La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
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Capítulo 1: La joya del Norte y los guardianes de la pista
El Gran Salón del Trono de la capital resplandecía con una magnificencia que rivalizaba con los mejores años del Imperio. El motivo no era para menos: todo el reino se había congregado para celebrar el vigésimo cuarto cumpleaños de Lucero Valerius, la indiscutible joya del Norte. Las inmensas lámparas de cristal derramaban una luz dorada sobre los cientos de nobles, embajadores y generales extranjeros que se movían entre murmullos y copas de champaña, esperando la oportunidad de acercarse a la gran protagonista de la noche.
Lucero estaba sencillamente espectacular. Luciendo un vestido de gala en un profundo tono esmeralda que resaltaba su silueta y hacía honor a la astucia heredada de su madre Alissa, la joven se movía por el salón con una seguridad felina. Su belleza y elegancia magnetizaban las miradas de media corte; sin embargo, a pesar de los suspiros que levantaba a su paso, la pista de baile a su alrededor permanecía desierta. Nadie, absolutamente ningún hombre en el recinto, se atrevía a dar un paso al frente para pedirle un baile.
La razón de aquel vacío no era un misterio para nadie. En el acceso principal a la pista, bloqueando sutilmente el paso con una sincronía perfecta, se alzaban sus dos sombras personales.
A la izquierda, Theo Valerius, su hermano mayor de treinta años. Con la imponente y robusta estampa que en su día caracterizó a su padre Cédric, el Comandante Supremo del Norte vestía su uniforme militar de gala, negro y plata, sin una sola arruga. Mantenía los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido al máximo, barriendo el salón con unos ojos gélidos que prometían el destierro o algo peor a cualquiera que osara mirar de más a su hermana menor.
A su lado, su primo Alexander, el príncipe heredero de dieciocho años. El hijo de Christopher y Sophia poseía la misma elegancia depredadora y el cabello Rubio de su padre, pero lo combinaba con una arrogancia juvenil y una lengua afilada. Vestido con una casaca imperial negra bordada en hilos de oro, Alexander imitaba la postura de su primo mayor. Su mano derecha descansaba de forma casual, pero peligrosamente posesiva, sobre la empuñadura de su espada de gala, mientras fulminaba con la mirada a los jóvenes aristócratas que tragaban saliva a varios metros de distancia.
Entre los dos, formaban una barrera infranqueable de celos protectores que tenía a toda la diplomacia del reino paralizada.
Lucero, observando la escena desde el otro lado del salón, soltó un bufido de frustración. Sosteniendo su copa con elegancia, entrecerró los ojos al ver cómo un joven e inocente conde del sur, que había tomado el valor de dar un paso hacia ella, retrocedía espantado tras recibir una mirada fulminante en tándem de Theo y Alexander. Estaba harta, absolutamente harta, de la asfixiante sobreprotección de sus guardianes.
Una sonrisa astuta y cargada de rebeldía se dibujó en sus labios. Sabía exactamente cómo romper aquel bloqueo y devolverles el golpe.
Con paso firme y balanceando su vestido esmeralda, Lucero ignoró por completo a los nobles de la alta sociedad y cruzó el salón en dirección opuesta. Pasó de largo la zona residencial y se dirigió hacia los límites de la pista, donde se encontraba la delegación militar y los puestos de seguridad. Detuvo sus pasos justo frente al hombre menos pensado para la ocasión: un joven capitán de la guardia, un hombre robusto, de rostro serio y cicatrices de batalla, que simplemente cumplía con su deber de vigilancia y que jamás en su vida habría soñado con pisar la pista imperial.
—Capitán —dijo Lucero con una voz lo suficientemente clara como para que resonara en los bancos cercanos, extendiéndole una mano enguantada con una gracia letal—. Me concederá este baile.
El pobre soldado palideció, mirando de la mano de la dama a la entrada de la pista, sabiendo perfectamente lo que se le venía encima. Antes de que pudiera articular una sola palabra de protocolo para negarse, Lucero lo tomó de la muñeca y lo arrastró al centro del salón, justo cuando la orquesta iniciaba una pieza de ritmo acelerado.
En la entrada de la pista, el tiempo pareció detenerse.
La mandíbula de Theo se tensó tanto que un músculo de su cuello vibró con violencia. Sus brazos se descruzaron lentamente, y sus puños se cerraron con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. A su lado, la sonrisa arrogante del príncipe Alexander desapareció de golpe, siendo reemplazada por los mismos ojos de fuego gélido que su padre Christopher usaba antes de desatar una ejecución.
—Dime que no está haciendo lo que creo que está haciendo —siseó Alexander, dando un paso al frente mientras su mano envolvía por completo el pomo de su acero.
—Está desafiándonos —respondió Theo con una voz ronca que pareció bajar varios grados la temperatura del salón—. Y ese maldito capitán va a desear no haber nacido antes de que termine la música.
Desatando una furia contenida que dejó a la corte conteniendo el aliento, los dos guardianes de las sombras avanzaron con pasos pesados y depredadores hacia el centro de la pista, listos para interrumpir el baile de la forma más brutal y territorial posible. El juego de la nueva generación apenas comenzaba, y Lucero acababa de encender la mecha del caos.