Otto Bonanno no conoce límites. Don de la Cosa Nostra, él es la ley y la sentencia, un hombre formado para mandar con la fuerza, el miedo y la sangre. Para él, nada es más importante que el poder… hasta ver a Aurora.
Ella no es más que una nueva bailarina contratada para el club. Un rostro delicado, un cuerpo que se mueve en perfecta sincronía con la música —y una luz que no debería desear. Pero Otto no es hombre de resistirse. Es hombre de tomar.
Aurora buscaba un nuevo comienzo, lejos de las marcas del pasado, pero acabó cayendo directamente en las garras del depredador más peligroso de la ciudad. Ahora, cada paso, cada suspiro y cada mirada suya le pertenecen.
Entre el placer prohibido y la prisión de un amor obsesivo, ella tendrá que elegir: rendirse al Don o luchar contra un enemigo imposible de derrotar.
Porque Otto Bonanno no se enamora.
Él domina.
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Capítulo 5
Otto Bonanno
La noche seguía, pero yo no veía nada más allá de ella. El escenario podía estar ocupado por otras mujeres, los clientes gritaban, bebían, celebraban como animales sueltos, pero todo en mí permanecía fijo en Aurora. El rojo del cabello, la mirada insolente, la voz firme cuando osó decirme que no pertenecía a nadie.
Aún sentía el gusto de esa osadía, quemando más que cualquier whisky.
Y entonces, como si fuera atraída por la propia orden natural del mundo, ella apareció.
Aurora entró en el palco con pasos firmes, incluso rodeada por dos de mis hombres. Era obvio que estaba contrariada, pero no pidió salir, no imploró libertad. Vino hasta mí con la barbilla levantada, como si no fuera prisionera, sino invitada. Esa valentía suya… era un veneno delicioso.
Aurora- ¿Mandó llamarme?
Preguntó, cruzando los brazos.
El salón entero pareció silenciarse, aunque solo fuera en mi percepción. La observé detenidamente antes de responder. La luz del palco tocaba sus cabellos, haciéndolos brillar como llamas. Parecía hecha para desafiar.
Me incliné en el sillón, apoyando el codo en el brazo de cuero oscuro.
Otto- No suelo mandar llamar. Suelo mandar buscar.
Sonreí, frío.
Otto- Pero contigo es diferente.
Ella arqueó la ceja, como si no entendiera —o fingiera no entender.
Aurora- ¿Diferente cómo?
Otto- Tú no bailas para los otros.
Afirmé sin rodeos.
Otto- No quiero más ninguna mirada sucia sobre ti.
Ella soltó una risa corta, sin humor.
Aurora- Esto es una boate, Don Bonanno. Si no quiere miradas, tal vez esté en el lugar equivocado.
Sus palabras eran afiladas, pero no me irritaba. Al contrario. Cada afrenta solo me dejaba más seguro de que necesitaba quebrarla hasta ver el orgullo hecho pedazos a mis pies.
Incliné el cuerpo hacia adelante, la voz baja, grave:
Otto- Nadie aquí tiene derecho a mirar lo que es mío.
Ella mantuvo la mirada fija en la mía, firme, pero vi el temblor mínimo en sus dedos. El cuerpo habla, incluso cuando la boca insiste en mentir.
Aurora- No soy propiedad de nadie.
Replicó.
Sonreí, despacio.
Otto- Aún no sabes lo que es ser mía. Pero vas a aprender.
El silencio que se instaló después fue pesado. Aurora sostenía mi intensidad, pero yo podía sentir la respiración acelerada, el corazón disparado bajo la piel clara. Una guerra silenciosa se libraba entre nosotros, y yo nunca perdí guerra alguna.
Levanté el vaso de whisky, bebí el resto de una vez, y entonces me recosté.
Otto- Puedes irte.
Dije, como si estuviera concediendo un favor.
Otto- Pero saldrás de aquí escoltada.
Los ojos verdes de ella brillaron de rabia, pero no protestó. Apenas giró sobre los talones y salió acompañada por mis soldados, que la siguieron como sombras. Yo sabía que aquello la irritaba, pero era necesario. Aurora necesitaba entender desde el comienzo que su libertad ya no le pertenecía.
Cuando la vi desaparecer en el pasillo, una calma extraña se instaló en mí. No era paz, era solo la certeza de que el juego había comenzado.
Otto- Quiero todo sobre ella.
Mi voz rompió el silencio, dirigida a Lorenzo.
Él se acomodó en el sillón a mi lado, como quien ya esperaba la orden.
Lorenzo- Nombre completo, pasado, familia, amigos… ¿todo?
Otto- Todo.
Crucé las manos delante de mí, la mirada fija en la puerta por donde ella había salido.
Otto- Quiero saber dónde nació, qué come, quién toca el teléfono de ella, hasta qué horas duerme. No quiero secretos.
Lorenzo me observó por un instante, tal vez midiendo lo cuanto yo estaba obsesionado. Pero él me conocía bien demasiado para cuestionar.
Lorenzo- Se hará, Don.
Asentí, satisfecho.
Otto- Quiero los informes aún esta semana.
La mente de ella ya era mía, aunque resistiera. El cuerpo, la vida entera… no demoraría hasta que todo me perteneciera. Aurora podría luchar, engañarse, vestirse de valentía. Pero yo ya había decidido.
Y cuando yo decido, no existe escapatoria.
Terminé el último sorbo de whisky y dejé el vaso vacío sobre la mesa. El ruido del salón retomaba fuerza, como si nada hubiera sucedido, pero para mí la noche ya estaba marcada.
Aurora.
El fuego de ella sería mío.
Ni que tuviera que destruir el mundo para que restáramos solo nosotros dos.