Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
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capítulo 21
Mikhail no se acercó con dulzura. Su naturaleza, forjada en el acero de la disciplina militar y la frialdad de la estepa, no sabía de sutilezas cuando el deseo finalmente rompía su dique. Tomó a Susana por las muñecas con una firmeza que no admitía réplica, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra la pared de hormigón bruto de la cabaña.
—Dijiste que no querías más secretos, Susana —susurró Mikhail, su voz era un barítono cargado de una posesividad que hacía vibrar el aire—. Dijiste que querías arder. Pues prepárate, porque no voy a dejar ni un rastro de lo que fuiste antes de este momento.
Susana no retrocedió mentalmente. Sus ojos cafés, encendidos por el desafío y el hambre, se clavaron en los de él. En lugar de soltarse, arqueó la espalda, ofreciéndole su cuello, su vulnerabilidad y su fuego.
—Entonces hazlo, Volkov —desafió ella, su respiración ya agitada—. Muéstrame que eres algo más que un informe de inteligencia.
Mikhail soltó un gruñido animal y la besó. No fue un beso de despedida ni de consuelo; fue una invasión. Sus labios reclamaron los de ella con un hambre que sabía a sal y a meses de abstinencia forzada. Susana respondió con la misma moneda, enredando sus dedos en el cabello castaño de Mikhail, tirando de él con una desesperación que buscaba anclarse en la realidad de su piel.
Sensaciones y Ataduras
Con una destreza que recordaba su formación técnica, Mikhail utilizó una de las cuerdas de paracaídas que formaban parte del equipo de supervivencia. No era un acto de crueldad, sino una materialización de la entrega absoluta que ambos buscaban. Con movimientos rápidos y seguros, inmovilizó las manos de Susana por encima de su cabeza, asegurándolas a una viga de madera que sobresalía de la pared.
Susana soltó un jadeo agudo cuando sintió la restricción. La sensación del nylon frío contra sus muñecas contrastaba violentamente con el calor abrasador que emanaba del cuerpo de Mikhail. Estaba a su merced, despojada de su capacidad de lucha física, pero su espíritu nunca había sido más libre.
—Mírame —ordenó Mikhail, su mano bajando por el costado de ella, marcando cada costilla, cada curva, como si estuviera trazando un mapa de un territorio recién conquistado.
Él bajó la cabeza y mordió la unión entre su cuello y su hombro. Susana soltó un gemido que terminó en un suspiro entrecortado. El dolor leve de la mordida se transformó instantáneamente en un placer eléctrico que recorrió su columna vertebral. Ella respondió hundiendo sus uñas en los hombros de Mikhail, dejando rastros rojos sobre su piel bronceada por el sol de la isla. Los arañazos eran su firma, su forma de decirle que, aunque estuviera atada, ella también lo estaba reclamando a él.
El Incendio de los Sentidos
La cabaña se llenó del sonido de sus respiraciones entrecortadas y el roce de la ropa siendo descartada. Mikhail la tomó con una intensidad que bordeaba lo salvaje. Sus besos bajaron por su pecho, marcando su territorio con una posesividad que buscaba borrar cualquier rastro de Viktor, de la base, del mundo entero.
Cada vez que Susana intentaba moverse, la cuerda le recordaba su posición, intensificando la sensación de entrega. Mikhail se deleitaba en su reacción, en la forma en que su cuerpo vibraba bajo su tacto, en los jadeos que escapaban de sus labios cada vez que él encontraba un nuevo punto de sensibilidad.
—Eres mía, Susana —repetía él contra su piel, una letanía que no era una orden, sino una verdad absoluta en ese rincón olvidado del mundo—. Aquí no hay generales, no hay países. Solo este momento. Solo nosotros.
La acción entre ambos fue una coreografía de fuerza y vulnerabilidad. Mikhail la dominaba con una positividad que sacaba a relucir su lado más oscuro, pero Susana no era una víctima; era su cómplice. Ella buscaba esa intensidad, ese control que solo un hombre como él podía ejercer. Las sensaciones eran abrumadoras: el olor a lluvia y ozono, el sabor metálico del deseo, el roce áspero de la cuerda y la suavidad de la piel de Mikhail contra la suya.
El Clímax del Exilio
Cuando finalmente alcanzaron el punto de no retorno, el mundo exterior desapareció por completo. No había tormenta, no había isla, no había pasado. Solo existía el latido compartido de dos corazones que habían encontrado su ritmo en medio del caos.
Mikhail la liberó de sus ataduras justo en el momento final, permitiendo que ella se aferrara a él con todas sus fuerzas. Susana lo abrazó como si temiera que, al soltarlo, él se desvaneciera en la niebla del Báltico. Se quedaron entrelazados en el suelo de madera, con la respiración pesada y el sudor enfriándose sobre sus cuerpos, mientras el trueno retumbaba en la distancia.
En el silencio que siguió, Mikhail le apartó un mechón de cabello borgoña del rostro húmedo. Sus ojos azules, antes gélidos, ahora reflejaban una ternura que solo ella conocía.
—Ojo por ojo, Susana —susurró él, recordando sus palabras en la base—. Pero en esta isla, el precio ha sido nuestras almas.
Susana sonrió débilmente, apoyando la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón.
—Vale la pena, Mikhail. Cada segundo de este infierno ha valido la pena por este momento de verdad.
La radio de onda corta, en un rincón de la cabaña, comenzó a emitir un pitido rítmico. Una señal. Una orden. Pero ninguno de los dos se movió. Por esa noche, el mundo podía esperar. En la Isla San Judas, el fuego finalmente había consumido al hielo, y lo que quedaba entre las cenizas era algo que ninguna agencia de inteligencia podría jamás clasificar.