A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
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Snacks y un comentario incómodo
—Hoy no podré dormir —dije, apoyando la cabeza contra el respaldo del sofá y rascándome el cuero cabelludo con fuerza, como si pudiera arrancar la imagen de esa mano pálida y aquellos restos de mi memoria.
Sofía estaba a mi lado, con las piernas recogidas y la mirada perdida en algún punto de la pared. Ambas sabíamos que cerrar los ojos sería inútil. Las imágenes del departamento 3B estaban grabadas en nuestras retinas como un mal sueño del que no podíamos despertar.
—Se me antoja algo dulce —dije, cambiando de tema porque necesitaba pensar en otra cosa—. ¿Y si vamos al piso de abajo por unos snacks antes de dormir?
Empujé a Sofía del hombro con una sonrisa que intentaba ser ligera. Ella giró los ojos, pero una sonrisa se asomó en sus labios.
—Claro, vamos. Pero tú pagas.
—Siempre pago yo —reí, levantándome—. Es mi edificio, mis reglas.
Antes de salir, cerré bien la puerta. Doble llave, pestillo, cadena. Todo. Como si fuera a cruzar el mundo en lugar de solo un piso.
Bajamos las escaleras en silencio, sintiendo que cada paso era un eco en la noche. La tiendita de la señora Marta seguía abierta, con su luz cálida derramándose por la puerta entreabierta. Al acercarnos, vi que la señora no estaba sola. Estaba hablando con una chica joven, de pelo oscuro y rostro cansado, que sostenía una bolsa de compras en la mano.
—¡Hola, señora! —dije, entrando con la mejor de mis sonrisas—. ¿Tiene algunos snacks dulces? Es para una pijamada. Estamos haciendo noche de chicas.
La señora Marta levantó la vista y su rostro se iluminó al verme.
—¡Valeria! Claro, hija, tengo varias cosas. ¿Qué te gusta? Tengo galletas, chocolates, unos pastelitos que hice hoy...
—De todo un poco —respondí, mientras ella comenzaba a reunir los productos en una bolsa.
Mientras la señora Marta se movía detrás del mostrador, la chica joven me miró con una intensidad que me hizo sentir incómoda. Sus ojos recorrieron mi rostro, mi pelo, mi ropa, como si estuviera comparándome con algo.
—Tome, hija —dijo la señora Marta, entregándome la bolsa—. Son tres mil pesos.
Pagué rápidamente y tomé la bolsa. Pero justo cuando me giraba para irme con Sofía, escuché un susurro que me heló la sangre.
—Esa niña es igual a la del cartel de desaparecida —dijo la chica, su voz baja pero lo suficientemente clara para que yo la escuchara—. Es idéntica.
Me quedé paralizada. Mi mano apretó la bolsa de snacks con tanta fuerza que el plástico crujió. Sofía, a mi lado, me tomó del brazo y me tiró suavemente hacia la salida.
—Subamos —dijo, su voz firme pero baja—. Ahora.
No miré atrás. No quise ver la expresión de la señora Marta ni de esa chica. Solo caminé hacia las escaleras, sintiendo que cada escalón era un paso hacia un abismo del que no sabía si podría salir.
Cuando llegamos a mi departamento, entré y cerré todo con llave. Doble llave, pestillo, cadena. Otra vez. Como si eso pudiera mantener alejado el mundo.
—Son las 10:56 de la noche —dije, dejando la bolsa de snacks sobre la mesa—. Terminemos esto y nos dormimos.
Sofía me miró, sus ojos llenos de preguntas que no se atrevía a hacer. Pero no dijo nada. Solo asintió, abrió la bolsa y sacó una galleta cubierta de chocolate.
—¿Te dije que esta señora hace las mejores galletas del mundo? —dijo, mordiendo un trozo—. Mira, hasta tienen chispas de colores.
Sonreí, aunque mi mente seguía dando vueltas. "Esa niña es igual a la del cartel de desaparecida." ¿Por qué diría eso? ¿Acaso Laura y yo nos parecíamos? ¿O acaso la chica había visto algo que yo no quería ver?
La noche pasó tranquila. Sin golpes, sin pasos, sin sombras. Comimos los snacks, vimos una película tonta en la televisión, y cuando el cansancio finalmente nos venció, nos dormimos en el mismo sofá, cubiertas con la misma manta.
Pero en mi mente, el reloj no se detenía. Sabía que en la mañana debíamos ir a la comisaría. Poner la denuncia. Contarles todo lo que habíamos visto.
Y también sabía que, cuando el sol saliera, tendría que enfrentarme a la posibilidad de que esa chica tuviera razón.
Tal vez yo era la siguiente Laura.
Pero esta vez, no iba a desaparecer sin luchar.