Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 8
A la mañana siguiente me despertó un golpe seco en la puerta.
—Señora, el señor Moretti la espera para desayunar.
La voz de Carmina sonó al otro lado con ese tono nervioso que ya comenzaba a reconocer. Me incorporé en la cama con los ojos aún pegados, mirando la luz que se filtraba por las cortinas como si fuera una acusación.
—No tengo hambre —respondí, con la voz ronca.
—Señora, por favor… —Carmina hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro—. Dice que si no baja voluntariamente, enviará a alguien a buscarla.
Resoplé y me dejé caer sobre la almohada.
Que enviara a quien quisiera. No iba a moverme. No iba a darle ese gusto. No iba a sentarme a desayunar con él como si fuéramos una pareja normal, como si no me hubiera obligado a estar allí, como si no me hubiera mirado la noche anterior con esos ojos que parecían leer cada uno de mis secretos.
Pero media hora después, supe que no estaba bromeando.
—Lo siento, señora —dijo Carmina mientras dos hombres de traje oscuro entraban en mi habitación con expresiones de piedra—. Son órdenes del jefe.
No me arrastraron, para ser justos. Pero estuvieron cerca. Me escoltaron por los pasillos con una firmeza que no dejaba lugar a dudas: si me negaba a caminar, caminarían por mí. Bajé las escaleras con la cabeza en alto y la mandíbula apretada, jurando en silencio que Alessandro Moretti iba a pagar cada segundo de aquella humillación.
Cuando entré en el comedor, él ya estaba sentado.
El mismo lugar de la noche anterior. El extremo de la mesa larga, con el periódico desplegado a un lado y una taza de café humeando entre sus manos. Me miró por encima del borde de la taza con una calma que me hizo hervir la sangre.
—Siéntate —dijo, como si nada hubiera pasado.
Me senté.
No porque quisiera. Porque sabía que si me negaba, los dos hombres que me habían escoltado seguirían allí, esperando. Y no iba a darle el espectáculo.
El desayuno llegó casi de inmediato. Platos con frutas, huevos, pan recién horneado, jugos de colores que no me apetecían. Todo estaba dispuesto con una precisión que solo podía significar que alguien había estado preparándose desde antes de que yo abriera los ojos.
Comí en silencio los primeros minutos, masticando cada bocado como si fuera una afrenta. Alessandro, a mi lado, hacía lo mismo con una parsimonia que me sacaba de quicio. No me miraba. No me hablaba. Actuaba como si mi presencia a su mesa fuera lo más natural del mundo.
Hasta que habló.
—¿Este desayuno es de tu agrado? —preguntó, sin levantar la vista del periódico.
Dejé el tenedor sobre la mesa con un golpe seco.
—Sí —respondí, y la palabra salió más cortante de lo que pretendía—. Lo que no es de mi agrado es que me trajeras arrastrando.
Alessandro bajó el periódico con una lentitud deliberada. Sus ojos oscuros se fijaron en los míos, y en ellos vi algo que podría haber sido diversión. O quizás era solo la certeza de que yo estaba exactamente donde él quería que estuviera.
—Bueno —dijo, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos—, eso fue porque te di una orden y te negaste a seguirla. Tú debes hacer lo que yo quiero.
Mis dedos se apretaron alrededor del tenedor.
—Yo… —respiré hondo, midiendo cada palabra— no soy alguien que obedezca, querido esposo.
La ironía en mi voz fue deliberada. Un desafío disfrazado de cortesía. Sus ojos se entrecerraron apenas lo suficiente para que notara que había captado el mensaje.
—Así que tendrás que acostumbrarte —exclamé, levantando la barbilla.
Por un instante, el silencio se tensó entre nosotros.
Alessandro inclinó la cabeza con una lentitud que me recordó a un depredador evaluando a su presa. No parecía enfadado. No parecía sorprendido. Solo… interesado. Como si cada palabra que salía de mi boca fuera un dato que archivaba en alguna parte de su mente.
—Entonces —dijo finalmente, con una calma que me heló más que cualquier grito— tú también tendrás que acostumbrarte a que te arrastren.
—¡No te soporto!
La frase escapó de mis labios antes de que pudiera contenerla. Me levanté de un salto, derribando la silla con un estrépito que resonó en el comedor vacío. El tenedor voló de mi mano y fue a estrellarse contra la pared con un tintineo metálico que pareció prolongarse en el silencio.
Alessandro no se inmutó.
No se movió. No parpadeó. Solo me observó con esa calma exasperante que me hacía sentir como una niña haciendo una pataleta.
Me di la vuelta y salí del comedor con pasos rápidos, sintiendo su mirada clavada en mi espalda hasta que crucé la puerta. Subí las escaleras casi corriendo, con el corazón latiéndome en las sienes y las manos aún temblorosas de furia.
Cuando llegué a mi habitación, cerré la puerta de un portazo.
Me quedé allí, con la espalda apoyada contra la madera, respirando con dificultad.
Idiota. Idiota. Idiota.
¿Por qué le había gritado? ¿Por qué había tirado el tenedor? ¿Acaso había perdido el poco sentido de supervivencia que me quedaba?
Pero no podía evitarlo. Cada vez que estaba frente a él, algo en mí se rebelaba. Algo que se negaba a bajar la cabeza, a aceptar las órdenes, a convertirse en otra sumisa más en la larga lista de personas que hacían lo que Alessandro Moretti decía.
Quizás era porque ya había pasado demasiado tiempo obedeciendo. A mi padre. A mi madre. A mi hermana. A todos los que decidían por mí sin preguntarme nunca qué quería.
Y no iba a añadir a Alessandro a esa lista.
Aunque me matara.
Pasaron las horas. Una. Dos. Tres.
El sol se fue desplazando por el cielo, y yo seguía en mi habitación, dando vueltas como un animal enjaulado.
Me senté en la cama. Me levanté. Me asomé a la ventana. Me senté de nuevo. Cogí un libro de la mesita, lo abrí por la página del medio, leí tres líneas y lo cerré.
Me aburría.
No, peor que eso. Me estaba volviendo loca.
No estaba acostumbrada a no hacer nada. En mi vida anterior —la de verdad, la que no era esta farsa— trabajaba doce horas al día. Tenía horarios, rutinas, obligaciones. Cansancio. Al menos eso. Al menos algo que me impidiera pensar.
Ahora no tenía nada.
Solo el silencio de una mansión que no era mi hogar, las paredes de una habitación que no era mi cuarto, y el eco de una pelea estúpida que no había servido para nada.
Me levanté de nuevo.
Si no podía salir de la mansión, al menos podría recorrerla. Conocer sus rincones, sus pasillos, sus secretos. Algo que hacer. Algo que no fuera quedarme encerrada esperando a que alguien decidiera por mí.
Abrí la puerta con cautela.
El pasillo estaba vacío. Demasiado vacío.
Di unos pasos, y entonces lo noté.
Una sombra que se movía al final del corredor. Un perfil que se apartaba demasiado rápido cuando giraba la cabeza.
Seguí caminando. Bajé las escaleras. Cruce el vestíbulo. Y cada vez que me detenía para mirar, encontraba a alguien que fingía estar ocupado en otra cosa. Un jardinero que podaba un arbusto que ya estaba perfectamente podado. Un sirviente que limpiaba la misma ventana por tercera vez. Un hombre de traje oscuro que aparecía en los extremos de los pasillos con la discreción de un cuchillo en una mesa de postres.
Me estaban vigilando.
No era para mi seguridad. Lo sabía. En esa mansión, la seguridad no se notaba; se ocultaba, se camuflaba, se hacía invisible. Esto era otra cosa.
Esto era control.
Alessandro tenía miedo de que huyera. O quizás no miedo. Quizás era solo precaución. La misma precisión con la que organizaba sus negocios, con la que movía sus fichas, con la que respiraba.
No quería que escapara. Necesitaba que me quedara. Por el pacto. Por las apariencias. Por la maldita diplomacia que mi padre y él habían sellado con las palabras que yo pronuncié en un altar que nunca debió ser mío.
Seguí caminando, fingiendo que no veía a mis sombras. Llegué al jardín trasero, un espacio verde y cuidado que se extendía hasta un bosque que se perdía en la distancia. Me senté en un banco de piedra, con los brazos cruzados y la mirada fija en los árboles.
Quién lo diría.