Aethelgard Draconis (El Patriarca): Un vampiro de presencia imponente y fría elegancia, con siglos de existencia a sus espaldas. Su mente es una fortaleza inquebrantable.
Nyxandra Draconis (La Matriarca): De una belleza etérea y calculadora. Es la estratega del clan, capaz de leer las intenciones más ocultas antes de que sean pronunciadas.
Kaelen Draconis: El hermano mayor. Protector, de pocas palabras y con un aire de misterio melancólico que oculta una ferocidad implacable.
Vespera Draconis: La hermana menor. Ágil, perspicaz y con una fascinación peligrosa por el mundo efímero de los humanos.
Onyx Draconis (El Protagonista): El miembro más introspectivo de la familia. Vive con el peso de una eternidad que apenas comienza a comprender hasta que un giro del destino cruza su camino.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
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La Advertencia En La Sombra
La noche se cernía sobre la mansión Draconis con una pesadez densa y opresiva, teñida por el reflejo de la luna oculta tras un espeso manto de nubes grises. En el estudio principal de la planta baja, la atmósfera no era menos sombría. Aethelgard y Nyxandra se encontraban de pie frente a los ventanales que daban al bosque, analizando los informes recientes que Kaelen había recopilado tras su patrullaje nocturno en los límites de la propiedad.
—La frecuencia de los cruces en la frontera norte ha aumentado de forma alarmante en las últimas setenta y dos horas —señaló Kaelen con voz grave, cruzando los brazos mientras su mirada recorría el mapa desplegado sobre el escritorio de roble—. No se trata de simples exploradores solitarios o nómadas desorientados. Hay indicios claros de que un clan rival está tanteando nuestras defensas, buscando una debilidad o un motivo para desafiar nuestro dominio en esta región.
—Saben perfectamente que nuestra presencia aquí es temporal, pero su arrogancia les impide respetar los antiguos acuerdos territoriales —respondió Nyxandra con una frialdad glacial, sus ojos oscuros brillando con una intensidad amenazante—. Si deciden poner a prueba nuestra paciencia, responderemos con la contundencia necesaria para que no queden dudas de cuáles son las reglas en nuestro territorio.
—El verdadero problema no está en el bosque, madre —intervino Onyx, apareciendo silenciosamente en el umbral de la puerta, deslizándose hacia la estancia con una gracia impecable que no produjo el menor sonido—. El verdadero peligro radica en la paranoia constante de vigilar cada movimiento exterior mientras ignoramos que las verdaderas variables incontrolables ocurren a plena luz del día.
Aethelgard giró lentamente la cabeza para observar a su creador, con una expresión de severidad imperturbable esculpida en su rostro pálido.
—Te refieres a tu insistencia en mantener contacto con la muchacha humana del instituto, supongo —dijo el patriarca con voz profunda que vibraba en las paredes de la estancia—. Has estado cerca de ella en repetidas ocasiones durante esta semana. Las reglas del clan son claras, Onyx. La exposición innecesaria no solo pone en peligro tu propia existencia, sino la seguridad de toda la familia que ha protegido este secreto durante milenios.
—No he puesto en riesgo el secreto —respondió Onyx con firmeza, manteniendo la barbilla en alto frente a la autoridad indiscutible de su creador—. Cada paso que he dado ha sido calculado al milímetro. Conozco los riesgos mejor que nadie, y sé perfectamente cómo trazar la línea entre la discreción y la exposición.
—La línea que estás cruzando es tan delgada que un solo error bastará para destruirla por completo —advirtió Nyxandra, acercándose lentamente con pasos felinos hasta quedar a pocos centímetros de él—. Los humanos son frágiles, efímeros y volátiles. Si esa muchacha llega a descubrir lo que realmente somos, las consecuencias no recaerán únicamente sobre ti; nos destruirá a todos.
Onyx sostuvo la mirada de Nyxandra sin parpadear, con una determinación inquebrantable que demostraba que ninguna advertencia, por severa que fuera, lograría apartarlo del camino que había comenzado a recorrer desde el instante en que cruzó las puertas del instituto.
—No permitiré que nada ponga en peligro a la familia —sentenció Onyx con voz helada antes de girar sobre sus talones y abandonar la estancia en silencio, dejando a los patriarcas enfrascados en una tensión que presagiaba tormentas mucho mayores que las del bosque exterior.
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