Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Almuerzo 1
La reunión, que Regina había imaginado breve y precisa… se extendió.
Horas.
Pero no de forma pesada.
Al contrario.
El tiempo pasó casi sin notarlo, entre mapas desplegados sobre la mesa, rutas trazadas con precisión y conversaciones que exigían atención constante.
Nelson Darcy no era un hombre que hablara por hablar.
Cada explicación tenía sentido.
Cada propuesta estaba pensada.
Y Regina lo notó.
No solo era inteligente…
Era meticuloso.
Veía conexiones donde otros verían simples trayectos.
Anticipaba problemas antes de que aparecieran.
Y, en medio de todo eso, hubo algo que llamó aún más su atención.
La forma en que hablaba de su hermana.
No con exageración.
No con dramatismo.
Pero con una claridad tranquila… casi protectora.
Como si su bienestar fuera un hecho incuestionable.
Como si su rol, dentro de todo ese entramado de negocios y responsabilidades, también incluyera cuidarla.
Regina lo escuchó.
Y no comentó nada.
Pero lo registró.
Cuando la conversación parecía acercarse a un punto de cierre, Nelson revisó uno de los documentos y luego levantó la vista.
—Aún quedan algunos aspectos por definir.
Hizo una pequeña pausa.
—Si no tiene inconveniente… podría quedarse a almorzar.
La invitación fue directa.
Natural.
Pero en Regina… provocó algo inesperado.
Un leve… movimiento.
Casi imperceptible.
Un pequeño nervio en el estómago.
Ella parpadeó, sorprendida consigo misma.
No era lógico.
Era solo una extensión de la reunión.
Trabajo.
Nada más.
—Claro —respondió, manteniendo su compostura habitual.
Pero en su mente, algo se activó de inmediato.
[Esto es lo que decían Celeste y Helena.]
Intento respirar.. y recordó.
["¡Es una cita!" quizas por eso, esa sensación en el estomago]
Regina casi suspiró internamente.
[No.. Solo estoy pasando demasiado tiempo con ellas.. no es nada]
Se estaba contagiando esas ideas absurdas.
Románticas.
Innecesarias.
Sacudió levemente ese pensamiento.
No iba a dejarse llevar por eso.
Se levantaron para dirigirse al comedor.
El ambiente seguía siendo tranquilo, profesional.
Hasta que.. Sus manos se rozaron.
Fue un contacto leve.
Accidental.
Pero suficiente.
Regina sintió algo.
Una especie de corriente breve, como un cosquilleo que subió por su piel.
Se detuvo un instante.
Sorprendida.
[Estática.. eso debe ser.. algo que se puede explicar]
Era lo más lógico.
Lo único lógico.
Pero aun así… lo miró.
Con una ligera sorpresa que no alcanzó a ocultar del todo.
Nelson, en cambio, no pareció notar nada fuera de lo común.
Aunque sí notó su expresión.
Y sonrió apenas.
No de forma burlona.
Sino… curioso.
—¿Está todo bien? —preguntó.
Su voz fue tranquila.
Regina parpadeó, volviendo completamente a sí misma.
—Sí.. Todo bien.
Pero por dentro…
Se obligó a ordenar sus pensamientos.
No era nada.
Un simple roce.
Una reacción física sin importancia.
Nada que analizar.
Nada que interpretar.
Continuaron caminando hacia el comedor.
Y Regina, con paso firme, volvió a centrarse.
En el trabajo.
En la conversación pendiente.
En lo que realmente importaba.
Porque no iba a permitir que algo tan mínimo…
La distrajera.
No ahora.
No cuando todo lo que había construido dependía de su claridad.
Y sin embargo…
Muy en el fondo, en un lugar que no quiso mirar demasiado…
Quedó esa pequeña sensación.
Breve.
Inexplicable.
Que, aunque intentó ignorar…
No desapareció del todo.
El almuerzo fue, en un inicio, exactamente como Regina esperaba.
Ordenado.
Funcional.
Productivo.
La mesa estaba dispuesta con elegancia sobria, sin excesos, y los platos se sirvieron con precisión casi silenciosa. No había distracciones externas.
Solo conversación.
—Deberíamos coordinar las próximas reuniones con antelación —dijo Nelson, apoyando ligeramente los dedos sobre la mesa.
Regina asintió.
—Y mantener comunicación constante… por cartas.. Así evitamos retrasos innecesarios entre rutas.
—Coincido.
Hablaron de rutas comerciales.
De tiempos de traslado.
De ajustes en los acuerdos ahora que ciertos movimientos cambiarían con el reciente matrimonio.
Todo fluía.
Natural.
Profesional.
Regina estaba en su elemento.
Segura.
Clara.
Precisa.
Pero en algún punto…
Algo cambió.
Fue pequeño.
Casi imperceptible.
Nelson levantó la mirada mientras ella hablaba… y la luz del mediodía entró por uno de los ventanales, alcanzando directamente sus ojos.
Ámbar.
Pero no solo eso.
Había un matiz distinto…
Casi dorado.
Casi amarillo, dependiendo del ángulo.
Regina se detuvo.
No en sus palabras.
Sino en su atención.
Se quedó mirando.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Y por primera vez desde que había comenzado a trabajar en el ducado…
Se distrajo.
Por algo tan… simple.
Tan irrelevante.
Y aun así…
No apartó la mirada.
Nelson lo notó.
Por supuesto que lo notó.
Su expresión cambió apenas.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
No exagerada.
Pero sí… con un toque distinto.
Casi coqueto.
Casi divertido.
Porque había visto el cambio.
Había pasado de una mujer que hablaba con seguridad impecable sobre negocios… a alguien que, de pronto, lo miraba en silencio.
Sin decir nada.
Solo… mirando.
—Lady Sallow… —dijo suavemente.
Pero ella no reaccionó de inmediato.
Seguía ahí.
Observando.
Como si intentara entender algo que no terminaba de encajar.
Entonces él extendió la mano.
Y la tocó ligeramente.
Un gesto suave.
Suficiente para traerla de vuelta.
Regina parpadeó.
Como si despertara.
Y de inmediato… entendió.
Lo que había hecho.
El silencio.
La mirada.
La distracción.
Sintió el calor subir a sus mejillas.
Algo que no le ocurría.
No así.
—Lo siento.. Me distraje.
Su voz seguía siendo controlada.
Pero había un matiz nuevo.
Vergüenza.
Leve.
Pero real.
Nelson retiró la mano con naturalidad.
Su expresión seguía siendo tranquila… aunque su mirada conservaba ese leve brillo curioso.
—No es grave —respondió.
Y no lo era.
Pero Regina… no estaba acostumbrada a eso.
A perder el control, aunque fuera por un segundo.
A distraerse con algo que no tenía nada que ver con su objetivo.
Enderezó ligeramente la postura.
Tomó aire.
Y volvió.
—Como decía… las rutas del sur podrían optimizarse si ajustamos los tiempos de salida.
Su voz volvió a ser firme.
Segura.
Profesional.
Como siempre.
Pero por dentro…
Algo no estaba exactamente igual.
Porque, aunque recuperó el control…
No pudo ignorar un hecho simple.
Había fallado en su propia regla.
Se había distraído.
Y no por cansancio.
No por error.
Sino por él.
Y eso…
No le gustó.
No porque fuera grave.
Sino porque no encajaba con la versión de sí misma que había construido.
La que no se desviaba.
La que no se dejaba llevar.
La que siempre priorizaba.
Apretó suavemente los dedos sobre la mesa, casi imperceptible.
Y se reafirmó.
Esto no significaba nada.
No cambiaría nada.
Era solo un momento.
Un descuido.
Nada más.