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El Año En Que Dejamos De Respirar

El Año En Que Dejamos De Respirar

Status: Terminada
Genre:Romance / Maldición / Romance paranormal / Completas
Popularitas:564
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24: El miedo vuelve

Llevaba tres semanas conociendo a Lucas cuando las cosas empezaron a torcerse.

Era un martes por la tarde. Había llegado al hospital con un libro nuevo bajo el brazo, una edición ilustrada de "El Principito" que había encontrado en una librería de viejo. Pensé que a Lucas le encantaría. Tenía dibujos preciosos y una historia que hablaba de amistad, de amor y de despedidas. Todo lo que él necesitaba escuchar.

Pero cuando llegué a su habitación, la cama estaba vacía.

—¿Dónde está Lucas? —pregunté a la enfermera que pasaba por el pasillo.

—Está en la UCI pediátrica —respondió, con el rostro serio. —Ha tenido una recaída. Los médicos están haciendo todo lo posible.

Mi corazón se detuvo.

La UCI pediátrica. Las mismas siglas que habían marcado los últimos días de Nicolás. El mismo olor a desinfectante, el mismo sonido de las máquinas, la misma luz blanca y fría que te helaba el alma.

—¿Puedo verlo? —pregunté, con la voz temblorosa.

—Solo un momento. Está muy débil.

Entré en la UCI con las piernas temblorosas y el corazón en un puño. Lucas estaba en una cama pequeña, rodeado de tubos y monitores. Su piel era pálida, casi transparente, y su respiración era tan débil que apenas se notaba.

Pero cuando me vio, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

—Valeria —susurró, con la voz apenas un soplo. —Has venido.

—Claro que he venido. —Me senté a su lado y tomé su mano. Era tan pequeña, tan frágil. —Nunca te dejaría solo.

—Lo sé. —Cerró los ojos un momento. —Nicolás también decía eso.

—¿Qué te ha pasado, Lucas?

—Los médicos dicen que el tratamiento no funciona. —Su voz era tan baja que tuve que acercarme para oírlo. —Que el cáncer se ha extendido. Que no hay mucho que puedan hacer.

—No digas eso.

—Es verdad. —Apretó mi mano con la poca fuerza que le quedaba. —Pero no tengo miedo, Valeria. Nicolás me enseñó que no hay que tener miedo de la muerte.

—Pero yo tengo miedo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero perderte.

Lucas me miró durante un largo momento. Sus ojos azules, tan parecidos a los de Nicolás, brillaban con una luz especial.

—No me vas a perder —dijo. —Siempre estaré contigo. Como Nicolás.

—No es lo mismo.

—Sí que lo es. —Sonrió, y su sonrisa era tan brillante que iluminó toda la habitación. —Cuando alguien te quiere de verdad, nunca se va del todo. Siempre está en tu corazón.

—Eso es muy bonito, pero no es suficiente.

—Es todo lo que necesitas. —Apretó mi mano. —Tú tienes a Nicolás en tu corazón. Y ahora, también me tienes a mí.

Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. No podía evitarlo. No podía dejar de llorar. Porque el miedo que había sentido con Nicolás estaba volviendo. El mismo miedo a perder a alguien que quería. El mismo miedo a la soledad. El mismo miedo a la muerte.

—No quiero que te vayas —susurré, con la voz rota.

—No me voy a ir todavía. —Su mano subió hasta mi mejilla y secó una lágrima con su dedito. —Todavía tenemos que terminar el mandala. ¿Te acuerdas? El que empezamos la semana pasada.

—¿El del sol?

—Sí. —Sonrió. —Tenemos que terminarlo juntos.

—Lo terminaremos.

—¿Lo prometes?

—Te lo prometo.

Y entonces, con mi mano en la suya y el corazón lleno de miedo y esperanza, me quedé a su lado. Toda la tarde. Toda la noche. Hasta que el sol se puso y las estrellas aparecieron en el cielo.

Esa noche, mientras Lucas dormía, saqué el mandala del sol y empecé a dibujar. Añadí rayos de colores, pequeños círculos alrededor, y en el centro, escribí su nombre.

Lucas.

Y debajo, el nombre de Nicolás.

Para que siempre estuvieran juntos. Para que siempre estuvieran conmigo.

Pasaron los días. Lucas mejoró lentamente, lo suficiente para salir de la UCI y volver a su habitación. Pero los médicos fueron claros: el tiempo se estaba acabando. Tenía semanas, quizás un par de meses. No más.

Y yo, que ya había vivido esa historia una vez, no sabía cómo enfrentarla de nuevo.

—¿Qué hago, Nicolás? —susurré una noche, mirando la foto que tenía en la mesilla. —No sé si puedo pasar por esto otra vez. No sé si soy lo suficientemente fuerte.

Pero en el silencio de mi habitación, oí su respuesta.

"Eres más fuerte de lo que crees, Valeria. Y además, no estás sola."

Y entonces, con las lágrimas rodando por mis mejillas, supe que tenía que seguir adelante. Por Lucas. Por Nicolás. Por todos los que me habían enseñado a amar.

No podía rendirme.

Tenía que vivir.

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