A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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17. Un tío protector
Fabricio condujo lentamente por el camino bordeado de cipreses hasta la villa. El portón se abrió a su llegada, y los sonidos de la casa como las risas infantiles, los pasos apresurados, las voces suaves de los niños, le recordaron su propósito que era proteger lo que otros parecían haber descuidado.
Dentro, Sergio lo esperaba en el salón principal, sentado en su silla de ruedas perfectamente alineada frente al ventanal que dejaba entrar la luz dorada de la tarde. La habitación estaba silenciosa salvo por el crujido leve bajo la silla. Su expresión era grave, imponente incluso desde la quietud de su postura.
- “Llegas tarde, pero justo a tiempo para la reunión familiar”, dijo Sergio con voz firme.
Elizabeth estaba al otro lado de la mesa, despreocupada, con los brazos cruzados, como si nada de lo que ocurría fuera asunto suyo. Fabricio frunció el ceño; desde que ella regresó de su largo viaje a la India le había costado leer a su hermana, pero hoy la encontraba más distante que de costumbre, casi indiferente.
- “¿También vas a viajar con Thiago cuándo vaya a Portugal, o por fin te vas a quedar con tus hijos?”, comenzó él, pero Sergio lo interrumpió con un gesto leve de mano.
- “Los niños están bien conmigo, hijo”, dijo el patriarca,
- “Elizabeth, tus hijos están aquí, presentes, creciendo, y siento que los has dejado de lado. No se trata solo de verlos unos días al mes, se trata de estar realmente presentes. No pueden aprender de su historia si no la viven contigo”, expresó Fabricio.
- “Yo hago lo que creo conveniente”, replicó Elizabeth, alzando una ceja de manera fría. “Y no necesito que nadie me dicte cómo cuidar a mis hijos, menos alguien que ni siquiera sabe cómo sostener un matrimonio, ni tiene hijos”.
Sus palabras golpearon en lo más profundo, aunque Fabricio no entendiera la razón.
- “Eso no tiene nada que ver con lo que estoy diciendo, Elizabeth”, replicó Fabricio, con paciencia contenida. “Se trata de ellos, no de mí”.
Hubo silencio en la habitación. La luz del atardecer se filtraba a través de los ventanales, dibujando líneas sobre el rostro de Fabricio, acentuando la tensión que sentía. Por un instante, vio en la mirada de Elizabeth un desafío abierto, casi una invitación a confrontarla, pero se contuvo. Su objetivo no era pelear, sino proteger.
Fue entonces cuando Thiago Solórzano apareció en la sala, impecable, con la camisa perfectamente planchada, el cabello perfectamente peinado y el porte inconfundible de un ejecutivo.
- “Fabricio, recuerda que aquí yo represento a la Corporación D’Angelo. Las decisiones estratégicas, incluso las que afectan a la familia, requieren mi aprobación. No confundas tu influencia con autoridad”, dijo, con voz tranquila pero firme.
Fabricio lo miró, notando cada matiz en su tono. Era un recordatorio que, aunque la familia y la empresa compartieran el apellido, sus territorios eran distintos. Pero no podía permitir que la frialdad de Thiago ni la indiferencia de su hermana lo desviaran de lo que estaba intentando lograr, proteger a los niños y poner límites a quienes, incluso por sangre, podían ponerlos en riesgo.
- “No busco autoridad, Thiago. Solo que se haga lo correcto con ellos, además te recuerdo algo Thiago, soy un verdadero D’Angelo y el puesto que ahora ocupas, podría reclamarlo”, replicó Fabricio, con firmeza.
Sergio, observando todo desde su silla, dejó escapar un pequeño suspiro y cruzó los brazos. Elizabeth desvió la mirada, visiblemente incómoda, mientras Thiago apretaba los dientes con tensión contenida.
Fabricio sostuvo la mirada de su hermana unos segundos más, dejando claro que la ausencia de cuidado no sería ignorada, antes de acercarse a Thiago, su tono ahora más bajo, más personal.
- “Tienes suerte de ser el padre de mis sobrinos, solo por ellos, te dejo ocupar el papel de ejecutivo, que te está quedando grande, a mí también me llegan los informes”, manifestó Fabricio.
- “Fabricio es una cena, ya no demoran en venir los niños”, intervino Elizabeth, tratando de suavizar, de quitar peso al enfrentamiento.
- “Ahora sí te acuerdas de ellos, cuando te conviene”, replicó Fabricio, con frialdad, su mirada fija en la de ella.
Sergio, consciente de la tensión que se palpaba en el aire, aprovechó para intervenir.
- “Ya basta, Fabricio si quieres ese puesto, ya sabes el requisito, una matrimonio, una esposa digna, ver que en verdad puedas formar una familia”, expresó Sergio.
- “Tal vez tengas razón, debo formar una familia”, dijo Fabricio, tomando asiento con una copa de vino en la mano, mirando a Thiago y Elizabeth; y por alguna razón Marjorie Lauder apareció en su mente.
- “Espero que tus palabras se traduzcan en acciones, hijo”, añadió Sergio, con una leve sonrisa aprobatoria.
Elizabeth abrió la boca como si fuera a decir algo, pero la cerró al instante. Thiago, en cambio, mantuvo la postura rígida, aunque sus nudillos palidecieron al apretar los puños a los costados.
Fue entonces cuando los pasos pequeños resonaron más cerca. Liam apareció primero, con los ojos brillantes y el cabello revuelto, arrastrando de la mano a Kimmy. El niño se detuvo al ver a su tío y sonrió de manera confiada, un gesto que solo Fabricio podía recibir como una señal de confianza silenciosa. Kimmy lo imitó, mirándolo con curiosidad, casi desafiándolo con inocencia.
Fabricio alzó la copa en un gesto casi imperceptible, no hacia ellos, sino hacia la ventana, donde el último destello del atardecer se apagaba tras los cipreses. Protegerlos no sería fácil. Tendría que enfrentar la frialdad de Elizabeth, la ambición de Thiago, incluso las expectativas de su propio padre. Pero en ese instante, con el peso del vino en su mano y el eco de las risas infantiles llenando el silencio, supo algo con una certeza que lo quemó por dentro, por ellos, estaba dispuesto a todo. Incluso a jugar el juego más peligroso de todos. Incluso a casarse. Incluso a fingir que podía ser un hombre diferente.
Y mientras la copa tocaba sus labios, el sabor amargo del tinto, Fabricio D’Angelo hizo un juramento en silencio. No sería como ellos. No los dejaría solos. No permitiría que la sangre que corría por sus venas, esa misma que había destruido a su hermano, distanciado a su hermana y lo había convertido en un hombre que desconfiaba hasta de su propia sombra, los marcara a ellos también.
Porque al final, más allá de los contratos, los apellidos y los juegos de poder, solo quedaba una verdad incómoda, los niños ya tenían suficiente con llevar el nombre D’Angelo. No necesitaban heredar también sus fantasmas.