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Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Telepatía
Popularitas:10.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9: La entrega del Ferrari

—Cristian, escúchame.

Joaquín caminaba de un lado a otro en la sala privada del evento con la culpa pintada en la frente. Afuera seguía la música de TIMES, los gritos de las admiradoras y la voz del presentador intentando mantener el orden después de que la "espectadora afortunada" bajara del escenario antes de interactuar con Mauricio.

O, mejor dicho, después de que Cristian mandara a seguridad a bajarla.

—Renata se emociona, ya la conoces —dijo Joaquín—. Bueno, no la conoces, pero imagina un incendio bonito. Ella ve gente, luces, un escenario y pierde noción de consecuencias.

Cristian estaba sentado en el sofá, una pierna cruzada sobre la otra, el rostro frío.

—Tu esposa no fue la única que subió.

Joaquín tragó saliva.

—Por eso. Mil disculpas. Renata seguramente jaló a la cuñada.

La puerta se abrió.

Renata entró primero, con la barbilla alta y expresión de haber sido injustamente privada de una aventura histórica. Ximena venía detrás, dulce, quieta, con el bolso nuevo colgado del brazo y la cara exacta de una mujer arrastrada contra su voluntad.

Cristian no la habría reconocido por fuera.

Por dentro, en cambio, era otra cosa.

*Renata, amiga, perdóname. Te voy a usar de escudo hasta el fin de los tiempos. Mauricio estaba demasiado cerca. Demasiado vivo. Demasiado guapo. Una es casada, sí, pero tampoco ciega.*

Cristian apoyó la lengua contra el paladar.

Joaquín se volvió hacia Renata.

—Amor, ¿quieres explicarme por qué decidiste secuestrar a la esposa de Cristian para subirla a un escenario?

Renata abrió la boca.

Ximena la tomó de la mano antes de que respondiera.

—No fue culpa de Renata. Había mucha gente empujando y nos ganó la confusión.

Su voz fue tan serena que hasta Joaquín pareció creerle.

*Confusión, sí. Confusión de hormonas, luces y recuerdos de adolescente. Pero qué necesidad de decirlo en voz alta.*

—Además —continuó Ximena—, no pasó nada. Bajé enseguida.

Cristian la miró.

—Porque te bajaron.

Ella bajó los ojos.

—Sí.

*Qué pena. Ni una foto. Ni una interacción. Ni una mirada de Mauricio de cerca. Y todo por mi marido, que se pone celoso como si él no estuviera más bueno que todo el grupo junto.*

La última parte lo desarmó apenas.

Más bueno que todo el grupo junto.

Cristian no cambió de expresión, pero la furia perdió un milímetro de filo.

Renata, ajena al incendio invisible, suspiró.

—Yo sí quería subir.

Joaquín la señaló.

—Eso no ayuda.

Ximena apretó su mano.

—Lo siento, Cristian. Debí pensar en la imagen de la familia.

*Y en que mi esposo oye el nombre de otro hombre y se pone como volcán caro. Interesante. Muy interesante.*

—Vámonos —dijo Cristian.

Joaquín se apresuró a asentir.

—Sí, sí. Mejor cada quien a su casa. Yo me encargo de Renata.

—No te encargas de mí —respondió ella.

—Me hago responsable de tu caos, suena mejor.

Ximena se despidió de Renata con una sonrisa cómplice. Cristian no dijo nada durante todo el camino al auto.

Cuando ella se sentó a su lado y se abrochó el cinturón, la tensión seguía ahí.

—¿Estás enojado? —preguntó.

—¿Tú qué crees?

—Que sí.

—Entonces no preguntes.

Ximena miró sus manos sobre el bolso.

—No volverá a pasar.

*Mentira. Si el destino vuelve a poner a Mauricio enfrente, mínimo miro. Pero no subiré. Bueno, quizá no. Depende de si Cristian está cerca. Qué difícil ser fiel con ojos funcionales.*

Cristian encendió el auto.

—Eres mi esposa.

—Lo sé.

—Tu conducta representa a mi familia.

—Lo sé.

—Y a Grupo Montalvo.

—También lo sé.

*Y tu cuerpo representa un peligro para mi salud mental, pero aquí sigo, calladita, sin reclamarle al Estado.*

Cristian apretó el volante.

No siguió hablando.

San Valentín llegó con una llamada.

Ximena estaba en la habitación del pasillo sur, frente al espejo, probándose unos aretes discretos, cuando el celular vibró con un número desconocido.

—¿Bueno?

—Buenos días, ¿hablo con la señora Montalvo?

—Sí, ella habla.

—Le llamamos del concesionario Ferrari. Su vehículo personalizado ya está listo para entrega. El señor Montalvo pidió que la esperáramos hoy.

Ximena se quedó con un arete a medio poner.

—¿Mi qué?

—Su Ferrari Daytona SP3.

El arete cayó al tocador.

—¿Daytona SP3?

—Así es, señora.

Durante cinco segundos, Ximena no respiró.

Luego colgó con una educación automática, llamó a Valeria y gritó dentro de una almohada para no espantar a toda la casa.

Una hora después, llegó al concesionario con Valeria.

Val usaba lentes oscuros, camisa blanca, pantalón negro y la expresión alerta de quien podía fingir ser amiga, guardaespaldas o detective según la necesidad. Al ver a Ximena bajar del auto con pasos medidos, sonrió de lado.

—Mira nada más a la señora fina.

—No me hagas reír —susurró Ximena—. Hay cámaras.

—Entonces camina como si comprar Ferraris fuera tu hobby de martes.

—Es San Valentín.

—Peor. Camina como si te los regalaran todos los años.

Subieron a una sala privada del tercer nivel. El gerente las recibió con café, flores y una carpeta de documentos ya preparada. También estaba Cristian, de pie junto al ventanal, hablando por teléfono en voz baja.

Ximena se detuvo en seco.

—No sabía que vendrías.

Cristian guardó el celular.

—La agencia necesitaba mi firma en unos documentos de importación.

*Claro. Firma documentos. Qué casualidad. También pudo mandar a Julián, pero no. Vino a ver mi cara cuando descubra si de verdad compró lo que pensé. No, imposible. Nadie lee mentes.*

Valeria se quitó los lentes.

—Señor Montalvo.

—Valeria.

La mirada de ella saltó de Cristian a Ximena con una curiosidad rápida, profesional, casi invisible.

El gerente abrió las puertas dobles.

—Señora Montalvo, cuando guste.

El auto estaba cubierto por una tela negra.

Ximena avanzó despacio.

Sus dedos tocaron el borde de la cubierta.

Valeria tomó el otro lado.

—A la cuenta de tres.

—Una —susurró Ximena.

—Dos.

—Tres.

La tela cayó.

El Ferrari Daytona SP3 apareció bajo la luz blanca de la sala como si alguien hubiera convertido un deseo vergonzoso en metal, curvas y diamantes rosas.

No era rojo.

Era un tono rosa viejo profundo, elegante, casi imposible. Las incrustaciones de diamantes rosas seguían líneas precisas sobre la carrocería, sin volverlo vulgar; cada punto de luz brillaba como una pequeña burla al buen gusto discreto de la gente que decía que el lujo debía hablar bajo.

Ese auto no hablaba bajo.

Ese auto cantaba victoria.

Ximena se quedó inmóvil.

Valeria fue menos discreta.

—Madre santa.

El gerente sonrió, orgulloso.

—Piezas trabajadas a petición especial del señor Montalvo. Los diamantes fueron montados sobre protección transparente para preservar la pintura original.

Ximena miró a Cristian.

Él permanecía con una mano en el bolsillo, la cara tranquila, como si regalar un Ferrari cubierto de diamantes fuera un trámite menor.

—Dijiste que te gustaba Ferrari —dijo.

—Yo... dije que una flor estaba bien.

—También te gustan las flores.

En el asiento del copiloto había un ramo pequeño de rosas blancas.

*No. No puede ser. El auto. El color. Los diamantes. Las flores. ¿Cómo? ¿Cómo le atinó a todo? Yo no dije esto en voz alta. Yo jamás dije lo de los diamantes. Ni lo del rosa viejo. Ni lo de bajar con vestido rojo. Ay, Dios. Ay, Dios.*

Valeria la miró.

—Amiga...

Ximena le clavó los ojos.

Valeria corrigió con una sonrisa:

—Señora Montalvo, esto está demasiado específico.

Cristian levantó apenas una ceja.

—¿Demasiado específico?

—Nada —dijo Ximena demasiado rápido—. Es precioso. Gracias.

Valeria cruzó los brazos.

—No, espera. Tú me contaste una fantasía casi idéntica. Color, modelo, brillo. ¿El señor Montalvo cómo supo?

Ximena soltó una risa nerviosa.

—Coincidencia.

—¿Coincidencia?

—Sí.

Valeria entornó los ojos.

—¿No será que puede leer mentes?

El silencio cayó como una copa rota.

Cristian no se movió.

Ximena, en cambio, se rio con tanta convicción que casi convenció al gerente.

—Imposible.

—¿Tan imposible?

—Si Cristian pudiera leer mi mente, ya me habría corrido de la casa, cancelado la tarjeta negra, quemado el bóxer negro y mandado a exorcizar el vestidor.

Cristian giró la cara hacia el auto.

Valeria se llevó una mano a la boca para esconder la risa.

Ximena, aún sonriendo, acarició la puerta del Ferrari con reverencia.

*Además, si pudiera leer mi mente, sabría que ahora mismo quiero subirme al auto, gritar, besar el volante y después besarle a él esas manos peligrosas con las que firma regalos así.*

Cristian bajó la mirada a sus propios dedos.

El peligro no estaba en que lo descubrieran.

El peligro era que, mientras Ximena juraba que él no podía oírla, él estaba a dos pasos de distancia, escuchándolo todo.

1
bruja de la imaginación 👿😇
me encanta esta historia
Carely Prieto
bonita narrativa, creativa y gran ingenio
Karina Sanabria
👏👏👏👏muy linda novela!! algo diferente
gracias pero por favor no tardes en subir nuevamente
Karina Sanabria
Dios mío que le pasa a este hombre!!! acaso no le gusta el sexo 🤭🤤🫠
Erika Durán
Hasta el momento
Muy bien,
Carely Prieto
😭 noooo, no seas malita, sube más capítulos 🥹 anda dí que si, anda siiiiiiii??!
wendy arrieta
Dios mio ella si sabe utilizar su mente jajajajajaa
Martha Mena Wong
Por dios me voy acabar las uñas esto se está poniendo peliagudo más capítulos muchas felicidades autora eres genial te atrapa desde el principio la novela bendiciones
Martha Mena Wong
Esto se está poniendo buenísimo por favor que no la idie cuando se entere de la verdad gracias más capítulos por favor está súper la historia
Martha Mena Wong
Noooooo me va a dar el mimisqui cuánto podrá fingir ser quien no debe ahora sí me va a dar algo😭😭😭😭
Martha Mena Wong
Santa cachucha ahora que hará se le junto el ganado jajajaja 🤭🤭🤭🤭
Martha Mena Wong
Celoso de el mismo que divertido genial 🤣🤣🤣🤣
Martha Mena Wong
Por dios esto está más entretenido que las estupidas novelas de la tele felicidades me encanta
Martha Mena Wong
Ajaja se le hizo por fin siiiiiiii
Martha Mena Wong
Ya el se ka imaginaba con lencería buen camino
Martha Mena Wong
Andele a ver si ahora le hace caso
Martha Mena Wong
jajajaja me encanta excelente novela
Martha Mena Wong
🤭🤭🤭🤭🤭🤭
Martha Mena Wong
jajajaja esto está genial imagínate que oigan tus pensamientos bueno si está buenorro yo también pienso cositas o cositas depende jijiji
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