Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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Donde nace la promesa que romperá imperios
Mucho antes de que mi nombre tuviera algún valor…
antes de que un emperador conociera la humillación, antes de que una princesa desafiara su destino y antes de que alguien recordara que yo existía…
hubo una promesa.
Una promesa entre dos reyes.
Los antiguos monarcas de Liria y Draken habían gobernado durante años como aliados, pero su amistad había nacido mucho antes de las coronas.
Habían compartido victorias.
Habían atravesado guerras.
Y habían visto caer reinos enteros por disputas que comenzaron con algo tan pequeño como una frontera mal trazada o una palabra pronunciada en el momento equivocado.
Quizá por eso quisieron asegurarse de que algo semejante jamás ocurriera entre sus descendientes.
Ambos tenían un único hijo.
Dos príncipes.
Dos herederos destinados a continuar sus linajes.
Pero una alianza sostenida únicamente por tratados podía romperse.
Los tratados podían quemarse.
Las promesas podían olvidarse.
La sangre, en cambio…
permanecía.
Fue así como los dos monarcas tomaron una decisión que cambiaría el destino de generaciones que todavía no habían nacido.
Si algún día sus descendientes daban al mundo un heredero varón y una heredera mujer, ambos serían unidos en matrimonio.
No importaría cuál de las dos casas recibiera al príncipe.
Ni cuál recibiera a la princesa.
Cuando ambos existieran…
se casarían.
Sus descendientes llevarían la sangre de Liria y Draken.
Y los dos reinos quedarían unidos por un vínculo que ningún ejército podría romper.
Una boda.
Un pacto.
Dos coronas enlazadas para siempre.
Los monarcas sellaron el acuerdo.
Y el tiempo comenzó a correr.
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Los años pasaron.
Los dos príncipes crecieron.
Heredaron responsabilidades, formaron sus propias familias y continuaron los linajes que sus padres tanto se habían preocupado por proteger.
Hasta que finalmente…
Draken recibió la noticia que todos esperaban.
Había nacido un varón.
Kael Draken.
Primogénito de la casa imperial.
Heredero del imperio.
La primera mitad de la antigua promesa acababa de cumplirse.
Solo faltaba una niña.
Y años después…
Liria la entregó.
Anelis.
Princesa de Liria.
Desde el instante de su nacimiento, dos cortes comprendieron lo que aquello significaba.
El pacto podía cumplirse.
Kael y Anelis crecieron separados por fronteras, pero unidos por una decisión tomada mucho antes de que cualquiera de ellos respirara por primera vez.
Sus nombres comenzaron a escribirse juntos en documentos oficiales.
Sus futuros fueron discutidos en salas donde ninguno de los dos estaba presente.
Y mientras ellos apenas comenzaban a descubrir el mundo…
el mundo ya había decidido qué serían el uno para el otro.
Él sería emperador.
Ella sería su esposa.
Y juntos asegurarían la unión entre Liria y Draken.
Al menos…
ese era el plan.
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Pero incluso las familias más poderosas esconden grietas detrás de sus muros.
Con el paso de los años, la casa imperial de Draken cambió.
El padre de Kael puso fin a su primer matrimonio y tomó una segunda esposa.
De aquella nueva unión nació una niña.
Otra descendiente de la sangre imperial.
La hermana menor de Kael.
Pero haber nacido bajo el mismo techo no significó crecer bajo la misma mirada.
Kael era el primogénito.
El heredero.
El futuro emperador.
Desde niño, cada paso que daba era observado con atención.
Cada logro era celebrado como una señal de la grandeza que algún día se esperaba de él.
Su hermana creció contemplando aquello desde una distancia que, con los años, comenzó a parecerle cada vez mayor.
Ella también era hija del emperador.
También llevaba sangre Draken.
También deseaba ser mirada con el mismo orgullo.
Pero en su corazón infantil comenzó a instalarse una certeza que nadie se preocupó por desmentir:
su padre prefería a Kael.
Al principio fue apenas una herida.
Pequeña.
Silenciosa.
Después llegó la comparación.
Y detrás de la comparación…
el resentimiento.
Nadie prestó demasiada atención.
Después de todo, solo era una niña.
Y los adultos suelen cometer el error de creer que los sentimientos de los niños desaparecen cuando dejan de hablar de ellos.
Algunos no desaparecen.
Solo aprenden a crecer en silencio.
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Mientras tanto, en Liria, Anelis crecía bajo una realidad completamente distinta.
Era la princesa que todos esperaban.
La niña cuya llegada había completado una promesa nacida generaciones atrás.
Creció entre grandes salones, música, maestros y jardines cubiertos de rosas blancas.
Aprendió desde pequeña que su vida no le pertenecía únicamente a ella.
Había nacido princesa.
Y algún día…
sería emperatriz.
Nadie parecía dudarlo.
Ni en Liria.
Ni en Draken.
Su futuro tenía un nombre.
Kael.
Y el futuro de Kael…
parecía llevar el suyo.
Todo estaba dispuesto.
Cada pieza ocupaba el lugar que debía.
Un heredero preparado para gobernar.
Una princesa destinada a convertirse en su esposa.
Dos reinos esperando el día en que una antigua promesa finalmente se cumpliera.
Parecía imposible que algo pudiera salir mal.
Pero las historias que parecen perfectas desde lejos suelen esconder demasiadas cosas cuando uno se acerca.
Porque mientras las cortes observaban a Kael…
mientras Liria celebraba a Anelis…
y mientras una joven princesa imperial aprendía en silencio lo que significaba crecer a la sombra de su hermano…
en otro lugar de Liria…
crecía una niña de la que nadie hablaba.
No tenía corona.
No tenía título.
Su nombre no aparecía en ningún anuncio real.
Y su existencia jamás era mencionada en las conversaciones entre ambos reinos.
Para la historia…
aquella niña no importaba.
Todavía.
Su nombre era Emilia.
Mi nombre.
Y mientras todos miraban hacia los dos herederos destinados a cumplir aquella antigua promesa…
nadie se preguntó qué ocurriría si algún día…
el destino necesitaba una tercera pieza.