Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 23: Preguntar también es un acto de valentía
Elian pasó la mañana inquieto.
No era ansiedad como antes, esa que apretaba el pecho y le hacía vigilar cada sonido. Era otra cosa. Una sensación nueva que le recorría el cuerpo como cosquillas incómodas.
Curiosidad.
Desde la conversación con Maelis, algo se había acomodado dentro de él. No del todo, pero lo suficiente como para darse cuenta de cuántas cosas no entendía… y de que ahora tenía permiso para querer entenderlas.
Eso lo asustaba un poco.
Por la tarde, encontró a Kael en la biblioteca menor, revisando mapas y documentos. Dudó en entrar. Dio un paso atrás. Luego recordó las palabras de Maelis:
Tu derecho es preguntar.
Respiró hondo.
—¿Puedo pasar? —dijo desde la puerta.
Kael alzó la vista de inmediato.
—Claro.
Elian avanzó despacio y se quedó de pie, sin sentarse. Jugaba con el borde de la manga de su ropa, una costumbre que aparecía cuando algo le inquietaba de verdad.
Kael cerró el libro.
—¿Qué ocurre?
Elian abrió la boca… y la cerró.
—Es una pregunta —dijo al fin—. Pero es… incómoda.
Kael no sonrió. No hizo bromas para aliviar la tensión.
—Entonces tómate tu tiempo —respondió—. No hay prisa.
Elian respiró hondo.
—Maelis dijo que los instintos no son órdenes —empezó—. Que sentir no obliga a actuar.
Kael asintió.
—Es correcto.
Elian levantó la mirada.
—Entonces… —tragó saliva—. Cuando usted se tensa al verme hablar con otros… ¿eso es un instinto?
La pregunta cayó limpia. Directa. Valiente.
Kael sintió el golpe como una flecha en el pecho.
Durante un segundo, pensó en esquivarla. En responder algo neutro. Pero se detuvo.
No, se dijo. Esto es exactamente lo que no debo hacer.
—Sí —respondió con honestidad—. Es un instinto.
Elian no se apartó.
—¿Es… algo malo?
Kael negó lentamente.
—No es malo sentirlo —dijo—. Sería malo dejar que decida por mí.
Elian asintió, procesando.
—No quiero… —dijo con cuidado—. No quiero que se sienta mal por eso. Solo… quería entender.
Kael lo observó con atención nueva.
—Gracias por preguntarlo —respondió—. No todos se atreven a hacerlo.
Elian dudó un segundo más… y siguió.
—Entonces… ¿le molesta que yo… confíe en otros también?
Ahí estaba.
La raíz.
Kael inhaló despacio.
—Una parte de mí —admitió— siente celos. Porque me importas. Y eso es algo que estoy aprendiendo a manejar.
Elian no se tensó. No se encogió.
—Pero —continuó Kael— eso no me da derecho a limitarte. Tu confianza no me pertenece.
Elian sintió un calor extraño en el pecho.
—Gracias —dijo—. Tenía miedo de que… si me sentía bien con otros… usted se iría.
Kael negó con firmeza.
—No —respondió—. Si algún día me voy, no será porque tú creciste.
Elian dejó escapar el aire.
—Entonces… —dudó—. ¿Está bien si sigo hablando con Maelis? A veces me siento más libre preguntándole ciertas cosas.
Kael sintió la punzada.
Ahí estaba el límite.
Y lo respetó.
—Está bien —dijo—. Y es sano.
Elian lo miró, sorprendido.
—¿De verdad?
—Sí —respondió—. Porque aprender a no ser el único lugar seguro también es parte de cuidarte.
Elian sonrió.
Una sonrisa tranquila, firme.
—Entonces… —añadió—. Yo también quiero decir algo.
Kael lo miró con atención.
—Si alguna vez siento que algo va demasiado rápido… —dijo Elian—. Lo diré. Aunque tenga miedo de decepcionarlo.
Kael sostuvo su mirada.
—Eso es un límite —respondió—. Y es uno muy importante.
Elian asintió.
Por primera vez, no sintió culpa al decirlo.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue sólido.
Cuando Elian se fue, Kael se quedó solo en la biblioteca, con el corazón latiendo demasiado fuerte.
No por celos.
Por respeto.
Porque entendió que amar a alguien así significaba aceptar que no eras el centro, sino un apoyo más en su mundo.
Y esa noche, cuando Kael entró a su habitación, encontró la cama vacía.
Pero sobre la silla… estaba la prenda doblada.
Elian no la había llevado.
Había elegido dormir solo.
Kael se quedó mirándola un largo rato.
Sonrió.
No con tristeza.
Con orgullo.