Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
Nadia, la mujer que aquel día ocupaba la silla de Recursos Humanos y había humillado a Azalea sin piedad, era madre soltera. Tenía una hija sin haberse casado jamás. No era ese dato lo que le oprimía el pecho a Azalea, sino la ironía.
Rodrigo la había repudiado con el pretexto de que la relación ya no funcionaba, de que era por su propia dignidad, por su futuro. La acusó de ser estéril, la llamó una carga. Y ahora, ese mismo hombre se plantaba frente a ella junto a una mujer que, a todas luces, había dado a luz fuera del matrimonio.
—¿Ahora haces las compras sola? —preguntó Rodrigo con una mueca burlona—. ¿No trabajas hoy? ¿O ya no te necesitan?
Ese tono. El tono despectivo que tantas veces había escuchado. Azalea esbozó una sonrisa delgada. Sus manos siguieron seleccionando productos sin detenerse.
—Vine a comprar porque voy a cocinar —respondió Azalea con serenidad.
Nadia soltó una risita. —¿Cocinar para quién? ¿Para los niños que cuidas?
La mujer de pelo largo le lanzó una mirada despreciativa. —¿Sigues de niñera? Porque, francamente, te arreglas como si fueras la señora de la casa.
Azalea se volvió por completo. Su mirada era recta, tranquila, desprovista de emoción desmedida. —No soy ninguna señora —dijo en voz baja—. Pero sé cómo respetarme a mí misma.
Rodrigo bufó. —¿Respetarte? Si antes vivías a mis expensas.
Azalea inclinó la cabeza con un gesto casi de aceptación. —Sí —contestó con suavidad—. Y justamente ahí fue donde aprendí.
Rodrigo frunció el ceño. —¿Aprendiste qué?
—Aprendí —Azalea tomó un paquete de gelatina y lo depositó en la canasta— que una mujer no debe colgar su vida de un hombre que mide el amor con dinero.
Silencio. Nadia abrió la boca, pero Azalea continuó sin subir la voz.
—Y aprendí —añadió, posando la mirada un instante en Nadia— que el valor de una persona no lo determina un cargo, sino las decisiones que toma en la vida.
El rostro de Nadia se tensó. —No te hagas la santa —espetó—. ¿Te crees mejor que nosotros?
Azalea sonrió. Una sonrisa serena, cortante. —Yo nunca comparo mi vida con la de nadie —respondió—. Solo me aseguro de no repetir los mismos errores.
Rodrigo enmudeció. Había algo en la mirada de Azalea que lo incomodaba. No era rabia. No era rencor. Era la calma de alguien que ya había cerrado sus heridas.
Azalea empujó el carrito despacio y se encaminó hacia la caja. Antes de marcharse, volvió la cabeza una última vez, no para lanzar una pulla, sino para cerrar la conversación con dignidad.
—Gracias por recordármelo —dijo con dulzura—. Que la decisión más difícil de mi vida resultó ser la mejor.
Después, Azalea se alejó, dejando a Rodrigo clavado en su sitio y a Nadia apretando con más fuerza la mano de su hija.
Fuera de la tienda, el calor seguía castigando. Sin embargo, los pasos de Azalea se sentían ligeros. Porque ese día no solo había comprado gelatina para el es kuwut. También había comprobado cuán lejos había llegado de aquella vida que estuvo a punto de destruirla.
La noche del sábado transcurría en calma. La lámpara de la sala de estar emitía una luz tenue. Erza ya dormía en su cuarto después de un día entero de juegos, mientras que Elora seguía despierta, sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra, abrazando su muñeca favorita. Azalea le estaba preparando la leche que la pequeña le había pedido.
Una tableta negra descansaba sobre la mesa. Elora la contempló un buen rato. La pantalla se encendió con un brillo suave, mostrando un escritorio repleto de iconos desconocidos. La niña arrugó su naricita. En su mente inocente, aquella tableta debía de ser de Erza, porque su hermano mayor jugaba videojuegos en dispositivos así.
—Yo también quielo jugal —murmuró la pequeña.
Elora se acercó a la mesa y tomó la tableta con sus dos manitas. Volvió a sentarse en la alfombra y empezó a tocar la pantalla al azar. Iconos se abrían, ventanas se cerraban, notificaciones aparecían y desaparecían.
—¿Dónde eztá el juego? —refunfuñó Elora, frunciendo los labios.
Sin querer, su dedo presionó una carpeta. Luego el botón de eliminar. Luego la confirmación que apareció con letras diminutas que no entendía. Deleted successfully.
Elora sonrió. —Je, je.
La pequeña no sabía ni comprendía que, detrás de aquella pantalla, se almacenaban documentos de alianzas comerciales valoradas en millones de dólares, contratos cruciales y datos que aún no tenían respaldo.
Justo en ese momento, Enzo salía del baño. Caminó hacia la sala con la intención de tomar la tableta para revisar sus últimos correos antes de irse a dormir. Sus pasos se frenaron en seco. Los ojos se le abrieron de par en par.
—¡¿Elora?! —La voz de Enzo hizo que la niña se sobresaltara. La tableta se le resbaló de las manos.
—Papi... —La voz de Elora era diminuta, temblorosa. Se puso de pie con expresión aterrorizada.
Enzo se abalanzó hacia ella. Le arrebató la tableta con un movimiento brusco. Sus dedos recorrieron la pantalla frenéticamente, abriendo una carpeta, luego otra: vacías. Todo estaba vacío.
El rostro de Enzo palideció primero y después se encendió en rojo.
—¡¿ELORA, POR QUÉ TOCASTE LA TABLETA DE PAPI?! —le gritó.
Elora se tapó los oídos, su cuerpecito sacudido por temblores violentos. Las lágrimas le brotaron al instante. —So-solo quería jugal —sollozó, aterrada.
Azalea, que venía de la cocina con un vaso de leche, se detuvo sobresaltada.
—¿Qué pasa? —llamó, acercándose deprisa.
Pero Enzo ya estaba de pie, la respiración agitada, los puños apretados. —¡Todos los archivos importantes desaparecieron! —Su voz escalaba, fuera de control—. ¡¿Sabes lo que significa esto?!
Elora retrocedió, tropezó con la alfombra y cayó sentada. Rompió a llorar a gritos, encogida sobre sí misma.
—¡Papi malo! ¡Papi malo! —gimió entre sollozos.
La furia de Enzo pareció perder todo freno. Su mano se alzó.
Azalea reaccionó por instinto. Se interpuso justo frente a Elora, extendió ambos brazos y cubrió a la pequeña con su propio cuerpo.
—¡BASTA, ENZO! —La voz de Azalea fue firme; no gritó, pero retumbó.