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La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

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Capítulo 7: El primer aplauso falso

El éxito llegó como una avalancha: lento al principio, apenas unas rocas sueltas, y de repente todo el cerro viniéndose abajo. La canción "Mil pesos" sonaba en tres radios simultáneamente. Su nombre aparecía en las redes sociales con un hashtag que él no había creado: #LaVozDelBarrio. Las entrevistas se acumulaban en la agenda que Valeria le llevaba, escrita con letra apretada en una libreta de tapas negras.

César pasó de no tener nada a tenerlo todo en el lapso de quince días. O al menos eso parecía.

El primer concierto importante fue en una sala de conciertos del centro, un lugar con butacas de terciopelo rojo y un escenario que parecía flotar sobre luces de colores. Había mil quinientas personas. Mil quinientas. César nunca había visto tanta gente junta, ni siquiera en las marchas del día del trabajo. Cuando salió al escenario con su guitarra, el ruido era ensordecedor. Gritos, aplausos, silbidos. Alguien lanzó un ramo de flores que cayó a sus pies.

Sonrió. Saludó con la mano. Dijo "gracias" tres veces antes de que el público se callara lo suficiente para que pudiera cantar.

Y cantó. Cantó "Mil pesos" con la misma intensidad que aquella primera vez en la sala B, pero algo era diferente. Ya no miraba al vacío. Miraba a las personas, y las personas lo miraban a él con ojos brillantes, como si él fuera la respuesta a una pregunta que ni siquiera habían formulado. Era una sensación poderosa, adictiva. Una droga que entraba por los oídos y se instalaba en el pecho.

Cuando terminó la canción, el aplauso duró casi un minuto. César se inclinó en una reverencia, como había ensayado con Valeria. “¡Gracias, gracias!”. Pero mientras aplaudían, él pensó en su madre, que no estaba allí porque no tenía con quién dejar a Sofía y Camila. Pensó en Milo, que seguro lo miraba por la televisión de la vecina con los brazos cruzados. Pensó en El Rincón, donde nadie iría a verlo porque nadie podía pagar la entrada.

El concierto terminó. Detrás del escenario, un enjambre de personas lo esperaba: periodistas con grabadoras, fotógrafos con cámaras enormes, fans que habían conseguido pases especiales. Mauricio apareció a su lado, le puso una mano en el hombro y le susurró: “Ahora empieza lo de verdad. Sonríe y responde todo con positividad. No hables de dinero, no hables de la disquera, no hables de nada que no sea tu música y tu gratitud”.

César asintió. La primera periodista, una mujer de cabello corto y mirada afilada, le preguntó: “César, ¿cómo se siente pasar de vivir en un barrio marginal a pisar escenarios como este?”.

“Es un sueño”, respondió, con la sonrisa ensayada. “Estoy muy agradecido con Dios, con mi familia y con Melodía Records por creer en mí.”

La segunda periodista preguntó: “¿Y su familia? ¿Siguen viviendo en el mismo barrio?”.

César sintió un nudo en la garganta. “Por ahora, sí. Pero mi prioridad es sacarlos de allí.”

Mauricio, que estaba detrás, hizo una mueca casi imperceptible. Luego, cuando las preguntas terminaron y las cámaras se apagaron, lo llevó aparte.

“Eso de ‘sacarlos de allí’ no lo vuelvas a decir”, le espetó en voz baja. “Tu imagen es la del chico humilde que salió del barrio. Si sacas a tu familia, la gente deja de creerte. Dejas de ser auténtico.”

César parpadeó. “¿O sea que quieres que mi familia siga viviendo en la pobreza para que yo pueda vender discos?”

Mauricio lo miró con esos ojos que nunca dejaban de sonreír. “No quiero que vivan en la pobreza. Quiero que vivan donde viven. Puedes enviarles dinero, pero que no se muden. Es marketing, César. No es personal.”

Esa noche, César volvió a su apartamento vacío y llamó a su madre. Le contó lo del concierto, los aplausos, las flores. Laura escuchaba en silencio, como siempre. Cuando él terminó, ella dijo: “Me alegra mucho, hijo. Pero no te olvides de mandar la dirección. Quiero ir a verte alguna vez”.

César le prometió que sí. Pero colgó el teléfono sintiendo que esa promesa también se la estaba robando alguien.

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En los días siguientes, la agenda se volvió una bestia hambrienta que devoraba sus horas. Levantarse a las seis, entrenamiento vocal de siete a nueve, entrevistas de diez a una, sesión de fotos de dos a cuatro, grabación de nuevas canciones de cuatro a ocho, y por la noche, reuniones con Mauricio y Darío para planificar la gira. Comía cuando podía, casi siempre comida rápida que Jonathan le alcanzaba al estudio. Dormía cuatro o cinco horas, a veces menos.

La primera vez que se desmayó fue en el estudio, después de una jornada de doce horas. Se levantó a ir al baño y en el pasillo sintió que las piernas se le doblaban. Cayó de rodillas, con la cabeza pesada como un saco de papas. Jonathan lo encontró allí, pálido y sudoroso.

“¿Estás bien?”, preguntó, ayudándolo a levantarse.

“Sí, solo cansado.”

Le llevaron a la enfermería del edificio, una salita improvisada con una camilla y un botiquín. La enfermera, una señora mayor llamada Gladys, le tomó la presión y frunció el ceño. “Tienes la presión baja. ¿Cuándo comiste por última vez?”

César tuvo que pensar. “¿Ayer en la noche?”

Gladys puso cara de horror. Lo sentó en la camilla, le dio un vaso de jugo y unas galletas. “No puedes hacer esto, muchacho. Tu cuerpo no es una máquina.”

Cuando Mauricio se enteró, no mostró preocupación. Mostró fastidio. “César, por favor, cuídate. No podemos cancelar las sesiones de mañana. Tenemos una entrevista en la radio nacional. Es la más importante hasta ahora.”

No le preguntó cómo se sentía. No le preguntó si necesitaba descansar. Solo le recordó que el show debía continuar.

César se tomó el jugo, comió las galletas y al día siguiente estuvo en la radio a las ocho de la mañana. Sonrió, contó la misma historia de superación, cantó un fragmento de “Mil pesos” en vivo y agradeció a sus fans. La conductora, una mujer de sonrisa fácil y preguntas difíciles, le lanzó una que no esperaba.

“César, hay rumores de que tu contrato con Melodía Records no es justo. ¿Qué puedes decirnos al respecto?”

César sintió el sudor frío en la nuca. Miró hacia atrás, donde Mauricio estaba de pie junto al técnico de sonido, con los brazos cruzados y la mirada fija.

“No sé de qué rumores habla”, respondió, con la voz más firme de la que se sentía capaz. “Melodía Records me ha dado la oportunidad de mi vida. Les estoy eternamente agradecido.”

La conductora sonrió y cambió de tema. Cuando salieron del estudio, Mauricio lo abrazó. “Bien hecho. Eso es ser un profesional.”

César aceptó el abrazo, pero no lo devolvió.

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Esa tarde, en el apartamento vacío, se sentó en la cama con la guitarra. Quiso escribir una canción nueva, una que hablara de lo que realmente sentía: el agotamiento, la soledad, la sensación de estar atrapado en un espejismo. Pero las palabras no salían. Las tenía todas en la cabeza, pero al ponerlas en el papel sonaban ingratas, negativas. Sonaban a alguien que se queja de tener lo que siempre pidió.

¿Cómo explicar que ganar también puede ser perder?

Dejó la guitarra a un lado y se acostó. Miró el techo blanco. Pensó en su madre cosiendo de noche. Pensó en la nota de veinte pesos. Pensó en el cartel pegado en la pared desconchada. Y por primera vez desde que firmó el contrato, se preguntó si había tomado la decisión correcta.

No encontró respuesta. Solo más preguntas.

El celular sonó. Era un mensaje de Mauricio: “Mañana a las 5 am te paso a buscar. Viajamos a otra ciudad para promoción. Descansa.”

César apagó el teléfono sin responder. Cerró los ojos y escuchó el silencio de su apartamento, tan limpio, tan ordenado, tan vacío. Y supo que aquel silencio era el sonido de la fama. Un silencio que no se llena con aplausos.

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