Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16: El precio de la verdad
Viollet
El Consejo Real se extendió durante tres días.
Tres días de confesiones arrancadas a la fuerza, de nombres que salían a la luz como cucarachas huyendo de la lumbre, de nobles que se acusaban unos a otros en un intento desesperado de salvar sus propios cuellos. El rey Emilio presidía las sesiones con una expresión de granito, pero yo había aprendido a leer los pequeños gestos que delataban su cansancio: el modo en que se frotaba los párpados cuando creía que nadie miraba, la forma en que sus dedos tamborileaban sobre el reposabrazos del trono, la tensión de su mandíbula cuando un nombre conocido salía a relucir.
Nosotros estábamos presentes en cada sesión. Rubén a mi lado, con su costado aún vendado pero su presencia tan imponente como siempre. Los nobles nos miraban con respeto, pero también con miedo. Sabían que teníamos el poder de hundirlos. Sabían que habíamos matado a un conde. Sabían que no nos detendríamos ante nada.
—Conde Orth —dijo el rey al tercer día, desde su trono—. Ha sido acusado de traición, de conspiración contra la corona, de asesinato en segundo grado. ¿Tiene algo que decir antes de que se dicte sentencia?
El viejo Orth estaba de pie en el centro de la sala, con las muñecas esposadas y el rostro desencajado. Sus ropas, antes impecables, colgaban de su cuerpo como harapos. Había envejecido diez años en tres días.
—Majestad —dijo, y su voz era un hilo—. He servido a su padre. He servido a usted. Cuarenta años de lealtad no pueden borrarse por las palabras de una mujer que…
—¿Que qué? —lo interrumpió el rey, y su voz era un latigazo— ¿Que ha traído las pruebas que usted mismo creyó haber destruido? ¿Que ha expuesto las mentiras que usted alimentó durante décadas? ¿Que ha tenido el valor que usted nunca tuvo?
Orth enmudeció. Sus ojos recorrieron la sala, buscando aliados, pero los asientos a su alrededor estaban vacíos. Los que habían compartido su conspiración estaban en las mazmorras, o habían huido, o habían muerto.
—Merezco la muerte —dijo al fin, con la voz rota—. Pero le ruego, majestad, que sea rápida. Y que no castigue a mi familia. Ellos no sabían nada.
El rey lo miró largo rato. Luego, lentamente, negó con la cabeza.
—No le daré la muerte, Orth. Sería demasiado fácil. Le condeno a cadena perpetua en las minas del norte. Sus tierras serán confiscadas por la corona. Su título, abolido. Su familia, desterrada. Que sus hijos y los hijos de sus hijos recuerden siempre el precio de la traición.
Orth cayó de rodillas, con lágrimas rodando por sus mejillas arrugadas. Los guardias lo levantaron y lo arrastraron fuera de la sala, y yo no pude sentir lástima por él. La lástima era un lujo que no podía permitirme.
No cuando aún quedaba tanto por hacer.
---
Esa noche, en la intimidad de nuestros aposentos, Rubén me encontró mirando por la ventana hacia los jardines oscuros.
—Estás pensando en Grecia —dijo, sentándose a mi lado en el alféizar.
—Siempre estoy pensando en Grecia —respondí, sin apartar la vista de las sombras—. En dónde estará. En qué estará tramando. En cómo va a volver para destruir todo lo que hemos construido.
—O puede que no vuelva. Puede que haya huido para siempre, que sepa que ha perdido.
—Tú no conoces a Grecia. No sabe perder. No sabe rendirse. Es como mi padre, pero peor. Porque mi padre tenía miedo. Grecia no. Grecia es puro veneno, y los venenos no desaparecen. Solo esperan.
Rubén me tomó la mano y la apretó.
—Entonces la esperaremos. Y cuando llegue, estaremos listos.
Me volví hacia él, y en la penumbra de la habitación, sus ojos grises brillaban como estrellas.
—¿Cómo puedes ser tan optimista? —pregunté—. Acabas de sobrevivir a una puñalada, tu hermano está en las mazmorras, el reino está en crisis, y tú hablas de esperar como si fuéramos a pasar las vacaciones en la playa.
—Porque tengo algo que nunca tuve antes —respondió, y sus dedos acariciaron mi mejilla—. Tengo un motivo para ser optimista. Te tengo a ti.
Le besé, y el beso fue suave, casi tímido, como si aún no nos hubiéramos acostumbrado a la intimidad de estar solos. Pero cuando sus manos descendieron por mi espalda y me atrajeron contra él, la timidez se disolvió en algo más profundo, más urgente.
—La herida —dije, apartándome apenas—. No quiero hacerte daño.
—Me haces más daño cuando te apartas —respondió, y en su voz había una vulnerabilidad que me desarmó.
Le ayudé a desabrocharse la camisa, con cuidado de no tocar el vendaje que aún cubría su costado. Las marcas de las quemaduras de la cueva empezaban a cicatrizar, formando una red de líneas rosadas sobre su piel morena. Las recorrí con la punta de los dedos, sintiendo la textura de la carne nueva.
—Cicatrices de guerra —dijo él, con una sonrisa que pretendía ser ligera.
—Cicatrices de nuestro amor —corregí, y vi cómo sus ojos se oscurecían.
Me desnudó con una lentitud que era una caricia en sí misma, y cuando por fin estuvimos desnudos frente a la ventana abierta, con la brisa nocturna acariciando nuestra piel, me tomó en sus brazos y me llevó a la cama.
Hicimos el amor despacio, con la conciencia de que la vida era frágil y que cada momento juntos era un milagro. Él decía mi nombre entre susurros, y yo decía el suyo como una oración, y cuando el placer nos alcanzó a los dos, fue como si el mundo entero se detuviera para contemplarnos.
Después, mientras él dormía a mi lado con un brazo sobre mi vientre, yo no podía cerrar los ojos. Algo me inquietaba. Algo que no lograba identificar.
Y entonces lo oí.
Un golpe. Suave, casi imperceptible. Como si alguien hubiera dejado caer un objeto en la habitación contigua.
Me incorporé con cuidado, sin despertar a Rubén, y tomé la daga que siempre tenía bajo la almohada. Mis pies descalzos no hicieron ruido sobre la alfombra mientras me dirigía hacia la puerta que comunicaba con el salón.
La abrí con un movimiento rápido, con la daga en alto.
Y me encontré con Mira.
—¡Señorita! —jadeó mi doncella, con los ojos abiertos de par en par y las manos temblorosas—. Lo siento, no quería asustarla, pero…
—¿Pero qué? —pregunté, bajando la daga.
—Hay alguien abajo. En la puerta de servicio. Dice que tiene información sobre su hermana. Dice que sabe dónde está Grecia.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Quién es?
—No quiso decir su nombre. Pero tiene una carta para usted. Dice que la lea antes de decidir si recibirlo o no.
Mira me tendió un pergamino doblado y sellado con lacre negro. Rompí el sello con dedos que no querían temblar y leí:
“Duquesa Dubrey: Soy la única persona que puede llevarla hasta su hermana. Pero no lo haré gratis. Le pido una audiencia privada. Esta noche. En la puerta de servicio. Venga sola, o no le diré nada. —Un amigo.”
—No vas a ir sola —dijo la voz de Rubén a mi espalda.
Me volví. Estaba en el umbral de la habitación, con los pantalones puestos y la espada en la mano. Su rostro era una máscara de determinación.
—La carta dice que vaya sola —respondí.
—Las cartas mienten. Como las personas.
—Lo sé. Por eso voy a ir. Pero no voy a ser tan ingenua como para ir desarmada.
Rubén me miró largo rato. Luego, con un suspiro, negó con la cabeza.
—No puedo impedírtelo, ¿verdad?
—No.
—Entonces al menos déjame esconderme cerca. Por si acaso.
Asentí. Era lo mejor que podía ofrecerme.
---
La puerta de servicio daba a un callejón oscuro, flanqueado por dos faroles que apenas proyectaban luz. La luna estaba oculta tras las nubes, y el viento soplaba con un frío que calaba los huesos.
Me envolví en la capa que Mira me había traído y esperé, con la daga escondida en la manga y el corazón latiendo con fuerza.
No tuve que esperar mucho.
Una figura emergió de las sombras: alta, delgada, vestida con harapos que apenas la protegían del frío. Cuando se acercó lo suficiente, vi su rostro.
Y casi grité.
—¿Tú? —susurré, dando un paso atrás.
—Yo —respondió Emill Dubrey, con una sonrisa que era pura amargura—. ¿Quién si no, cuñada?
Mi mano encontró la daga en mi manga.
—Deberías estar en las mazmorras.
—Debería. Pero tengo amigos que aún me deben favores. Y tengo información que tú necesitas.
—¿Qué información?
Emill se acercó un paso más, y yo retrocedí otro. La daga ya estaba en mi mano, aunque aún oculta por la capa.
—Grecia está en el puerto de Varins. Se va a embarcar hacia las islas del sur dentro de dos días. Si quieres atraparla, tienes que ir ahora.
—¿Por qué me ayudas? —pregunté, sin bajar la guardia—. Tú conspiraste contra tu hermano. Tú quisiste matarlo.
—Quise —admitió Emill, y en sus ojos color avellana vi algo que no esperaba: remordimiento—. Pero las cosas cambiaron. Cuando el rey me arrestó, cuando vi que Orth caía, cuando supe que mi hermano había estado a punto de morir… me di cuenta de que había sido un estúpido. Un estúpido y un cobarde.
—No voy a creerte.
—No necesitas creerme. Solo necesitas saber que Grecia está en Varins. Y que si no vas ahora, escapará para siempre.
Lo observé largo rato, buscando la mentira en sus ojos. Pero no la encontré. Solo vi cansancio. Un cansancio tan profundo como el mío.
—Si esto es una trampa —dije—, juro por los dioses que te arrancaré la piel tira a tira.
—No es una trampa —respondió Emill—. Es la única oportunidad de redención que me queda. No quiero que la sangre de mi hermano caiga sobre mí. Ya bastante tengo con la conciencia.
Bajé la daga, aunque no la guardé.
—Vete —dije—. Vete antes de que cambie de opinión y te entregue a los guardias.
Emill asintió y se retiró a las sombras. Cuando desapareció, Rubén salió de su escondite y se colocó a mi lado.
—¿Era él? —preguntó, aunque ya lo sabía.
—Sí. Dice que Grecia está en Varins. Que se va a embarcar dentro de dos días.
—¿Y le crees?
—No lo sé. Pero no podemos arriesgarnos a que sea verdad.
Rubén me tomó de la mano.
—Entonces iremos a Varins. Esta noche.
—¿Esta noche? ¿Y tu herida?
—Mi herida puede esperar. Grecia, no.
Lo miré, y en sus ojos vi la misma determinación que había visto cuando se interpuso entre la daga de mi padre y mi corazón.
—Está bien —dije—. Vamos a Varins.
---
Rubén
Cabalgamos toda la noche.
El camino a Varins era peligroso, bordeado de acantilados y bosques donde acechaban bandidos. Pero mis hombres conocían la ruta, y Lars iba al frente con la antorcha en alto, iluminando el camino.
Viollet cabalgaba a mi lado, con el cabello blanco recogido en una trenza apretada y la daga al cinto. No hablaba. No hacía falta. La tensión en sus hombros, la rigidez de su espalda, el modo en que apretaba las riendas con los nudillos blancos, todo decía lo que sus labios callaban.
Llegamos a Varins al amanecer, con el sol asomando entre las montañas y el olor a sal y a pescado llenándolo todo. El puerto era un hervidero de actividad: pescadores que descargaban sus redes, comerciantes que negociaban sus mercancías, mujeres que vendían pan y fruta en los puestos callejeros.
Y en medio de todo ello, atracado en el muelle principal, un barco de dos mástiles con las velas desplegadas y la tripulación preparando la partida.
—Ese es el barco —dijo Lars, señalando con el dedo—. El Albatros. Sale con la marea alta, dentro de unas horas.
—¿Grecia está a bordo? —pregunté.
—Mis espías dicen que sí. Y que lleva consigo un cofre lleno de oro. El que robó de la fortaleza de Orth antes de huir.
Viollet desmontó de su caballo con un movimiento ágil.
—Voy a buscarla.
—No sola —dije, desmontando también.
—Rubén…
—No sola —repetí, y en mi voz no había espacio para discusiones.
Me miró, y por un instante vi la lucha en sus ojos: el deseo de proteger, el miedo a que me lastimaran, la necesidad de hacerlo sola. Pero luego asintió.
—Juntos —dijo.
—Juntos.
Dejamos a los hombres en la posada más cercana y nos dirigimos al puerto con paso decidido. La multitud nos rodeaba, pero nadie nos miraba dos veces. Con nuestras capas y nuestros rostros cubiertos, éramos solo dos viajeros más en una ciudad de paso.
El Albatros era más grande de lo que parecía desde lejos. Su casco era de madera oscura, con el nombre grabado en letras doradas sobre la proa. La tripulación subía y bajaba por la pasarela, cargando cajas y barriles.
—¿Cómo vamos a entrar? —pregunté.
Viollet sonrió, y esa sonrisa era la de una mujer que siempre tiene un plan.
—Vamos a comprar dos pasajes para las islas del sur —dijo—. Como cualquier pareja que huye de sus problemas.
—¿Y cuando estemos a bordo?
—Entonces buscaremos a Grecia. Y la sacaremos de allí. Viva o muerta.
Subimos por la pasarela, y un marinero bigotudo nos detuvo.
—¿Adónde van?
—A las islas del sur —respondió Viollet, con una dulzura que no engañaba a nadie—. Dos pasajes.
El marinero nos miró de arriba abajo, evaluando nuestras ropas, nuestras armas, nuestras caras.
—Cien monedas de oro cada uno —dijo.
—Es un robo —intervine.
—Es la guerra. Los precios suben.
Viollet sacó una bolsa de su capa y la dejó caer en la mano del marinero.
—Doscientos —dijo—. Y un camarote privado.
El marinero contó las monedas y asintió.
—El camarote del fondo. Tercera puerta a la derecha. El barco zarpa en una hora. No lleguen tarde.
---
El camarote era pequeño, oscuro y olía a humedad. Pero tenía una cama, una mesa y una ventana que daba al mar. Cerré la puerta con llave y me apoyé en ella, observando a Viollet que ya estaba registrando el armario y debajo de la cama.
—No hay nadie —dijo, incorporándose.
—Aún no. Pero Grecia está aquí. En algún lugar.
—La encontraremos.
—¿Y luego? ¿La matamos? ¿La entregamos al rey? ¿La dejamos escapar una vez más?
Viollet se volvió hacia mí, y en sus ojos violetas vi el cansancio de dos vidas.
—No lo sé —admitió—. Pero sea lo que sea, lo decidiremos juntos.
Me acerqué a ella y la tomé entre mis brazos. Su cuerpo temblaba, aunque no hacía frío.
—Va a salir bien —dije, aunque no lo creía del todo.
—Tiene que salir bien —respondió ella, apoyando la cabeza en mi pecho—. Porque si no, no sé qué haré.
La besé en la coronilla y la apreté contra mí.
—Pase lo que pase, estaré aquí.
—Lo sé —dijo, y por primera vez en todo el día, su voz sonó tranquila—. Lo sé.
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰