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BODA SIN FLORES

BODA SIN FLORES

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio / Romance
Popularitas:9.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalianna Elizondo

Nos vendieron sobre las tumbas de nuestras madres.
Yo quería dedicar mi vida a salvar vidas. Ragnar Graf a proteger el legado de su familia. Ninguno de los dos deseaba casarse, pero nuestros padres ya habían decidido nuestro futuro.
Ahora estamos atrapados en un matrimonio por obligación, unidos por un contrato que beneficia a todos... excepto a nosotros.
Entre secretos, ambiciones multimillonarias y una atracción tan peligrosa como inevitable, descubriremos que existe algo mucho más aterrador que un matrimonio forzado:
Enamorarnos. “Porque algunas bodas se celebran con flores. La nuestra comenzó con una sentencia”

NovelToon tiene autorización de Dalianna Elizondo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Después de ese horrible enfrentamiento con mi padre salí y, sin pensarlo dos veces, me acerqué a él. Por un impulso que no pude controlar, tomé su mano frente a todos; sus dedos se entrelazaron con los míos automáticamente, con una sincronía que asustaba, como si lo hubiésemos hecho muchas veces.

—¿Cómo fue el encuentro con el león? —preguntó en voz baja, guiándome hacia la terraza para escapar por un momento del aire viciado del salón.

—Ya sabe que el jaque es real y sabe que “Ares Tech” es quien sostiene la cuerda de su cuello —le respondí, sintiendo que el aire nocturno de la montaña me devolvía la vida—. Gracias, Ragnar, por lo de la patente.

Él solo asintió y se apoyó en la barandilla de piedra, mirando hacia las luces de la ciudad que brillaban como diamantes esparcidos sobre terciopelo negro.

—Lo hiciste bien, Lía —dijo, soltando mi mano, pero permaneciendo lo suficientemente cerca como para que su calor me envolviera.

—Aprendí del mejor lobo de la manada —añadí, mirando al horizonte.

Él se giró hacia mí. La luz de la luna acentuaba las líneas duras de su rostro, haciéndolo parecer menos un príncipe de la industria y más un hombre que también cargaba con sus propios demonios invisibles.

Por un momento el ruido de la fiesta desapareció. No había flashes, ni contratos por conveniencia o padres manipuladores; solo estábamos nosotros dos en medio de un silencio que ya no se sentía como una guerra, sino como una tregua muy peligrosa. Pronto me encontré observando sus labios, recordando la tensión de la pecera gigante donde vivimos, y una duda aterradora me invadió.

—Ragnar... —susurré, pero antes de que pudiera decir nada más, Bruno apareció en la puerta del balcón con una copa en alto.

—¡Ahí están los novios! Es hora del brindis oficial; el mundo está esperando ver el beso que sellará la unión más poderosa de la década. ¡Vamos, muchachos, el público espera!

El hechizo se rompió instantáneamente. Él volvió a ponerse su máscara de hielo y me ofreció el brazo con una inclinación de cabeza.

—Es hora de la función final de la noche, Lía —dijo en un suave murmullo, volviendo a ser ese terciopelo profesional que tanto me confundía—. Prepárate, porque después de este beso ante las cámaras, ya no habrá rincón en el mundo donde podamos escondernos de esta mentira.

Caminamos de regreso al centro del salón, bajo la mirada atenta de quinientas personas. La orquesta dejó de tocar y mi padre levantó su copa, iniciando un discurso sobre el amor, la familia y el futuro. La mayor falacia, pero qué podía esperar de él. Ya sabía que lo que vendría a continuación marcaría el inicio oficial de mis diez años de condena, pero mientras sentía la mano de Ragnar firme sobre la mía, supe que no iba a caer sin pelear.

En ese instante, mientras sus labios rozaban los míos en un desempeño perfecto, merecedor de un premio Oscar a la mejor actuación, supe que la verdadera guerra no se libraría en los hospitales ni en las juntas directivas, sino en el espacio que compartiríamos.

Los flashes de las cámaras buscaban capturar el majestuoso momento, que fue una especie de colisión de tren bala de Japón entre texturas y sensaciones contradictorias: por un lado, el frío del diamante contra mi piel, por el otro, el sabor amargo del champán en los labios de Ragnar y esa presión firme, posesiva, que me dictaba que en ese escenario yo le pertenecía, al menos para el lente de la prensa. Cuando nos separamos, el estruendo de los aplausos llenó el salón de los Eisen en un sonido que se sentía como una lluvia de piedras golpeando un techo de cristal.

Mi padre sonreía desde el estrado con una expresión de triunfo que me revolvió el estómago; Bruno, a su lado, asentía con la suficiencia de quien acaba de cerrar el negocio de su vida. Estaba claro como el agua que nosotros solo éramos los trofeos expuestos, las piezas centrales de una exhibición de poder que nada tenía que ver con nosotros y todo era por sus ambiciones.

—Mantén la sonrisa un poco más, Lía —susurró Ragnar, su mano aún firme en mi cintura mientras nos girábamos hacia la multitud—. Solo unos minutos más y podremos salir de este nido de víboras.

—Mis músculos faciales ya no responden, Ragnar —respondí entre dientes, manteniendo la comisura de los labios elevada en una mueca que esperaba pasara por felicidad—. Te juro que siento que, si sonrío un segundo más, mi cara se romperá en mil pedazos.

El resto de la velada fue un desfile interminable de brindis vacíos y felicitaciones hipócritas. Cada vez que una mano desconocida tocaba mi brazo o un inversionista me llamaba "la joya de la fusión", sentía una punzada en la boca del estómago. Mientras, Ragnar se movía con la agilidad de un depredador en su elemento, respondiendo preguntas sobre proyecciones financieras y la expansión de la red hospitalaria con una elocuencia que me recordaba por qué era tan peligroso. No solo era inteligente; era un actor nato.

Cuando finalmente el protocolo nos permitió retirarnos, el aire nocturno se sintió como una bendición al salir de la mansión. Nos subimos al auto en silencio. Ragnar se aflojó la corbata con un gesto brusco y se recostó contra el asiento de cuero, cerrando los ojos; el silencio en el interior del auto era denso, cargado con el residuo de la adrenalina y algo más que no me atrevía a nombrar.

—Fue un éxito —dijo finalmente, sin abrir los ojos—. Las acciones de Graf-Eisen Global subieron un cuatro por ciento antes de que terminara la fiesta; el mercado ha comprado nuestra historia, Lía.

—¿A qué precio, Ragnar? —pregunté, quitándome uno de los pendientes de zafiro que me pesaba demasiado—. Mañana seré la cara de todos los periódicos. No podré entrar al hospital sin que los pacientes vean en mí a la "esposa de" en lugar de a su cirujana. Está bien, me has devuelto la patente, pero me has quitado la identidad.

Él abrió los ojos y se giró hacia mí; en la sombra del auto, sus facciones se veían duras, esculpidas por las luces de la ciudad que pasaban veloces por la ventana.

—Nadie puede quitarte lo que tienes en la cabeza, Doctora. Solo te di una herramienta para pelear contra tu padre, no un refugio. Si dejas que el ruido del mundo te defina, entonces Leonardo ya ganó.

—No es tan simple para mí como lo es para ti —repliqué, sintiendo una amargura creciente—. Tú disfrutas del juego, te alimentas del caos. Yo solo quiero curar a la gente y honrar la memoria de mi madre. Pero ahora, cada vez que mire mis manos, recordaré que el dinero que financia mis equipos viene de una mentira que sellamos con un beso frente a quinientas personas y las cámaras.

Ragnar guardó silencio por un largo momento, observando cómo nos adentrábamos en los portones de nuestra nueva "pecera" gigante. Al llegar y bajar del auto, el frío de la montaña me golpeó el rostro, devolviéndome un poco de claridad, pero no la paz.

Entramos en la casa en un silencio que se extendía por toda la sala como un abismo entre nosotros.

—¿Por qué lo hiciste? —pregunté, girándome hacia él.

—¿Hacer qué? ¿El brindis? ¿El beso? Fue parte de la película que estamos haciendo, tú y yo, Lía; tú misma lo firmaste. ¡De qué te sorprendes! —respondió, quitándose la chaqueta y dejándola sobre el sofá.

—No me refiero al contrato, sino a la mirada antes de que Bruno nos interrumpiera en el balcón. Por un momento dejaste de ser el Príncipe de Hielo. Dime, ¿qué estabas a punto de decirme? —sintiendo que me estaba metiendo en arenas movedizas peligrosas.

Ragnar se tensó por mi palabras, caminando hacia el bar para servirse un whisky con hielo.

—Estaba a punto de decirte que no te confiaras —dijo, dándome la espalda—. ¡Que ganar una batalla contra tu padre no significa ganar la guerra! Él no se va a quedar de brazos cruzados ahora que sabe que tienes a “Ares Tech” de tu lado; Leonardo mañana empezará a buscar grietas en nuestra armadura. ¿Y qué crees, niña? ¡La grieta más grande, Lía! ¡La grieta más grande eres tú!

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Warriorgame
Que buena amiga.
Warriorgame
A veces esto es peor que una muerte rápida.
Warriorgame
Claro. Nada te prepara al 100% para la pérdida de un familiar muy cercano.
Yanet Cristina Vilugron Salazar
mal los padres
Yanet Cristina Vilugron Salazar
omg😱
Yanet Cristina Vilugron Salazar
upsss
Yanet Cristina Vilugron Salazar
jajaja él la miro como hombre
Yanet Cristina Vilugron Salazar
hay hay emociones
Yanet Cristina Vilugron Salazar
me gusta
Yanet Cristina Vilugron Salazar
interesante
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