Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.
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Capitulo 22
La tarde había caído lentamente sobre el pequeño pueblo. Las hojas crujían bajo los pies de Mey mientras salía del colegio, todavía con la mente girando por todo lo que estaba ocurriendo con Elian. Él se había mostrado más cercano, más amable, y eso hacía que su corazón latiera con fuerza cada vez que lo veía acercarse. No sabía si eran ideas suyas o algo realmente estaba cambiando entre ellos.
Ese día, mientras guardaba sus libros en la mochila, Elian se le acercó con una sonrisa algo nerviosa.
—¿Te gustan las estrellas? —le preguntó en voz baja, como si se tratara de un secreto entre ellos.
Mey lo miró sorprendida y asintió, notando cómo sus mejillas se encendían.
—¿Quieres verlas esta noche? —continuó—. Hay una lluvia de estrellas fugaces, y dicen que si pides un deseo cuando pasa una, se cumple.
Ella se quedó callada por un momento. Su madre no solía dejarla salir de noche, pero… ¿Y si inventaba una excusa? ¿Una pequeña? Solo esta vez.
—Tengo que pedir permiso… —respondió finalmente, intentando sonar casual, pero el corazón le golpeaba fuerte dentro del pecho.
—Solo si puedes —dijo Elian con una sonrisa ladeada—. Estaré cerca del campo, donde la vista es más clara.
En casa, la noche comenzaba a caer con un viento suave y fresco. Mey entró silenciosa a la cocina donde su madre estaba lavando verduras para la cena. Dudó unos segundos antes de hablar.
—Mamá… ¿puedo salir un ratito esta noche? Dana y yo queremos ver las estrellas. Dice que será bonito.
Su madre la miró con cansancio, pero también con ternura. Últimamente la veía más animada, y eso la hacía sentirse un poco aliviada.
—¿Dana te va a acompañar? —preguntó, sin dejar de frotar una zanahoria.
—Sí, mamá. Solo será un rato —mintió suavemente, bajando la mirada—. Volveré antes de las nueve, lo prometo.
La madre suspiró, secándose las manos con un trapo.
—Está bien, pero no tardes. Lleva tu chaleco, que está haciendo frío.
Mey sonrió, la abrazó rápidamente y corrió a su habitación para prepararse.
El campo detrás del pueblo era uno de esos lugares donde el cielo parecía más grande, más profundo. Elian ya estaba allí cuando Mey llegó, usando una chompa oscura y una linterna apagada en la mano. Cuando la vio, le hizo una seña y ella corrió hasta alcanzarlo.
—¿Pensaste que no vendría? —preguntó ella, con un poco de nervios.
—La verdad… tenía mis dudas —rió él, alzando la vista hacia el cielo donde las primeras estrellas comenzaban a brillar tímidamente.
Caminaron en silencio por unos minutos, hasta encontrar una colina pequeña donde se sentaron sobre una manta que él había traído. Desde ahí se veía todo el cielo abierto, salpicado por constelaciones que Mey apenas recordaba haber aprendido.
—Nunca había hecho esto —susurró ella, abrazándose las piernas.
—Yo tampoco con alguien más —dijo Elian con sinceridad.
Por un rato no dijeron nada. Solo miraban hacia arriba, esperando esa primera estrella fugaz que les prometiera magia.
—¿Sabes? —comenzó él, con la voz más seria—. Al principio me parecías rara. Llegaste de la ciudad, no hablabas con nadie, te caíste en la presentación… Y aun así… no dejaba de mirarte.
Mey lo miró sorprendida, sin saber qué decir.
—Luego fue como que… me acostumbré a tenerte cerca. Y cuando comenzaste a hablar con Guillermo, no sé, sentí algo raro. Como si te fueras a ir, aunque estuvieras ahí mismo.
Ella sonrió tímidamente, bajando la vista.
—Tú siempre te burlabas de mí… pensé que ni te agradaba.
—Lo hacía para molestar —reconoció Elian, frotándose la nuca—. Pero en realidad eras interesante. Eres distinta.
Entonces, una estela luminosa cruzó el cielo, rápida como un suspiro. Ambos alzaron la mirada al mismo tiempo.
—¡Una estrella fugaz! —dijo Mey emocionada.
—Pide un deseo —susurró Elian.
Ella cerró los ojos con fuerza. No lo diría en voz alta, pero pidió que ese momento durara más. Que esa paz, esa emoción, esa cercanía, no se rompiera.
Cuando abrió los ojos, Elian ya la estaba mirando. Sus rostros apenas estaban a unos centímetros. Mey tragó saliva. Su corazón latía como si fuera a romperle el pecho.
Y entonces, ocurrió.
Elian se inclinó y le dio un pequeño beso, suave, breve, casi tímido… justo cuando otra estrella fugaz cruzaba el firmamento, como si el universo hubiese conspirado para acompañarlos.
Mey no supo cómo reaccionar. Su piel se erizó, sus manos temblaron, y cuando se separaron, ambos estaban colorados como tomates.
—Perdón… —susurró él—. No sé por qué lo hice.
—Está bien… —respondió ella, bajito.
El silencio volvió a rodearlos, pero esta vez estaba lleno de algo nuevo. De algo que no necesitaba palabras.
De regreso en casa, Mey no dejó de pensar en ese beso. Tocaba sus labios, como si quisiera conservarlo ahí, intacto. Y aunque sentía culpa por haber mentido a su madre, también sentía algo hermoso que no podía explicar.
Aquel pequeño beso, aunque breve, había desatado un torbellino dentro de Mey. Mientras regresaba caminando por el sendero que conectaba el campo con el pueblo, sentía que sus pasos flotaban. El aire frío no la molestaba, porque había algo más cálido que la cubría por dentro: la emoción de haber compartido algo tan íntimo, tan único, con alguien que hasta hace poco solo la fastidiaba. “¿Por qué justo Elian?”, se preguntaba. Pero no era una duda amarga. Era de esas preguntas que nacen del asombro, del descubrir que el corazón tiene caminos propios.
En su habitación, mientras se ponía el pijama con movimientos lentos y distraídos, Mey no podía dejar de recordar el momento exacto en que sus labios se tocaron. La imagen de Elian acercándose con esa timidez mezclada con valentía quedaba grabada como una fotografía en su mente. Ella nunca había sentido algo así por nadie. Ni siquiera por Jin, quien la había halagado antes. Elian, en cambio, no le había dicho muchas palabras dulces, pero su silencio, su mirada, su gesto, habían dicho todo. Y ahora, se sentía confundida… pero feliz.
Acostada en su cama, mirando el techo oscuro, pensaba si ese beso significaba algo más. ¿Era solo por la estrella fugaz? ¿Era una emoción del momento o algo más profundo? Recordaba cómo él la había observado durante la práctica de voleibol, cómo siempre se las arreglaba para estar cerca en clase, cómo a veces disimulaba una sonrisa cuando ella reía por cualquier tontería con Dana. Todo eso cobraba un nuevo sentido ahora. Tal vez, Elian no era tan indiferente como ella había creído. Tal vez, incluso él había luchado contra sus propios sentimientos. Tal vez… sí le importaba.
En la otra parte del pueblo, Elian tampoco podía dormir. Se revolvía en su cama con los brazos detrás de la cabeza, sintiendo que el corazón se le salía del pecho. “¿Qué hiciste, idiota?”, se repetía, pero no en tono de reproche, sino con una mezcla de incredulidad y nervios. Le había dado un beso a Mey. A Mey. Esa chica que lo desesperaba con su silencio al principio, con su forma de mirar las cosas como si viniera de otro mundo. Esa que no se dejaba impresionar por tonterías, y que se reía de verdad. Y ahora… ahora lo había dejado ver algo de sí misma, algo que él no esperaba: ternura.
Elian tenía miedo. Miedo de que ella se arrepintiera, de que le evitara en el colegio, de que todo volviera a ser como antes, o peor: que no le hablara más. Pero también tenía una chispa de esperanza, un hilo invisible que parecía unirlos desde aquella noche. Recordó la expresión en el rostro de Mey cuando la estrella fugaz pasó. Ella parecía estar deseando algo muy fuerte. ¿Lo habría deseado a él también? “Ojalá sí…”, pensó. “Porque yo sí la deseé a ella.”
Y en medio de todo eso, entre pensamientos que iban y venían como olas, ambos se durmieron con una sonrisa suave en los labios. A la mañana siguiente, algo iba a cambiar entre ellos, aunque no dijeran nada. Porque a veces, los besos robados bajo un cielo estrellado no solo marcan un recuerdo: abren un nuevo capítulo en el alma.