Dos enemigos jurados, unidos por la supervivencia entre el odio y la traición nace un amor oscuro y feroz que desafía todo. Cuando el destino golpea, Augus da su vida para salvar a Kae. Años después, ella vive en paz con su pequeño hijo, quien lleva el nombre de su padre: la prueba de que su vínculo trasciende incluso la muerte.
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Sombras En La Sede
El edificio de la corporación se alzaba imponente en el centro de la ciudad, de vidrio oscuro y acero pulido. Al entrar, la atmósfera cambió de inmediato: el murmullo de los empleados se apagó, y todas las miradas se posaron en ellos. Kae caminaba erguida, su estatura no le restaba presencia; cada paso transmitía seguridad. Augus iba a su lado, con la mano vendada oculta bajo la manga de su saco, su postura imponente de 1,88 metros dejando claro que no aceptaba cuestionamientos.
En la sala de juntas, la tensión era palpable. Alrededor de la mesa larga se sentaban socios antiguos, abogados y directivos, todos con expresiones de alarma. En la cabecera, un hombre mayor de mirada astuta, llamado Rodolfo, alzó la vista al verlos llegar.
—Llegaron —dijo con voz grave—. Tienen una copia de los contratos secretos. Si se filtran, no solo perderemos el negocio, sino que enfrentaremos cargos criminales.
Kae tomó asiento sin perder la calma. Sus dedos se deslizaron por el borde de la mesa, como si evaluara la situación.
—¿Cómo salieron? Esos documentos estaban guardados en una cámara blindada.
—Solo dos personas tenían acceso —respondió Rodolfo, mirándolos fijamente—. Ustedes.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación. Era la trampa perfecta: alguien había filtrado la información para culparlos a ellos y romper la alianza. Augus se inclinó hacia adelante, su mirada fría recorriendo cada rostro.
—Imputarnos sin pruebas es un error. Hemos sido atacados esta misma mañana. Alguien quiere que nos destruyamos entre nosotros.
—O ustedes mismos orquestaron todo —intervino otro hombre, con desconfianza—. ¿Quién mejor para aprovecharse de la situación que quienes se casaron por conveniencia?
Las palabras flotaron en el aire. Kae sonrió levemente, una sonrisa que no revelaba nada.
—Creen que somos tan torpes como para dejar pruebas a la vista. Si quisiéramos destruir esta empresa, no lo haríamos exponiéndonos.
De repente, las luces parpadearon y se apagaron por completo. Se escucharon gritos confusos, y el sonido de vidrio rompiéndose resonó desde el pasillo. En la oscuridad, Kae se movió con agilidad, sacando uno de sus cuchillos de la bota. Augus ya estaba de pie, bloqueando el acceso a la puerta principal.
—¡Todos al suelo! —ordenó Augus con autoridad.
La puerta se abrió de golpe y entraron cuatro hombres armados con linternas y armas cortas. No venían por documentos: venían por ellos.
—¡Ahí están! —gritó uno, apuntando directamente a donde estaban ellos.
Kae no esperó. Se deslizó por debajo de la mesa, aprovechando su tamaño para moverse sin ser visto, y lanzó su arma con precisión. El cuchillo se clavó en la muñeca del atacante más cercano, haciéndole soltar la linterna. La luz se apagó en ese punto, creando un hueco de sombras.
Augus aprovechó la distracción. Se lanzó contra otro hombre, agarró su arma y la desvió hacia el techo justo cuando disparaba. El estruendo hizo temblar las ventanas. Con un golpe seco en el pecho, lo lanzó contra la pared, dejándolo inconsciente.
—¡Por la izquierda! —advirtió Kae, saliendo de su escondite.
El tercer atacante giró hacia ella, pero ella ya estaba en movimiento. Rodó por el suelo, esquivó el disparo y se levantó justo a su lado, golpeando su brazo con el borde de su cuchillo para obligarlo a soltar el arma. En segundos, el hombre cayó al suelo, aturdido.
El cuarto atacante, viendo cómo sus compañeros caían uno tras otro, retrocedió hacia la salida, pero se detuvo en seco al ver a Augus bloqueando el paso.
—¿Quién los envió? —preguntó Augus, su voz baja y peligrosa.
El hombre no respondió e intentó huir, pero Augus lo atrapó por el cuello contra la pared.
—Pregunté quién —repitió.
—No… no sé su nombre —balbuceó el hombre—. Solo sé que quiere que ambos desaparezcan. Dijo que mientras vivan, la empresa nunca será suya.
Antes de que pudiera decir algo más, un ruido de sirenas se acercó desde la calle. El hombre aprovechó la distracción y, con un movimiento brusco, se soltó y escapó por una ventana lateral, perdiéndose entre las sombras.
Las luces volvieron a encenderse. El salón estaba en desorden: sillas volcadas, vidrios rotos y los atacantes inconscientes en el suelo. Los socios, asustados, miraban a Kae y Augus con una mezcla de miedo y respeto. Quienes antes dudaban de ellos ahora veían algo claro: eran capaces de defenderse y de proteger lo que estaba en juego.
—Como pueden ver —dijo Kae, limpiando la hoja de su cuchillo con un paño antes de guardarlo—, no somos el enemigo. Hay alguien más jugando sus cartas en la oscuridad.
Augus asintió, ajustándose la camisa.
—Encontraremos al responsable. Y cuando lo hagamos, pagará por intentar dividirnos.
Las palabras sonaron como una declaración. Frente a todos, reforzaban la imagen de una pareja unida, pero en el fondo, ambos sabían que la frase tenía un doble sentido: nadie más podía destruirlos, solo ellos mismos.
Al salir del edificio, el sol comenzaba a ocultarse. El aire fresco de la tarde acarició sus rostros. Kae miró a Augus, y por primera vez, no vio solo a su enemigo, sino a alguien que entendía el juego tan bien como ella.
—Tenemos que investigar más —dijo ella—. Este rival es más inteligente de lo que creíamos.
—Lo sé —respondió él—. Pero mientras estemos alerta, no podrá tocarnos.
Se subieron al coche en silencio. El trayecto de regreso transcurrió con una tensión distinta a la de antes. Ya no era solo odio o fingimiento; había una alianza forjada en la lucha, una complicidad oscura que ninguno de los dos esperaba. Sabían que el camino se volvería más peligroso, y que cada paso los acercaba más a la verdad… y quizás, a algo mucho más complejo que la venganza.