Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo IX
El vapor del baño todavía flotaba en el aire cuando Evans salió. Solo llevaba puesta una bata clara, mal ajustada, como si no hubiera tenido tiempo de vestirse del todo. Su cabello aún estaba húmedo, pegado a la frente. No había porte principesco en él en ese momento. No había armadura emocional. Solo un hombre exhausto.
Rubí seguía de pie, cerca de la mesa baja. No apuntaba el arma. Tampoco la había guardado. Simplemente estaba allí, con el cuerpo firme.
Observó a Evans unos segundos antes de hablar.
—Me dirás toda la verdad.
—No pienso engañarte.—suspira mientras toma asiento en el mueble individual—. Moriste la primera vez por mi culpa. Estoy conciente de eso.
Rubí no reaccionó de inmediato. No porque no entendiera, sino porque su mente necesitó un segundo para aceptar que esas palabras ya no pertenecían solo a su memoria.
—Yo rompí el juramento —continuó—. Y con ello, te perdí. El desequilibrio fue inmediato. Norum empezó a desmoronarse desde adentro. Primero llegó la peste escarlata. Una enfermedad que se extendía rápido. Miles murieron. Esa fue la primera fase de la tragedia.
Rubí apretó la mandíbula. No desvió la mirada.
—La segunda fase fue la guerra —prosiguió—. Cuando el imperio quedó debilitado, Blossom atacó. No hubo resistencia suficiente. Norum cayó.
Rubí giró el rostro hacia Evans. Él tenía la cabeza baja. Los hombros tensos. La bata apenas sostenida por sus manos.
—Llegue al templo desesperado. Con el cuerpo sin vida de mí padre. Le suplique al sumo sacerdote que me ayudara.
El silencio se volvió denso. Rubí sintió una punzada en el pecho. No lo había visto así nunca. Ni siquiera cuando enfermó. Esa tristeza no era reciente. Como una herida que nunca cerró. Evans levantó más la vista. Su voz salió baja, rota, pero clara.
—Por tí. Por dejar morir a mi esposa. Ese fue el castigo. Viví de la peor manera por mi egoísmo. No solo yo. Tú… y mi imperio.
Rubí sintió que las fuerzas le abandonaban las piernas. Evans se acercó de inmediato y la hizo sentarse. No pidió permiso. Simplemente lo hizo. Ella no protestó.
—¿Qué fue lo que hiciste…? —preguntó ella al fin—. No. Lo que hicieron, tú y el sumo sacerdote.
Evans respiró hondo.
—Te busqué —dijo—. En todas partes. En líneas que no debían existir. En mundos que no nos pertenecían. Loid, también conocido como sumo sacerdote fue quien me dio la oportunidad. Fue un camino lleno de consecuencias.
Se llevó las manos al nudo de la bata. Dudó un segundo. Luego la abrió y dejó que cayera al suelo.
Rubí contuvo el aliento. Ya lo había visto la primera vez que se desmayó, aún así, no deja de sorprenderle.
El cuerpo de Evans estaba marcado. No con una o dos cicatrices aisladas. Eran muchas. Demasiadas. No necesitaban explicación para entender que cada una había sido un límite cruzado. Su don se fracturó.
—Esto no vino de la guerra —dijo él—. Vino de todas las veces que morí buscándote. Loid me dijo que seguías viva —continuó Evans—. En otro cuerpo. En otro mundo. Crucé cada camino que se me permitió. Me acerqué a la muerte más veces de las que puedo contar. El dolor no tenía medida. La tortura tampoco. Pero no me detuve. Hasta que te encontré. Te habían traicionado y moriste por ello.
Rubí lo miró fijamente.
—Entonces… eras tú.
—Sí. Te encontré rota. Culpándote por todo lo que te pasó en ese lugar. Ibas a morir otra vez. Antes de que sucediera, con la ayuda de Loid y de mi don, regresamos a la línea original. De lo contrario, tu sufrimiento habría continuado.
—Evans… —susurró ella.
Entendía. Más de lo que quería admitir. El peso de lo que él cargó superaba con creces el suyo.
—¿Cuántas veces moriste solo para encontrarme? —preguntó.
Evans bajó la mirada.
—No lo recuerdo.— suspiró agotado. sentando y ocultando su rostro con sus manos.
Rubí cortó el espacio entre ellos, se arrodilla ante él. Tocó cada línea de su cuerpo fracturado. A pesar de estar desnudo y frente a ella, no sentía vergüenza.
—Camuflaste muy bien para que nadie se diera cuenta. A pesar de que el sumo sacerdote vino a verte, aún sigues mal.— dijo tan neutra.
—Estoy muriendo, lo admito. Aún así, contigo, cerca voy sintiéndome mejor.— tocó su cabello negro como el ébano.—. Supongo que me odias. Está bien, lo merezco y más.
—No te vas a morir.— subió su mano en su rostro, lo acaricio pero en su gesto había intenciones oscuras.—. Me preguntó sí...
— ¿Rubí?— antes de darse cuenta, sus labios se tocaron.
Evans la miró tan sorprendido que no supo que hacer. Ni moverse. No obstante, sus labios estaba tibios, suaves, un sentimiento lo atrapó de tal modo que la abraza por un corto tiempo.
—¿Que haces?— preguntó él. A susurró y cerca de su boca.
—Sanandote. No te confundas, Evans. Lo hago para que el imperio no se vaya a la ruina.
Él se ríe con amargura al ver como una grieta se desaparece.
—Ya veo. Creo que un beso funcionará. Me iré mejorando poco a poco.
—No. No es suficiente. Necesito que cada grieta desaparezca. Te necesito fuerte.
Y una vez más, Rubí subió hacia él. Beso sus labios carnosos encima suyo. Un simple gesto no bastará. Mientras más juntos esten, más fuerte se vuelven. Las heridas sanan y el imperio se fortalece.