A veces me pregunto por qué —murmuró Alex, pero la sonrisa en su rostro delataba que no lo decía en serio.
El auto continuó su trayecto hasta que finalmente se detuvo frente al edificio donde Nathan se hospedaba. Alex bajó con él, estirando los brazos mientras el aire fresco de la noche los envolvía.
—Mañana empiezo con la investigación —dijo Alex, con un bostezo—. Pero te advierto: si esto resulta ser solo una paranoia tuya, tendrías que darme vacaciones bien pagadas.
—Siempre las pago —respondió Nathan, mientras se dirigía hacia la entrada.
—Sí, pero no es lo mismo —murmuró Alex, para sí mismo.
Nathan entró al edificio, y el ascensor lo llevó silenciosamente hasta el piso donde se encontraba el departamento. Cuando abrió la puerta, la oscuridad lo recibió. Pero en el fondo, en la habitación, una luz tenue brillaba.
morí olvidada reviví intocable 🤭