Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 11
El penthouse por fin estaba en silencio después del huracán que había significado la visita a la oficina. Mientras Julia se encargaba de bañar a Mia en el piso de arriba, aprovechando que la bebé estaba relajada tras su caótico debut corporativo, Ethan se quedó solo en la inmensa sala de estar. Todavía llevaba la camisa de repuesto, pero su mente ya no estaba en las acciones de la bolsa ni en la fusión hotelera.
Sus ojos se clavaron en la canasta de mimbre que seguía sobre la mesa auxiliar. El sobre con la nota anónima ya estaba en su escritorio, pero algo en su instinto de negociador —ese que le advertía cuándo un contrato tenía letras pequeñas ocultas— le decía que no había revisado bien.
Se acercó a la canasta. Quitó las mantas rosas que quedaban en el fondo y comenzó a palpar el mimbre trenzado. Al presionar la base, sintió una rigidez extraña. No era la flexibilidad normal de la madera. Con cuidado, metió los dedos por debajo de la tela del forro interior y tiró con fuerza.
Un crujido seco reveló un doble fondo falso, perfectamente diseñado para pasar desapercibido ante una mirada rápida.
En el hueco oculto no había dinero, sino un objeto pequeño que hizo que a Ethan se le helara la sangre: una tarjeta de miembro de plástico negro, pesada, con un elegante grabado en oro que formaba la silueta de un halcón. No tenía nombre, solo un número de serie magnético en la parte posterior: 009-VIP.
Ethan retrocedió un paso, apretando la tarjeta entre sus dedos. Conocía ese logo perfectamente. Era el pase de acceso exclusivo para el Black Falcon, un club privado subterráneo en las afueras de la ciudad donde solo la élite más oscura, los políticos corruptos y los hombres con negocios fuera de la ley se reunían. No era un lugar para modelos ni influencers; era un nido de víboras peligroso.
Sus alarmas de empresario se encendieron, transformándose de inmediato en un frío presentimiento. La madre de Mia no estaba huyendo de un simple desamor. Estaba metida con gente del Black Falcon. Y si habían dejado a la bebé en su puerta, significaba que el peligro estaba pisándoles los talones.
—Nadie va a tocarla —susurró Ethan para sí mismo, con la mandíbula apretada y los ojos oscuros llenos de una furia gélida.
Sustrajo su teléfono del bolsillo y marcó un número privado que solo usaba para emergencias extremas de la empresa.
—Marcus —dijo Ethan en cuanto respondieron—. Necesito al equipo de seguridad privada completo en mi penthouse en una hora. Quiero que rastreen el número de serie de una tarjeta del Black Falcon. Quiero cámaras de vigilancia en todo el perímetro del edificio y un perfil completo de cualquier persona que se haya acercado a mi puerta en las últimas cuarenta y dos horas. La vida de la bebé corre peligro, Marcus. Y bajo mi techo, nadie corre peligro sin que yo destruya a quien lo intente.
Colgó la llamada, sintiendo una extraña adrenalina. Ya no era solo orgullo corporativo; un instinto territorial y protector, salvaje y desconocido para él, acababa de despertar en su pecho.
En ese momento, los pasos de Julia bajando las escaleras interrumpieron sus pensamientos. Venía cargando a Mia, que olía a champú de bebé y manzanilla, envuelta en una toalla con capucha de osito. La niña venía con los ojos muy abiertos, moviendo sus manitas limpias.
Ethan guardó la tarjeta negra en el bolsillo del pantalón antes de que Julia pudiera verla, intentando relajar la expresión de su rostro, aunque la tensión seguía grabada en sus hombros.
—Bueno, la pequeña heredera ya está limpia y libre de baba corporativa —dijo Julia, acomodando a la bebé en el sofá—. Debería ver su cara, señor Vance. Parece que acaba de descubrir que el banco central entró en quiebra. ¿Qué pasa? ¿Sigue traumatizado por el eructo en medio de la junta?
Ethan soltó un suspiro, cruzándose de brazos mientras miraba a la niña.
—No es gracioso, Julia. Estaba pensando en la auditoría de mis exnovias. Ninguna de ellas encaja en el perfil de alguien que dejaría una nota así. Es ridículo. He salido con decenas de mujeres en el último año y ninguna parecía... no sé, tener un pasado tan misterioso.
Julia se apoyó contra el respaldo del sofá, mirándolo con una sonrisa cargada de pura ironía y burla.
—Ay, por favor, señor Vance... Es que es el colmo de la comedia —se burló Julia, soltando una risita—. Tiene tantas mujeres en su historial que ni siquiera puede recordar con cuál de todas cometió el "error de cálculo". Su agenda parece un catálogo de modas y ahora resulta que el gran Don Juan de la ciudad no tiene idea de quién es la madre de su propia hija. Es el karma en su máxima expresión.
Ethan frunció el ceño, molesto por el tono burlón de la niñera.
—No es un catálogo, Julia. Eran relaciones de mutuo acuerdo y con objetivos claros —se defendió, adoptando su tono arrogante—. Y no es culpa mía que el destino tenga un sentido del humor tan retorcido. Lo peor de todo esto no es la falta de nombres... lo peor es que ahora tengo que criar a una mini-mujer. Una versión femenina. Dios sabe lo complicadas que son.
Julia soltó una carcajada limpia y sonora, de esas que retumbaban en todo el penthouse.
—¿Una mini-mujer? ¡Por favor! Prepárese, señor Vance. En unos años esa bebé va a crecer. Va a tener opiniones, va a usar su tarjeta de crédito para comprar toneladas de maquillaje, va a tener crisis existenciales por el cabello y, lo mejor de todo... va a empezar a salir con chicos. Imagínese eso: la hija del temido Ethan Vance trayendo a un noviecito a este penthouse minimalista.
Al escuchar la palabra "noviecito", algo dentro de Ethan hizo cortocircuito total. La imagen mental de un adolescente cualquiera tocando el timbre de su casa para llevarse a su pequeña Mia le revolvió el estómago de una forma violenta. Los celos de padre, un sentimiento que no sabía que existía dentro de su repertorio, lo golpearon con la fuerza de un camión.
—¡Ni lo sueñes! —exclamó Ethan, dando un paso al frente con el rostro encendido de furia y los ojos inyectados en celos—. ¡Nadie va a tocarla! ¡Nadie! Se los prohibiré a todos. No dejaré que ningún idiota se le acerque a menos de cien metros. Va a ser mi hija y de nadie más. Estará bajo mi estricta supervisión y seguridad las veinticuatro horas del día por el resto de su vida. ¡Ningún mocoso va a ponerle un dedo encima!
Julia se quedó mirándolo por un segundo, procesando la escena del gran CEO teniendo un colapso de celos por una bebé que ni siquiera sabía gatear. De inmediato, soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que sostenerse el estómago, divirtiéndose enormemente con la humillación del magnate.
—¡¿De verdad está celoso desde ahora?! —se rió Julia, con las lágrimas saltándole de los ojos—. ¡Señor Vance, por favor! ¡Tiene tres meses! Que no dejará que nadie la toque... ¡Eso no lo podrá controlar, por más millones que tenga en el banco! Las niñas crecen, se enamoran y lo mandan a volar. Su dinero no puede comprar un contrato que prohíba las hormonas de la adolescencia. ¡Es imposible!
—¡Sí puedo! ¡Puedo comprar lo que sea! —bramó Ethan, completamente fuera de sí, sintiéndose acorralado por la lógica burlona de Julia.
Sin pensarlo dos veces, se inclinó, tomó a Mia del sofá con cuidado pero con una rapidez decidida, acomodándola contra su pecho. La bebé, lejos de asustarse, soltó un balbuceo feliz al sentir los brazos de su protector.
—Nos vamos, Mia. No tenemos por qué escuchar las profecías absurdas de esta mujer —dijo Ethan en un tono de indignación absoluta, mirando a Julia con una dignidad herida que resultaba patética—. Nos vamos a mi oficina. Allí la gente me respeta y nadie habla de novios imaginarios.
Cargando a la bebé con un brazo y manteniendo la espalda recta como una tabla, Ethan se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras hacia el segundo piso con paso firme y enojado, ignorando olímpicamente las risas de Julia que seguían retumbando en la sala. No le había gustado para nada la burla, pero mientras subía, apretó suavemente a Mia contra su pecho, recordando la tarjeta negra en su bolsillo.
Julia podía burlarse de los novios del futuro, pero en el presente, Ethan Vance acababa de convertirse en un muro de concreto. Si el peligro del Black Falcon quería llegar hasta esa niña, primero tendrían que pasar por encima de todo su imperio.