"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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La traición del linaje
El despacho de Alexander estaba en penumbra, iluminado solo por la luz de la ciudad que se filtraba por el ventanal y el brillo ámbar del whisky en su escritorio. Frente a él, Héctor Vanzetti se removía incómodo en su silla de cuero. Era un hombre de unos cincuenta años, de aspecto descuidado pero con ínfulas de grandeza que ya no le pertenecían.
Micaela entró en la habitación con una calma gélida, vestida con un conjunto de seda negra que la hacía ver como la reina que ahora era. Alexander se puso de pie de inmediato, rodeando su cintura con su brazo y atrayéndola hacia él en un gesto de posesión absoluta ante los ojos de su tío.
—Sobrina... qué alegría verte después de tanto tiempo —dijo Héctor, forzando una sonrisa amarillenta—. Lamento mucho lo de tu madre, pero ella siempre fue una mujer difícil. Si se hubiera quedado con el viejo Ferrante, nada de esto habría pasado.
Micaela apretó los puños, pero la mano de Alexander sobre su cadera le dio la fuerza para no perder la compostura.
—No te atrevas a mencionar a mi madre —siseó Micaela—. Tú la abandonaste. Dejaste que el abuelo de Julián nos persiguiera por todo el país mientras tú te escondías con el dinero que él te daba por nuestro paradero.
Héctor palideció y miró a Alexander buscando apoyo, pero solo encontró una mirada de acero que prometía violencia.
—Escuche, Rossi —tartamudeó Héctor—. Yo tengo documentos. El abuelo Ferrante me prometió el 30% de las tierras del norte si lograba que mi hermana cediera. Ella nunca lo hizo, pero yo cumplí mi parte. Esas tierras son mías por derecho de sangre.
Alexander soltó una carcajada seca y aterradora que hizo eco en las paredes. Se inclinó sobre el escritorio, invadiendo el espacio personal de Héctor.
—¿Derecho de sangre? —preguntó Alexander con una voz que era un trueno bajo—. Usted vendió a su propia sangre por las migajas que le sobraban a un viejo obsesionado. Yo no negocio con ratas, Vanzetti. Y mucho menos con ratas que intentaron destruir a mi esposa cuando era solo una niña.
Alexander sacó un sobre azul de su cajón y lo arrojó sobre la mesa.
—Esos son los registros de las transferencias bancarias del abuelo Ferrante a su cuenta en las Islas Caimán durante diez años —continuó Alexander—. Usted no solo fue un cómplice; fue el que le dio la ubicación exacta del hospital donde Micaela nació, para que él pudiera intentar arrebatársela a su madre.
Micaela sintió que el mundo se detenía. —Tú... ¿tú intentaste que me secuestraran?
Héctor intentó levantarse, pero Luciano, que estaba apostado en la puerta, le puso una mano pesada en el hombro, obligándolo a sentarse.
—Solo quería que tuvieras una vida mejor, Micaela —mintió Héctor, con la voz temblorosa—. Con los Ferrante no te habría faltado nada.
—A cambio de mi libertad y la de mi madre —respondió Micaela, acercándose a él con una mirada de fuego—. Alexander, no quiero que este hombre pase un segundo más en nuestra casa. No quiero su dinero, y definitivamente no quiero su apellido.
Alexander asintió y miró a Héctor con un desprecio infinito. —Tienes dos opciones, Vanzetti. Puedes firmar esta renuncia irrevocable a cualquier derecho sobre las tierras del norte y desaparecer de este país antes de que amanezca... o puedo entregarle estos documentos al fiscal que está ansioso por reabrir los casos de extorsión de los Ferrante. Usted terminaría en una celda con los peores enemigos que Julián dejó vivos.
Héctor miró el bolígrafo y luego a Alexander. Sabía que el CEO Rossi no estaba bromeando. Con la mano temblando, firmó el documento.
—Lárgate —ordenó Alexander—. Y si alguna vez vuelves a acercarte a Micaela o a mis hijos, no habrá abogados ni fiscales. Seré yo quien me encargue de que nunca vuelvan a encontrarte.
Héctor salió del despacho casi corriendo, escoltado por Luciano. Micaela se dejó caer en los brazos de Alexander, ocultando su rostro en su pecho. Él la envolvió con fuerza, protegiéndola del dolor de su pasado.
—Ya se fue, mi reina —susurró Alexander—. El último lobo ha sido desterrado. Ahora el norte es tuyo, y tú eres mía. Nadie más podrá reclamar nada que te pertenezca.
Micaela levantó la mirada y lo besó con una pasión desesperada. —Gracias, Alexander. Por ser el hombre que mi madre siempre esperó que encontrara.
Alexander la cargó en sus brazos y la llevó hacia la ventana, mirando hacia el horizonte donde sus imperios se unían. —Esto es solo el comienzo, Micaela Rossi.