Bienvenido a EL CONTRATO, una historia donde el poder, el dolor y el deseo se entrelazan en una lucha constante entre la supervivencia y el amor. Esta novela no habla solo de contratos ni de dominación, sino de heridas invisibles, decisiones imposibles y del precio que algunas personas deben pagar para proteger a quienes aman. Aquí conocerás a Monserrat Villarreal y Alexander Montenegro, dos almas marcadas por el pasado que deberán enfrentarse no solo entre sí, sino también a sus propios demonios. Prepárate para un viaje intenso, oscuro y emocional donde cada elección cambia destinos y donde el corazón siempre exige su verdad.
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LA NOCHE ESPERADA
El agua caliente cayó sobre la piel de Monserrat mientras intentaba ordenar su mente.
El día había sido largo, y ahora, frente al espejo empañado del baño, la realidad se sentía diferente.
Ya no era solo su jefe.
Ya no era solamente un contrato firmado. Era algo más complejo… algo que todavía no sabía nombrar.
Cuando salió de la ducha, abrió el armario y dudó varios minutos.
Finalmente eligió un vestido rojo profundo. No era un rojo brillante ni agresivo, sino un tono más elegante, casi oscuro, que contrastaba suavemente con su piel clara y resaltaba el color verde de sus ojos.
La tela abrazaba su figura sin exagerar, marcando su silueta con discreción.
Se secó el cabello, dejando que las ondas cobrizas cayeran naturalmente sobre sus hombros. Un toque ligero de maquillaje, unos pendientes sencillos y un perfume suave.
Cuando terminó, se observó en el espejo.
No parecía la misma mujer que había entrado a la empresa años atrás.
Respiró profundo.
Y bajó.
El auto negro la esperaba afuera.
El chofer se apresuró a abrirle la puerta.
—Buenas noches, señorita Villarreal. Soy Antonio.
—Mucho gusto.
respondió ella, entrando.
El trayecto fue tranquilo.
Hablaron del clima, del frío que se sentía esa noche y del pronóstico de lluvia.
Conversaciones ligeras, casi necesarias para aliviar la tensión que ella llevaba dentro.
Las luces de la ciudad pasaban rápidas por la ventana.
Monserrat mantenía las manos juntas sobre el regazo, tratando de controlar el nerviosismo que crecía en su pecho.
Finalmente, el auto se detuvo.
Y cuando levantó la mirada… se quedó sin aliento.
La mansión de Alexander se alzaba imponente, elegante, iluminada con una luz cálida que resaltaba los detalles de piedra y cristal.
Era enorme, pero no fría. Tenía algo clásico, casi familiar, como si detrás del lujo existiera un lugar real donde alguien vivía de verdad.
Había estado en su penthouse antes.
Pero esto era diferente.
Esto era… íntimo.
El aire en el vestíbulo era frío, un contraste agudo con el calor que empezaba a subirle por el cuello a Monserrat. una chica se acerco y le nformo que el señor esta en la segunda planta en la quta puerta Subió la escalera de mármol, cada paso un eco sordo en la inmensidad silenciosa de la mansión.
La puerta de la quinta habitación estaba entreabierta. Tocó con la punta de los dedos, un golpe suave y vacilante.
—Pasa.
la voz de Alexander era un murmullo bajo y seguro.
Al entrar, lo vio. De pie en el balcón abierto, la noche de la ciudad a sus espaldas. Llevaba solo un pantalón de lino oscuro y una franela blanca tan ceñida que era un segundo mapa de su torso: los pectorales firmes, el abdomen tallado en bloques, la línea ancha que bajaba de su pecho y se perdía bajo la cinturilla del pantalón.
Monserrat sintió una oleada de calor que le tiñó las mejillas.
Una pequeña sonrisa torpe se dibujó en sus labios.
Alexander se giró. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, devorando el vestido rojo que se adhería a sus curvas. Se acercó, no con prisa, sino con la calma contenida de un depredador que ya ha acorralado a su presa.
—Estás muy bella y sensual, señorita Villareal.
La distancia entre ellos se desvaneció. La rodeó con un brazo, tirando de ella hacia él, y la besó.
No fue un beso salvaje, sino posesivo. Profundo. Un beso que no pedía permiso, que tomaba lo que ya consideraba suyo.
Monserrat, por un instante, se rindió a la fuerza de él, sus manos subiendo por su espalda, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la tela.
La llevó hacia la cama, una estructura imponente doselada de madera oscura.
Cayeron sobre el edredón de seda. Alexander la apartó un poco, sus ojos brillando con un fuego intenso.
—Que sexy que estás.
susurró, y su mano comenzó a trazar el contorno de su cadera.
Pero en la mente de Monserrat, la imagen de Alexander se desvaneció, reemplazada por otra.
Morrison. Su aliento a ron, sus manos ásperas sobre su piel, el peso asfixiante sobre su cuerpo.
El asco, frío y metálico, subió por su garganta como la bilis.
Su respiración se cortó, convirtiéndose en un jadeo ahogado.
Alexander notó el cambio inmediatamente. Se detuvo. La miró de arriba abajo, su ceño frunciéndose en una mezcla de confusión y preocupación.
—¿Estás bien?
preguntó, su voz ahora suave.
—¿Hice algo que no te gustó?
Ella negó con la cabeza, incapaz de formar palabras. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, silenciosas, ardientes. Se las secó con el dorso de la mano.
—No... solo... me puse nerviosa.
logró decir, la voz temblorosa.
—Por favor... continúa.
Él vaciló. Una parte de él, la parte que aún podía verla como algo más que un deseo que cumplir, le gritaba que parara, que la abrazara y le preguntaba qué pasaba.
Pero la otra parte, la bestia de lujuria que él mismo había desatado, era demasiado fuerte.
El deseo era una tormenta en su sangre, y ella era el único refugio a la vista.
Asintió, casi imperceptiblemente.
Volvió a inclinarse sobre ella, pero esta vez su beso fue diferente. Buscaba reavivar la llama, apagar el fantasma que la había hecho temblar. Bajó por su cuello, mordisqueando la piel suave, dejando un rastro de calor.
Llegó a su pecho. Con una mano, deslizó la tela del vestido, liberando un seno.
Su boca lo encontró, la lengua dibujando círculos alrededor del pezón, que se endureció al instante bajo su atención.
Pasó al otro, dándole el mismo trato, escuchando el pequeño gemido que escapó de los labios de Monserrat, un sonido que era mitad placer, mitad dolor.
Su mano libre viajó por su cuerpo, deslizándose sobre la seda del vestido, bajando por su abdomen plano hasta la curva de su cintura. Sus dedos encontraron el borde de la tela y se deslizaron debajo, sintiendo el calor de su piel. Continuó su viaje, remontando la curva de su muslo hasta llegar al centro de su calor.
Sintió la suavidad y luego, la humedad que empezaba a florecer allí.
Con la yema de un dedo, encontró su clítoris, y comenzó a masajearlo en círculos lentos y firmes.
Monserrat arqueó la espalda, una respuesta involuntaria a la estimulación directa.
Subió para besarla, y sus labios se encontraron en un choque húmedo y desesperado.
Mientras la besaba, movió sus dedos con más destreza, sintiendo cómo su cuerpo respondía, cómo la humedad aumentaba, preparándola para él.
Separó sus labios con sus dedos y bajó, su boca reemplazando a su mano.
La besó con un hambre voraz, probando su sabor, su lengua explorando cada pliegue, cada recoveco.
Sintió cómo sus piernas se abrían más, cómo sus caderas comenzaban a moverse en un ritmo instintivo contra su boca.
El sabor de ella, su olor, la forma en que su cuerpo temblaba al borde del clímax, fue suficiente para él.
Se arrodilló entre sus piernas, desabrochándose el pantalón con movimientos torpes y urgentes.
Su miembro, duro y pulsante, se liberó.
Se posicionó en su entrada, sintiendo el calor intenso que emanaba de ella.
Con una sola estocada profunda y sin previo aviso, se hundió en ella hasta el fondo.
Un grito ahogado se escapó de la garganta de Monserrat.
Para él, era la gloria: una compresión húmeda y calurosa que lo apretaba como un guante.
Para ella, fue un dolor agudo y seco, como si se la estuvieran desgarrando por dentro.
Sus uñas se clavaron en su espalda.
Alexander no lo notó. O no quiso notarlo. Se movió dentro de ella con una fuerza creciente, embistiéndola una y otra vez, cada golpe más profundo y rápido que el anterior. El lecho crujía con el ritmo salvaje de su movimiento.
El mundo se redujo a la sensación de estar dentro de ella, al calor que lo consumía, al poder de poseerla así.
Después de varios minutos que le parecieron una eternidad, sintió la tensión acumularse en su base.
Con un rugido sordo, se vació dentro de ella, una oleada caliente que la llenó.
Se quedó inmóvil un instante, jadeando sobre su cuerpo.
Pero no había terminado.
La bestia aún no estaba saciada. Se retiró y la volteó, poniéndola boca abajo.
Volvió a entrar, esta vez con más brusquedad, agarrándola de las caderas para inmovilizarla.
El dolor de Monserrat era ahora un dolor sordo y constante, una quemazón que se extendía por todo su interior. Apoyó la cara en la almohada, mordiendo la seda para no gritar.
Alexander volvió a eyacular, otra vez dentro de ella. Y una tercera vez, antes de colapsar finalmente sobre su espalda, sudando y exhausto.
Se quedó así, pesado y satisfecho, escuchando cómo su propia respiración volvía a la normalidad.
No escuchó nada más.
No escuchó el llanto silencioso y desgarrador de Monserrat, ahogado en la almohada.
No sintió la rigidez de su cuerpo, ni el temblor incontrolable de sus hombros.
No se dio cuenta de que, mientras él alcanzaba la gloria tres veces, ella no había sentido ni una sola chispa de placer.
Solo el dolor, el asco y la devastadora certeza de estar completamente sola.