Mateo, Elena, Sophia y Liam han heredado el éxito de sus padres y hoy dominan la ciencia, la alta cocina y la moda internacional. Pero el verdadero engranaje del destino estalla cuando los hilos de la infancia se cruzan de forma pasional: los mellizos de ambas familias se enamoran de manera cruzada. Una historia de ambición moderna, lealtad inquebrantable y erotismo explícito donde el amor real se multiplica en la sintonía perfecta de una nueva generación.
Orden de las novelas
- Fuegos Artificiales Invisibles
- frecuencia cruzada: El Legado Del Estéreo
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La Geografía Del Primer Banquete
Mientras Mateo y Sophia desglosaban las leyes de la física en la penumbra del taller, el salón secundario del restaurante original de Jester, en la zona colonial, se convertía en el escenario de una sintonía radicalmente diferente. Mi nombre es Elena, y a mis catorce años recién cumplidos, pasaba las tardes en el estudio de diseño que mi madre, Yadira, me había acondicionado en la planta alta de la agencia Frecuencia Model Management. Sin embargo, aquella tarde de sábado, la curiosidad por los olores intensos a canela, chocolate amargo y cítricos me había llevado a bajar las escaleras mecánicas hacia las cocinas privadas de El Refugio.
Liam se encontraba solo frente a la gran mesa de acero inoxidable central, vistiendo un delantal blanco que ya le quedaba pequeño debido a su imponente crecimiento físico que ya rozaba el uno con setenta y cinco a sus catorce años. Sus manos grandes y fuertes de futuro chef amasaban con una prisa salvaje una pasta de hojaldre para los postres del desfile benéfico que mi madre organizaría esa noche en el patio español. El sudor perlaba sus sienes y su respiración agitada demostraba la tenacidad indomable que había heredado de Jester.
—Si sigues golpeando esa masa con tanta violencia, Liam, vas a romper la estructura del gluten y el milhojas quedará tan rígido como las telas de descarte de mi estudio —bromeé desde el umbral, apoyando mi uno con sesenta y dos de estatura contra el marco de metal, luciendo una blusa de seda verde oliva que yo misma había entallado para la ocasión.
Liam detuvo el rodillo de madera de golpe, girándose hacia mí con esa sonrisa franca, brillante y un tanto descarada que siempre tenía el poder de desarmar mis defensas de modelo perfeccionista. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo con una fijeza carnal que me hizo experimentar un vuelco súbito en el vientre bajo, una marea de calor húmedo que delataba la madurez de nuestros cuerpos adolescentes.
—La repostería francesa exige una presión brutal en las primeras capas, Elena —respondió con su voz profunda, que ya mostraba los matices graves de los hombres Jiménez—. Mi padre dice que si no dominas la masa desde el principio, ella te domina a ti en el horno. Además, este postre es para el evento de tu madre; tiene que salir tan pulcro e impecable como los vestidos que tú diseñas en tus libretas de figurines.
—Déjame ayudarte, gigante —dije, acercándome a la mesa de acero sin pedir permiso, arremangándome la blusa de seda y dejando mis brazos largos expuestos al tacto de la harina.
Me coloqué al lado de Liam, sintiendo de inmediato el calor animal que irradiaba su torso musculoso en desarrollo. Tomamos juntos el rodillo de madera; sus manos grandes se posaron sobre las mías, envolviéndolas por completo con un calor áspero que me hizo soltar un jadeo agudo. La fricción de nuestras pieles cubiertas de una fina capa de harina creó una tensión erótica densa, una lujuria adolescente que flotaba entre los fogones encendidos y los mesones de metal frío.
Pasamos la siguiente hora estirando la masa en una perfecta coordinación geométrica, acoplando nuestros movimientos en un vaivén rítmico que hacía resonar la mesa de acero con un eco constante. Ver a Liam tan entregado al diseño de los sabores, cuidando que cada doblez del hojaldre tuviera el grosor matemático milimétrico que yo misma exigía en mis patrones de costura, me hizo entender la profunda lealtad profesional que compartíamos. No éramos solo dos jóvenes jugando a la cocina; éramos los herederos de un imperio sensorial que entrelazaba el buen gusto estético con la ferocidad de los sentidos.
—Estás manchada de harina justo aquí, Elena —susurró Liam de repente, deteniendo el movimiento y acercando su rostro al mío con una fijeza indomable. Con su dedo pulgar, áspero y tibio, rozó la comisura de mis labios con una parsimonia que me nubló el juicio por completo.
—Es parte del diseño, Liam —logré articular, con la respiración entrecortada por la proximidad de su boca, que olía a chocolate y naranja amarga.
Liam no se apartó; se inclinó sutilmente y plantó un beso rápido, húmedo y sumamente excitante en la esquina de mis labios, un roce que me encendió la sangre y dejó mi intimidad latiendo con una urgencia que nunca antes había experimentado. En ese rincón cerrado de la cocina, entre los fogones apagados y el aroma a azúcar quemada, sellamos el segundo canal de nuestra historia en estéreo. Comprendí que las pasarelas de Milán y Madrid que me esperaban en el futuro no tendrían ningún sentido si al final del pasillo no estaba el gigante de los fogones para recibirme con el fuego de sus sentidos, consolidando el pacto de lealtad y amor real que se preparaba para expandirse en la nueva novela de nuestras vidas compartidas.
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