Nací entre lujos, rodeada de poder, creyendo que el amor sería el único territorio donde nadie podría obligarme.
Me equivoqué.
Mi padre decidió mi destino con una firma.
Mi esposo selló mi condena con su desprecio.
Y yo… yo aprendí demasiado tarde que no todos los cuentos de hadas comienzan con una boda.
y que incluso en jaulas doradas se puede morir lentamente.
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capitulo 16 marcas
El dolor me despertó antes que la luz.
Una punzada sorda, profunda, instalada en mi hombro derecho.
Abrí los ojos lentamente, la habitación aún estaba teñida de gris, silenciosa, fría y vacía.
Antonio no había regresado a disculparse, por supuesto que no lo haría.
Me incorporé despacio, conteniendo el gesto involuntario cuando el músculo protestó.
—Maldito…
Susurré apenas, caminé hasta el espejo y allí seguía, más oscuro, mas evidente.
El moretón florecía bajo mi piel como una marca indecente, violácea, delatora.
Mis dedos lo rozaron y enseguida sentí una punzada de dolor.
Pero no fue el dolor lo que me hizo apartar la mano, fue la humillación, no soy una mujer frágil, nunca lo he sido.
Pero aquella marca…era un recordatorio brutal de mi posición en esa casa, en ese matrimonio.
en esa guerra silenciosa.
Respiré hondo, llenandome de frialdad, control.
y elegancia antes de bajar al comedor, como siempre.
Elegí un vestido de manga larga.
Color marfil, impecable este era el blindaje perfecto.
El aroma del café me recibió en el comedor, pero no fue Antonio a quien encontré allí, fue Adrián.
Sentado con despreocupación elegante, llevaba camisa blanca arremangada como siempre su cabello castaño aún húmedo, y esos ojos marrones hundidos en el periódico.
Demasiado hermoso para esa hora de la mañana.
Levantó la vista apenas me escucho llegar.
pero algo cambió en su expresión, no fue sonrisa no fue ironía, fue observación, porque eso hacia el, observar y estudiar cada detalle.
—Buenos días, Renata.
—Buenos días.
Tomé asiento con calma, pero Adrián no dejó de mirarme, ni un segundo y eso me estaba poniendo nerviosa.
—No pareces haber dormido bien.
—Dormí lo suficiente.- respondí mientras me servicios un vaso de jugo.
—Mientes mal cuando estás cansada.
—Y tú observas demasiado cuando estás aburrido.
Una leve sonrisa curvó sus labios, pero sus ojos…
seguían atentos.
Demasiado atentos.
Antonio apareció minutos después, con aspecto frío e inalterable.
Como si la noche anterior no hubiera existido.
—Renata.
Ni buenos días, ni mirada cálida, ni arrepentido...
—Antonio.- dije de vuelta
Se sentó a mi derecha, tomó el café y comenzó a informarme su agenda, cómo era costumbre.
—Hoy tengo reuniones con la junta.
Su tono fue seco.
—Espero que no tengas planes que interfieran.
—No los tengo...
—Perfecto, espero siga así... Por cierto deberías pasar la tarde con tu padre- sugirió.
Adrián observaba, silencioso.
Siempre silencioso cuando algo le interesaba.
El movimiento fue rápido Imprevisto.
Antonio extendió la mano hacia mí, sus dedos se cerraron sobre mi hombro derecho.
Exactamente sobre el moretón, El dolor fue inmediato, brutal.
Mi respiración se cortó.
—Antonio…
Mi voz salió tensa.
—Suéltame.
Sus ojos se clavaron en los míos, tan despiadados como de costumbre.
—Relájate.
Su presión aumentó apenas, lo suficiente para volverme a lastimar.
—No hagas un espectáculo.
El dolor me atravesó, pero no grité, no le daría ese placer.
—Te estoy diciendo que me sueltes.- le dije con los dientes apretados.
Entonces ocurrió Adrián dejó el periódico, el sonido seco del papel resonó como un disparo.
Antonio lo miró, con hostilidad.
—¿Algún problema?
Adrián no respondió de inmediato.
Sus ojos estaban fijos en la mano de Antonio, en sus dedos hundidos en mi piel.
Demasiado hundidos.
—Sí.
Su voz fue baja pero peligrosa.
—Hay un problema.
El comedor entero se congeló.
Antonio arqueó una ceja.
—Ilústrame.
Adrián se levantó despacio, Pero con una tensión que vibraba en el aire
—Estás lastimándola.
Antonio soltó una risa breve,sin humor.
—Mi esposa no es asunto tuyo.
—Ahora mismo…
Adrián se acercó.
—sí lo es.
El choque fue eléctrico, silencioso pero letal.
Antonio retiró la mano de golpe pero sus ojos ardían.
—Recuerda dónde estás, Adrián.
—Créeme.
Su mirada no titubeó.
—Lo recuerdo perfectamente.
Antonio tomó su café y se puso de pie.
—No olvides que esta es mi casa.
Adrián sonrió apenas.
—Nunca lo olvido, hermano.
Antonio salió lero dejó algo atrás.
Hostilidad territorialidad y una guerra declarada.
El silencio fue muy pesado esos pocos segundos hasta que escuchamos la puerta cerrarse.
—Déjame ver.
La voz de Adrián fue distinta, más grave, más oscura.
—No es nada.- le reste importancia
—Renata.
No fue petición,fue una orden suave.
Antes de que pudiera reaccionar, sus dedos rozaron mi brazo.
Subieron lentamente hasta detenerse en mi hombro justo donde Antonio había presionado.
Un escalofrío me recorrió.
—No…
Intenté apartarme.
—Adrián…
Pero ya era tarde.
Sus dedos apartaron suavemente la tela y el moretón quedó expuesto.
El aire se volvió denso adrián se quedó inmóvil.
Sus ojos marrones…oscurecieron.
No dijo nada, pero su mandíbula se tensó sus dedos…
se cerraron lentamente.
—Él hizo esto.
No fue una pregunta.
—No importa.
—¿No importa.?- dijo alterado, su voz estaba cargada de algo peligroso.
—Te marcó.
El silencio vibró entre nosotros.
—No soy de cristal Adrián, estoy bien.
—Nunca dije que lo fueras, Pero esto no está bien.
Sus ojos se clavaron en los míos.
— nadie tiene derecho a tocarte así.
Mi respiración se volvió irregular porque algo había cambiado, ya no había ironía, no hubo juego, Ni provocación ligera.
Había furia. Furia silenciosa, la más peligrosa.
Sus dedos recorrieron el borde del moretón.
Con una suavidad devastadora.
—¿Te duele?
—Sí... Un poco- menti.
Sus ojos se cerraron apenas.
Como si aquella respuesta lo golpeara.
—Maldito Valderrama…
El tono no fue celoso fue asesino.
Y por primera vez…sentí miedo.
pero no de Antonio de Adrián.
Porque algo oscuro despertaba en su mirada algo posesivo algo irreversible.
—Esto no vuelve a pasar.
—Adrián…
—No vuelve a pasar.- repitió con molestia escrita en su voz.
—¿Entendido?
Mi pulso se desordenó, no supe si asentir
O huir.
Porque aquella no era una promesa, era una declaración de guerra contra su hermano
Y yo…
estaba justo en el centro.