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Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:15.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Clara Serrano juró que nunca volvería a caer por Adrián Fuentes.
Un año atrás, él le rompió el corazón, la dejó con una mentira clavada en el pecho y desapareció justo cuando ella más necesitaba una explicación.
Ahora Clara sólo quiere trabajar, cuidar a su madre y mantenerse lejos de los hombres peligrosamente guapos.
Pero el destino tiene pésimo sentido del humor.
En una consulta médica, vuelve a encontrarse con Adrián: el mismo rostro que no pudo olvidar, la misma voz que todavía le eriza la piel... y ahora también el poderoso CEO capaz de comprar medio mundo con tal de acercarse a ella.
Clara intenta huir.
Adrián no piensa soltarla.
Para protegerse y resolver sus propios problemas, Clara acepta firmar un contrato con él: un año juntos, beneficios claros y nada de enamorarse.
Pero Adrián no quiere una novia por contrato.
Quiere a Clara.
La que lo odia, lo provoca, lo reta y todavía tiembla cuando él la besa.
Entre celos, secretos, dinero, deseo y una verdad que ninguno de los dos ha terminado de confesar, Clara tendrá que decidir si Adrián Fuentes es el error más caro de su vida...
O el único hombre que siempre estuvo dispuesto a perderlo todo por ella.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14

Yo sólo sentí que Adrián no tenía vergüenza.

Ni un poquito.

De inmediato repliqué:

—¿Quién dijo que tú y yo nos conocemos tanto?

El problema era que seguía sentada sobre sus piernas.

Una posición rara.

Demasiado íntima.

Demasiado de antes.

Adrián, en cambio, parecía estar pasando el mejor momento de su semana.

Sentía mi peso encima, mi calor, mi respiración acelerada. Sus ojos se curvaron con una satisfacción que me dieron ganas de borrar a golpes.

Se inclinó hacia mi oído.

—Hace rato me viste casi completo, bebé. ¿Eso no cuenta como confianza?

Su voz bajó un poco más.

—Entonces dime, ¿hasta dónde tenemos que llegar para que aceptes que nos conocemos?

El aire se me atoró.

Adrián sabía dónde tocar mi paciencia.

Y también sabía dónde tocar mi debilidad.

No avanzó de golpe.

Sólo rozó mi oreja con la boca, lento, como si probara si todavía recordaba el camino.

Mi cuerpo lo recordó antes que mi orgullo.

Sentí un escalofrío bajarme por la nuca.

Luego sus labios descendieron hacia mi cuello.

Un beso.

Otro.

La piel se me calentó con una rapidez absurda.

Quise decirle que se detuviera.

De verdad quise.

Pero cuando su boca llegó a la línea de mi clavícula, mis dedos se cerraron sin querer sobre la tela de su bata.

Maldita memoria corporal.

Maldito Adrián Fuentes.

Maldita yo, que podía enojarme con él y aun así reaccionar como si mi cuerpo llevara un año esperándolo.

Adrián se apartó apenas lo suficiente para mirarme.

Sus ojos estaban oscuros.

—Te prendiste.

La cara me ardió.

—Cállate.

—Admítelo.

Su pulgar dibujó un círculo lento sobre mi cintura, encima de la tela.

—Todavía te gusto.

Ese hombre tenía un talento natural para arruinar cualquier momento que pudiera conmoverme.

La vergüenza me devolvió fuerzas.

Me levanté de sus piernas.

Esta vez él me dejó ir.

No hubo resistencia.

Me acomodé el vestido, respiré hondo y levanté la barbilla.

—Frente a un hombre guapo, cualquier persona normal puede reaccionar.

Adrián entrecerró los ojos.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Me obligué a sonar fría.

—Si en este momento pusieran aquí a otro hombre bastante guapo, también podría tener reacción. No significa que me guste.

La temperatura de sus ojos bajó un grado.

Sólo uno.

Pero lo noté.

El calor que tenía en los brazos desapareció y, con él, algo en su pecho se sintió vacío.

Adrián miró mi boca.

Esa boca que, según él, sólo sabía picarlo.

¿Cuándo iba a escuchar algo que no le clavara una espina?

Clara era una pequeña fortaleza llena de puertas cerradas.

Y cada frase venía con alarma.

Pero no importaba.

Él tenía paciencia.

Y la piel bastante gruesa.

Después de un segundo, Adrián se recompuso solo.

Incluso sonrió.

—Perfecto.

—¿Perfecto qué?

—Al menos soy del tipo que te prende.

Me quedé sin palabras.

Ese hombre podía convertir cualquier insulto en una victoria personal.

Adrián señaló los instrumentos junto a la cama.

—Entonces, considera mi propuesta.

—Ya te dije que no.

—Si vas al hospital, tienes que vestirte, subirte al coche, repetirle todo a una doctora que no conoces y volver a pasar por lo mismo.

Hablaba con demasiada lógica.

Eso era lo irritante.

—Aunque sea mujer, sigue siendo una desconocida —continuó—. Yo, por lo menos, ya sé tu historial.

—Qué considerado.

—Mucho.

Lo miré con ganas de morder.

Adrián, como si hubiera preparado el remate desde hacía rato, añadió:

—Una revisión. Una villa.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Una villa a tu nombre.

Me quedé quieta.

¿Estaba intentando comprarme?

Sí.

Y qué molesto que hubiera escogido una oferta tan efectiva.

No era que yo fuera fácil.

Era que una villa era una villa.

Además, siendo honesta, lo que decía no era del todo falso.

Nosotros... sí nos conocíamos.

Demasiado.

Y si el diagnóstico era algo que él podía comprobar de manera profesional, no iba a perder nada.

Excepto dignidad.

Pero la dignidad no generaba plusvalía.

Suspiré.

—Está bien. ¿Cuándo la pones a mi nombre?

Los ojos de Adrián se iluminaron.

Sólo por un segundo, pero bastó para delatarlo.

Su idea había funcionado.

Y eso lo hizo insoportablemente feliz.

—Mañana le digo a mi asistente que lo tramite.

—Más te vale.

—Nunca te quedo mal con el dinero.

—Con otras cosas sí.

La sonrisa se le congeló un poco.

Pero no discutió.

Se levantó.

Quizá quería ir despacio.

Quizá no.

El punto fue que se movió demasiado rápido.

La bata, que ya estaba floja, se abrió por ambos lados.

Adrián caminó como si no hubiera pasado nada.

Yo intenté no mirar.

Fracasé.

Luego aparté los ojos de inmediato.

—¿Eres exhibicionista o qué?

—¿Yo?

—¿Puedes amarrarte la bata?

Adrián levantó la mano herida con una inocencia falsa.

—Me duele. Ayúdame.

Lo miré.

De verdad lo miré.

—No tienes vergüenza.

Luego me di cuenta de algo todavía más irritante.

¿Por qué tenía que darme pena a mí?

Yo ya había visto todo.

Y si él quería portarse como descarado, yo también podía.

Di dos pasos hacia él, tomé la bata de la orilla y se la jalé de un solo tirón.

La tela cayó al piso.

Adrián se quedó inmóvil.

Por primera vez en la noche, él fue quien no reaccionó a tiempo.

Levanté una ceja.

—¿No querías amarrarla? Mira qué bien. Te ahorré el trabajo.

Pensé que iba a seguir con su descaro.

No.

Adrián bajó la mirada, se inclinó, recogió la bata y se la puso de nuevo con una rapidez ridícula.

Esta vez sí pudo anudarla.

Muy bien, además.

Qué milagro.

Puse los ojos en blanco.

—Hace dos segundos no podías.

Adrián revisó el nudo y, cuando comprobó que no se iba a soltar, se cubrió el pecho con expresión seria.

—¿Qué ves?

—Nada.

—Mejor me tapo. Me preocupa que quieras aprovecharte de mi cuerpo.

Me señalé a mí misma.

—¿Yo?

—Tú.

—¿Yo voy a codiciar tu cuerpo? En tu próxima vida, tal vez.

Adrián volvió a sonreír.

No sé qué versión de mi frase escuchó, pero seguramente una enferma.

En su cabeza, eso debió sonar como: en esta vida sí, en la próxima también.

Qué peligroso era dejarlo interpretar palabras.

Me acosté en la cama y me cubrí la cara con la colcha.

Si yo no veía nada, podía fingir que nada había pasado.

Excelente sistema.

Muy maduro.

El problema era que Adrián no se movía.

La espera me puso peor.

No saber en qué momento iba a acercarse era más tortura que la acción misma.

De pronto, la oscuridad desapareció.

Adrián había levantado la colcha.

Su cara apareció sobre la mía.

Demasiado cerca.

Demasiado guapo.

—¿Te tapas así de grueso? —dijo, divertido—. Si te falta el aire, ¿voy a tener que darte respiración de boca a boca?

Levantó las cejas.

—Si querías que te besara, podías pedirlo directo. Tampoco soy tan difícil.

Yo ya estaba vacunada contra sus frases.

O eso quería creer.

—No es eso.

—Entonces...

—Apúrate.

Lo miré con toda la seriedad que pude reunir.

—Entre más rápido termines, más rápido dormimos.

Adrián pensó que de verdad tenía sueño.

Y no estaba equivocado.

La noche anterior casi no había dormido.

Además, la tensión cansaba.

La vergüenza también.

Por una vez, decidió dejar de molestar.

La revisión fue mucho más profesional de lo que esperaba.

Adrián preparó todo, me explicó lo necesario con voz baja y tranquila, y cuidó cada movimiento para no hacerme sentir peor de lo que ya me sentía.

Yo apreté la colcha con las manos y miré hacia otro lado.

No por dolor.

Por pena.

Porque era él.

Porque hacía un año yo podía ponerme en sus brazos sin pensar, y ahora hasta respirar frente a él parecía un examen.

Adrián se mantuvo serio casi todo el tiempo.

Casi.

Hubo momentos en que sus dedos se demoraron un segundo de más.

No una invasión.

No algo que pudiera acusar formalmente.

Sólo esa costumbre vieja, esa memoria absurda de una relación donde él conocía mis reacciones mejor que yo.

Le di una patada ligera.

—¿Lo haces a propósito?

Adrián se tensó.

Luego tosió con culpa.

—Perdón.

—¿Perdón?

—Costumbre. No lo corregí a tiempo.

Lo miré con ganas de matarlo.

Claro.

La culpa era de su mano, no de él.

—¿Ya acabaste?

Adrián recogió las cosas de inmediato.

—Sí, sí. Ya.

Sacó el resultado y lo revisó con atención.

Cuando volvió a hablar, su tono ya era de médico.

—Vas muy bien. En unos días deberías estar completamente recuperada.

—¿En unos días? —pregunté, aunque mi voz sonó más baja de lo que quería.

Adrián levantó la vista del resultado.

—Sí.

Guardó los instrumentos con una calma demasiado cuidadosa.

—Hoy no hay riesgo si no fuerzas tu cuerpo. Pero si te duele, paramos.

Me quedé sin aire.

No estaba hablando como médico.

O sí.

Peor.

Estaba usando esa voz seria para abrir una puerta que los dos llevábamos fingiendo no mirar.

—¿Quién dijo que yo quería hacer algo? —murmuré.

Adrián cerró el estuche y se acercó a la cama.

—Nadie.

Su rodilla hundió el colchón.

—Por eso voy a preguntarte.

Me quitó la colcha de la cara con una lentitud que me puso la piel viva.

—Clara, ¿quieres que me detenga?

El cuarto quedó en silencio.

Yo podía decir que sí.

Podía empujarlo.

Podía reírme de él y acusarlo de aprovechar cualquier pretexto.

Pero no lo hice.

Porque mi cuerpo llevaba demasiadas páginas escribiendo una respuesta que mi boca se negaba a leer.

Levanté la mano y tomé el nudo de su bata.

—Si te pones intenso, te muerdo.

Los ojos de Adrián se oscurecieron.

—Eso no fue un no.

—Tampoco fue permiso para presumir.

Su sonrisa duró apenas.

Luego bajó sobre mí.

El beso ya no tuvo la torpeza de la reconciliación.

Fue hambre.

Fue regreso.

Fue un año entero de espera rompiéndose contra mi boca.

Lo jalé de la bata, él me sujetó la nuca y, en segundos, la cama dejó de ser una cama para convertirse en ese lugar peligroso donde mi orgullo perdía fuerza.

Adrián besó mi cuello.

Mi clavícula.

El borde del vestido.

—Dime otra vez que no te gusto —susurró.

Yo quería contestar.

De verdad.

Pero su mano bajó por mi cintura y el aire se me rompió en la garganta.

—Cállate.

—Eso tampoco es un no.

Me besó hasta dejarme sin respuesta.

Esta vez no me limité a recibir.

Le abrí la bata con una impaciencia que lo hizo soltar una risa ronca.

Sus manos se detuvieron en mis caderas.

—Clara.

Su voz tembló apenas.

—Mírame.

Lo miré.

Tenía el cabello revuelto, la respiración dura y una contención que le tensaba todo el cuerpo.

—Si quieres parar, paramos.

Me dio rabia que fuera tan cuidadoso justo cuando yo estaba a punto de perder la cabeza.

Le rodeé el cuello con los brazos.

—Si paras ahora, sí te mato.

Adrián cerró los ojos un segundo, como si esa frase le hubiera quitado la última cadena.

—Bebé...

Volvió a besarme.

La ropa empezó a sobrar.

Mi vestido subió por mis muslos.

La bata cayó otra vez al piso.

La piel caliente de Adrián chocó contra la mía y todo recuerdo se volvió presente: sus hombros bajo mis manos, su respiración mordida junto a mi oído, la forma en que sabía tocarme sin preguntar dos veces porque mi cuerpo ya le estaba contestando.

Cuando sacó protección del cajón, me ardió la cara.

—¿Eso también lo tenías preparado?

—Soy optimista.

—Eres un sinvergüenza.

—También.

Me hizo reír.

Y luego me besó la risa.

La primera entrada fue lenta.

Demasiado lenta para mi paciencia y demasiado intensa para mi orgullo.

Me aferré a sus hombros.

Adrián se quedó quieto apenas me sintió tensarme.

—¿Te duele?

Negué con la cabeza.

No era dolor.

Era él.

Era volver a tenerlo tan cerca que ya no había espacio para fingir.

—Muévete —susurré.

Adrián apoyó la frente en la mía.

—Dilo otra vez.

Lo mordí en el hombro.

—No abuses.

Obedeció.

Al principio fue suave, cuidando cada reacción.

Luego mi cuerpo recordó el ritmo.

Mis piernas lo buscaron.

Mis uñas bajaron por su espalda.

Y Adrián perdió esa calma elegante que mostraba frente al mundo.

En la habitación sólo quedó su respiración, la mía, el sonido húmedo de nuestros besos y el golpe contenido de la cama cada vez que él volvía a hundirse en mí.

—Te extrañé —dijo contra mi boca.

No sonó bonito.

Sonó roto.

Necesitado.

Como si de verdad hubiera pasado un año entero muriéndose de hambre.

Yo cerré los ojos.

Quise decir que yo no.

Quise salvar algo de dignidad.

Pero cuando su mano encontró el punto exacto que me hacía temblar, mi cuerpo se arqueó y la mentira se volvió imposible.

—Adrián...

Él me sostuvo más fuerte.

—Aquí estoy.

Su voz bajó.

—No me voy.

No sé si fue esa frase o la forma en que volvió a moverse, más profundo, más firme, lo que me quebró.

El placer subió como una ola caliente.

Me tapé la boca por instinto.

Adrián me apartó la mano y me besó los dedos.

—No te escondas de mí.

Entonces me dejé ir.

El mundo se redujo a su cuerpo, a su nombre, a esa sensación feroz de estar cayendo justo en el único lugar donde todavía podía sentirme segura.

Adrián aguantó hasta verme rendirme.

Sólo entonces perdió el ritmo, enterró el rostro en mi cuello y terminó conmigo, temblando, diciendo mi nombre como si fuera una promesa.

Después no se apartó de inmediato.

Se quedó encima de mí, sosteniendo su peso para no aplastarme, respirando como si acabara de volver de una guerra.

Yo tenía el corazón desbocado.

La cara ardiendo.

El cuerpo flojo.

Y una vergüenza tan grande que quise meterme debajo de la almohada.

Adrián me besó la frente.

—¿Estás bien?

—No hables.

Su pecho vibró con una risa baja.

—Eso significa que sí.

—Significa que si dices algo presumido, te pateo.

—Entonces no diré que todavía me recuerdas perfecto.

Le di un golpe débil en el hombro.

Adrián sonrió, pero enseguida se levantó para limpiarme con una delicadeza que me dejó más indefensa que todo lo anterior.

Cuando volvió a la cama, me cubrió con la colcha y me atrajo contra su pecho.

—Ahora sí puedes dormir.

Me quedé sin expresión.

¿Ahora sí?

Ese hombre acababa de arruinarme y todavía hablaba como si me hubiera dado un té de manzanilla.

Quise reclamar.

No tuve fuerzas.

Su pecho era cálido.

Firme.

Ridículamente cómodo.

Y mi cuerpo, traidor hasta el final, se acomodó contra él como si nunca hubiera pasado un año.

—Adrián.

—¿Sí?

—Esto no significa que hayamos vuelto.

Él me abrazó con más cuidado.

—Lo sé.

Después de un segundo, añadió:

—Pero significa que todavía soy el único que puede hacerte temblar así.

Abrí los ojos.

—¿Quieres morir?

—Después de esta noche, no me quejaría.

Le tapé la boca con la mano.

—Cállate.

Adrián me besó la palma.

No supe si fue cansancio, vergüenza o él.

Me dormí muy rápido.

A la mañana siguiente desperté sola.

El espacio a mi lado ya estaba frío.

Me llevé una mano a la frente, todavía con sueño, y busqué el celular debajo de la almohada.

Lo encontré.

Lo levanté frente a mi cara.

Nada.

El desbloqueo facial no funcionó.

Fruncí el ceño.

Volví a intentarlo.

Nada.

—¿Qué te pasa?

Medio dormida, metí la contraseña.

La pantalla se abrió.

Entré a WhatsApp por puro reflejo.

Y me congelé.

¿Quién era toda esa gente?

No reconocía a casi nadie.

Encima, en la parte superior, había un chat fijado con un nombre absurdo:

Bebé.

Me quedé mirando la pantalla.

¿Cuándo había cambiado el contacto de Adrián a Bebé?

Yo lo tenía guardado como Exnovio.

Una palabra práctica.

Honesta.

Necesaria para la salud mental.

Mi cerebro, por fin, terminó de encenderse.

No.

No podía ser.

Volví a la pantalla de bloqueo.

La foto era mía.

Por eso no me había dado cuenta.

Yo también tenía fotos mías de fondo y las cambiaba seguido. Ver mi cara en la pantalla no me pareció raro.

Pero este no era mi celular.

Le di la vuelta.

El cielo se me cayó encima.

Era el de Adrián.

Y si el teléfono se abrió con mi contraseña...

Me quedé helada.

¿Su contraseña seguía siendo mi cumpleaños?

¿Y la foto de bloqueo también seguía siendo mía?

¿Durante todo este año?

Una sensación complicada me apretó el pecho.

Algo entre molestia, ternura y miedo.

No quise pensar demasiado.

Busqué mi celular bajo la almohada.

Nada.

Entre las sábanas.

Nada.

En la mesa de noche.

Nada.

Me incorporé de golpe.

No.

No, no, no.

¿Adrián se había llevado mi teléfono?

Si yo pude abrir el suyo con mi cumpleaños, entonces él también podía abrir el mío.

Mi alma abandonó mi cuerpo por tres segundos.

Mis notas.

Mis notas.

Después de terminar, escribí demasiadas cosas en la app de notas.

Textos larguísimos.

Ridículos.

Llenos de drama.

Cosas que nunca envié porque en ese momento creí que él estaría con su nueva novia riéndose de mí en la cama.

Sólo recordarlo me dio ganas de desaparecer.

Qué oso.

Eso no podía verlo.

Nunca.

Me levanté de la cama con una energía que no había tenido en toda la mañana.

Entonces escuché un sonido en el baño.

Agua.

Movimiento.

Y, entre el ruido, una respiración baja.

Me acerqué sin pensar.

Incliné un poco la cabeza para escuchar mejor.

Al segundo siguiente, entendí.

No.

No, no, no.

Me tapé la cara con ambas manos y retrocedí como si el piso quemara.

Entré otra vez al cuarto y cerré la puerta con cuidado.

No había oído nada.

No sabía nada.

Absolutamente nada.

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Delia
Me gustó la novela desde el comienzo, felicitaciones
Delia
😭😭😭
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