Me llamo Ren, soy un chico de 17 años, y tras un accidente inexplicable desperté en un mundo completamente ajeno al mío. Un lugar regido por reglas que apenas logro comprender, donde lo más importante no es la fuerza ni la inteligencia… sino la reproducción.
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CAPÍTULO 21
—A LA MAÑANA SIGUIENTE—
La luz del amanecer comenzaba a filtrarse a través de las cortinas de flores, tiñendo la cueva con tonos cálidos y suaves. Los primeros rayos del sol rozaban mi rostro, despertándome poco a poco, como si me arrancaran con cuidado de un sueño profundo.
Abrí los ojos lentamente.
Mi cuerpo… se sentía pesado.
Cansado.
Adolorido.
Tardé unos segundos en comprender por qué.
Estaba recostado sobre la cola de Zeon, que me rodeaba con suavidad, manteniéndome atrapado en un abrazo firme pero extrañamente cómodo. Intenté moverme apenas, pero una punzada recorrió mi cuerpo, obligándome a detenerme.
Solté un leve suspiro y dejé que mi mirada se perdiera en sus escamas.
Son tan… hermosas.
Brillaban con una tonalidad azul intensa bajo la luz del amanecer, reflejando destellos casi hipnóticos. Por un momento, olvidé todo lo demás, concentrándome únicamente en esa belleza tan particular.
Si pudiera… me gustaría tenerlas.
Arrancarlas todas.
Pero eso es imposible.
Bajé la mirada hacia mi propio cuerpo y noté las marcas dispersas sobre mi piel. Mi rostro se encendió de inmediato.
No hacía falta pensar demasiado para saber de dónde venían.
Desvié la mirada con rapidez.
Al menos… estaba vestido.
Zeon debía haberme puesto la ropa, porque no recordaba haberlo hecho yo.
Toqué la tela con suavidad. El vestido de piel de serpiente seguía siendo tan hermoso como la primera vez que lo vi… pero al mismo tiempo, una sensación incómoda creció en mi pecho.
Mi reflejo mental no encajaba con él.
Sentí un nudo en la garganta.
Pensé que ese color… no combinaba conmigo.
Que yo… no era digno de algo así.
Mientras me perdía en esos pensamientos, Zeon abrió los ojos.
Su mirada se posó directamente en mí.
No me había dado cuenta de que estaba despierto.
—¿Tienes hambre? —preguntó con suavidad.
Su voz me tomó por sorpresa.
Me tensé ligeramente, recordando vagamente la noche anterior. Un calor incómodo subió a mi rostro, y respondí con una voz baja, casi temblorosa.
—Sí…
Zeon sonrió con una calma que me desarmó.
—Espera aquí. Te traeré una gran comida.
Asentí en silencio.
Su cola se desenrolló de mi cuerpo con cuidado, liberándome poco a poco, y sin decir más, salió de la cueva atravesando las flores. Lo observé alejarse hasta que desapareció de mi vista.
Parece… feliz.
Ese pensamiento me dejó inquieto.
¿Será por lo de anoche?
Intenté recordar.
Pero mi mente estaba en blanco.
—…
Un calor subió a mi rostro.
Me cubrí con las manos, avergonzado.
......................
—MINUTOS ANTES—
—DESDE LOS CIELOS—
Heren surcaba los cielos con elegancia, sus alas extendidas cortando el viento con una precisión natural. Desde lo alto, sus ojos dorados inspeccionaban cada rincón del bosque, atentos, calculadores, como los de un depredador que jamás pierde de vista su objetivo.
Había recibido una misión.
Y no pensaba fallar.
Mientras descendía ligeramente para observar mejor el terreno, algo captó su atención a lo lejos.
Un acantilado.
Y sobre él…
Una figura.
Sus ojos se entrecerraron con interés.
Allí, bañada por la luz del sol, se encontraba una joven de cabellera pelirroja. El viento jugaba con su cabello corto, levantándolo suavemente, haciendo que brillara como un atardecer encendido. Su figura se estiraba con naturalidad, despreocupada, como si no existiera peligro alguno en ese lugar.
Por un instante, Heren dejó de pensar como un líder.
Solo miró.
Cautivado.
Había visto muchas hembras antes, pero aquella… tenía algo distinto. Algo que no podía explicar con palabras.
Pero entonces, la razón volvió a él.
Esa apariencia…
Coincidía.
—La hembra del Clan Lobo Blanco… —pensó, reconociéndola.
Sus ojos brillaron con determinación.
Así que era ella.
La que había sido arrebatada por un hombre reptil.
La que debía recuperar.
Su expresión cambió, volviéndose más seria.
Sin embargo… ese leve destello de fascinación no desapareció del todo.
—La tomaré… y la sacaré de este bosque.
Sin perder más tiempo, desplegó sus alas con fuerza y se lanzó en picada, aumentando la velocidad mientras el viento rugía a su alrededor.
Su objetivo estaba claro.
Y no pensaba dejarla escapar.
......................
Salí de la cueva en busca de aire fresco. El paisaje desde el acantilado era impresionante: el viento soplaba suavemente, moviendo la vegetación, y el cielo se extendía claro, inmenso.
Respiré hondo.
Entonces lo vi.
Un ave surcando el cielo.
—Parece un halcón…
Fruncí el ceño.
Algo no estaba bien.
—¿Eh…?
El ave descendía.
Directamente hacia mí.
—¡Espera…!
Mi corazón se aceleró.
—¡¡Viene hacia mí!!
Sin pensarlo, comencé a correr, buscando bajar el acantilado lo más rápido posible. El terreno era inestable, irregular… y en medio de la prisa, no medí bien mis pasos y me tropecé.
Entonces ocurrió.
Una enorme serpiente de color azul rey surgió de entre la vegetación, lanzándose con fuerza hacia el halcón.
Era Zeon.
Ambas bestias chocaron en el aire, desatando una violenta pelea que hizo temblar el entorno.
El suelo bajo de mí cedió.
—…!!
No tuve tiempo de reaccionar.
La tierra se desmoronó.
Y caí.
......................
El mundo se volvió un torbellino.
El viento golpeaba mi rostro con violencia mientras caía sin control, arrastrado hacia el vacío. No había nada a lo que aferrarme, nada que pudiera detener la caída. Solo el cielo alejándose… y la tierra acercándose cada vez más rápido.
Entonces lo escuché.
—¡¡REN!!
La voz de Zeon, desgarrada, desesperada.
Al mismo tiempo, desde lo alto, otra presencia descendía con rapidez.
El halcón.
Sus ojos dorados se fijaron en mí.
—¡La hembra! —pensó, acelerando aún más.
Ambos.
Venían por mí.
Zeon se lanzó sin dudarlo, su enorme cuerpo de serpiente cortando el aire con una velocidad feroz. El halcón descendía en picada, sus alas extendidas, sus garras listas.
Pero ninguno estaba dispuesto a ceder.
La distancia entre ellos se redujo en un instante.
Y entonces…
Chocaron.
El halcón, con un movimiento brusco, extendió sus poderosas patas y, en lugar de atraparme a mí, sujetó a Zeon, desviándolo con fuerza y lanzándolo lejos de su trayectoria.
El cuerpo de Zeon se vio arrastrado por el impacto.
Pero incluso en ese momento, no se rindió.
Abrió su mandíbula.
Y el fuego emergió.
Un estallido ardiente cruzó el aire, alcanzando una de las alas del halcón. El ataque no fue suficiente para detenerlo por completo, pero sí lo hizo tambalear por un instante.
Un instante.
Nada más.
Y para mí…
Ese instante fue suficiente.
Mi cuerpo siguió cayendo.
Sin nadie que lograra alcanzarme.
El suelo se aproximaba con una velocidad aterradora, y en ese breve momento en el que todo pareció ralentizarse, una sensación extraña me envolvió.
No hubo dolor aún.
No hubo impacto.
Solo una certeza.
Una más.
La última.
Y así…
Sin que nadie lograra salvarme…
Mi tercera vida llegó a su fin.