Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
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CAPÍTULO 19: El plan de Andrea: fase dos.
Andrea atacó un lunes.
Cassidy lo supo porque a las nueve de la mañana Lucía entró a la oficina del piso cuarenta con el teléfono temblándole en la mano y la cara que ya le conocía: la de «señora, va a querer romper algo.»
—¿Ahora qué?
Lucía le puso el teléfono delante sin decir nada.
La pantalla mostraba un portal de noticias de farándula, de esos que Cassidy había aprendido a reconocer como basureros digitales donde se tiraba la mierda que los periódicos serios no publicaban. El titular estaba en letras rojas, enormes, con tres fotos debajo:
«LA LOCA DE LOS MONTERO: Emilia Montero fuera de control. Fotos exclusivas revelan comportamiento errático de la heredera.»
Las fotos eran de ella. Pero no eran de ella.
En la primera, Cassidy aparecía saliendo de un bar nocturno con la ropa desarreglada y la cara desencajada. Nunca había pisado un bar nocturno en esta vida. En la segunda, aparecía gritándole a un empleado en la calle, con la boca abierta y el dedo levantado. Nunca había gritado a nadie en la calle. En la tercera, la peor, aparecía en lo que parecía un consultorio médico, tumbada en una camilla con los ojos cerrados y una bata de hospital, con un pie de foto que decía: «Fuentes confirman que la heredera Montero recibe tratamiento psiquiátrico desde su intento de suicidio.»
Las fotos eran montajes. Buenos, pero montajes. Cassidy reconoció su cara pegada en cuerpos que no eran el suyo —el de la camilla era más delgado, el del bar tenía las manos diferentes— pero para alguien que las viera rápido, en un teléfono, sin detenerse a mirar, parecían reales.
—¿Cuántas personas han visto esto? —preguntó Cassidy.
—El artículo lleva tres horas arriba. Doscientas mil visitas. Y subiendo.
—¿Redes?
—El hashtag «LaLocaDeLosMontero» es tendencia desde las siete. Hay memes, señora. Memes con su cara.
Cassidy apretó los labios. Cerró los ojos. Respiró.
En mi época, si alguien te difamaba, le rompías la boca y el asunto quedaba resuelto antes del almuerzo. En esta época te difaman desde una pantalla a quinientos kilómetros y para cuando te enteras ya lo vio medio país.
—Llama a Sofía del Valle. Ahora. Y a Castillo. Dile que las fotos son montajes y que quiero una demanda en veinticuatro horas. Quiero saber qué periodista publicó esto y quién le pagó.
—Sí, señora.
—¿Tenemos reuniones hoy con clientes?
Lucía revisó la agenda con los dedos temblorosos.
—Tres. Grupo Salazar a las once, Inversiones del Norte a la una y...
—Cancélalas.
—¿Las tres?
—No. Espera. No canceles nada. Si cancelo, parece que estoy escondida. Que se hagan todas. Si los clientes quieren hablar de las fotos, que hablen. Yo les explico.
Pero los clientes no quisieron explicaciones.
El Grupo Salazar canceló a las diez y cuarenta. «Debido a las circunstancias mediáticas actuales, preferimos posponer la reunión hasta que la situación se aclare.» Lenguaje corporativo para «no queremos que nos asocien con la loca.»
Inversiones del Norte canceló a las doce. Sin excusa. Solo un correo de una línea: «No procede la reunión de hoy.»
El tercer cliente ni siquiera canceló. Simplemente no apareció.
Tres clientes. Tres contratos en negociación. Tres fuentes de ingresos que Cassidy había estado cultivando desde que tomó el control de la empresa. Los tres se esfumaron en una mañana por unas fotos falsas en un portal de basura.
Cassidy se quedó sola en la oficina del piso cuarenta mirando la ciudad por la pared de cristal.
Andrea. Esto tiene tu firma por todos lados. Fotos editadas, periodista comprado, hashtag preparado, todo lanzado un lunes a primera hora para que reviente durante la semana laboral. No eres estúpida, cariño. Eres una víbora con wifi.
A las tres de la tarde la cosa empeoró.
Otro portal, otro titular, otra bomba.
«¿QUIÉN CONSUELA A LA HEREDERA? Emilia Montero, la empresaria en crisis, habría iniciado una relación con Daniel Reyes Alcázar, heredero de Laboratorios Reyes. Fuentes cercanas aseguran que la pareja ha sido vista en múltiples ocasiones en la mansión Montero, a pesar de que Emilia sigue legalmente casada con Sebastián Duarte. 'La gorda se consuela con el vecino millonario', declaró una fuente que pidió anonimato.»
«La gorda se consuela con el vecino millonario.»
Cassidy leyó la frase tres veces. Cada vez le ardió más.
No por ella. Cassidy Boone había sido llamada cosas peores en los saloons de Arizona y había respondido con plomo. Le ardió por Emilia. Por la mujer que vivió treinta años escuchando que su cuerpo era un problema, un chiste, un defecto. La gorda. Siempre la gorda. Como si todo lo que era pudiera reducirse a un adjetivo.
Ese titular lo escribió alguien que sabe exactamente dónde duele. Y solo hay una persona que conoce los puntos débiles de Emilia Montero tan bien.
—¿La fuente anónima? —preguntó Cassidy.
—No puedo confirmarlo, señora, pero el lenguaje, los detalles, la forma de hablar...
—Andrea.
—Sí.
A las seis de la tarde, en un departamento al otro lado de la ciudad, Sebastián Duarte vio el segundo titular.
No el primero. El primero le había dado igual. Que Emilia quedara como loca le convenía. Le servía para el plan de incapacidad que ya no podía ejecutar pero que todavía le acariciaba como fantasía.
Pero el segundo titular le cayó como ácido.
«La gorda se consuela con el vecino millonario.»
La gorda se consuela. Con el vecino. Con Daniel Reyes Alcázar. El tipo que le dijo «buenas noches» en el pasillo de su propia casa con la camisa mal abotonada y la sonrisa de un hombre que acababa de salir de la cama de su esposa.
Y ahora todo el país lo sabía.
Lo que significaba que todo el país sabía que Sebastián Duarte, el gran director, el hombre que manejaba el imperio Montero con mano de hierro, era un cornudo. Que su esposa se cogía a otro. Y no a cualquier otro. A uno más rico. A uno más poderoso. A uno que no necesitaba robar para tener fortuna.
Sebastián agarró el teléfono y llamó a Andrea.
—¿Viste lo que publicaron?
—Claro que lo vi. Yo lo filtré.
—¿Tú filtraste lo de Reyes?
—Filtraron mis contactos. Les di la información y ellos hicieron el trabajo.
—¿Y se puede saber en qué estabas pensando?
—En destruirla. ¿No es lo que queremos?
—¡Queremos destruirla a ella, Andrea! ¡No a mí! ¿Tienes idea de lo que dice ese titular? ¡Dice que mi esposa se consuela con otro! ¡Eso me deja a mí como el imbécil al que su mujer le pone los cuernos con el heredero más rico del país!
—Sebastián, cálmate.
—¡No me digas que me calme! ¡Mañana tengo una reunión con inversores y lo primero que van a pensar cuando me vean es «ahí va el cornudo de los Montero»! ¡Eso es lo que lograste, Andrea! ¡Felicidades!
Silencio al otro lado de la línea.
—Me estás gritando —dijo Andrea. La voz le cambió. Pasó de la calma calculada a algo más frío, más afilado, como el filo de una navaja girando despacio—. Me estás gritando a mí. A la mujer que lleva dos años haciendo todo el trabajo sucio por ti. La que te consiguió al abogado que inventó la cláusula. La que habló con Dorotea. La que puso la cara cuando había que ponerla. ¿Y me gritas porque un titular te deja como cornudo?
—Andrea...
—¿Te importa esa maldita gorda?
La pregunta cayó como un disparo.
—¿Qué?
—Te pregunté si te importa. Porque la rabia que tienes no es de hombre de negocios al que le jodieron la imagen. Es de marido celoso. Y tú y yo sabemos que Emilia te importaba lo mismo que el polvo debajo de tus zapatos. O eso me dijiste cuando me metiste en tu cama por primera vez. ¿Te acuerdas? «Emilia no es nadie, Andrea. Emilia es un cheque con patas.» Eso me dijiste. ¿Y ahora te hierve la sangre porque se acuesta con otro?
—No me hierve la sangre por ella. Me hierve la sangre porque me dejas en ridículo.
—¿O será que la mujer que despertó del coma te mueve algo que la de antes no?
—No digas estupideces.
—No son estupideces, Sebastián. Te conozco mejor que nadie. Mejor que ella, mejor que tu madre, mejor que tu reflejo en el espejo. Y lo que veo es un hombre al que le arde que su esposa prefiera a otro. No porque pierda dinero. Porque pierde control. Y tú sin control no eres nada.
Sebastián apretó el teléfono tan fuerte que el plástico crujió.
—Retira el artículo de Reyes —dijo entre dientes—. Haz lo que tengas que hacer, paga lo que tengas que pagar, pero lo quiero fuera antes de mañana.
—No.
—¿No?
—No. El artículo se queda. Porque mientras tú te preocupas por tu ego, yo estoy ganando la guerra. Las fotos de la loca destruyen su imagen pública. La noticia de Reyes destruye su credibilidad como esposa fiel. Cuando lleguemos al juez con la cláusula de reconciliación, ella va a parecer una mujer inestable que se acuesta con el vecino mientras su marido intenta salvar el matrimonio. ¿Entiendes el juego o necesitas que te lo dibuje?
Sebastián se quedó callado.
Andrea sabía jugar. Eso nunca lo había dudado. Era fría, estratégica, capaz de planear tres movimientos por adelantado mientras el resto seguía pensando en el primero. Era lo que lo había atraído de ella al principio: una mujer que pensaba como él. Que calculaba como él. Que no dejaba que las emociones le nublaran el juicio.
Pero esta noche, por primera vez en dos años, Sebastián se preguntó si Andrea jugaba con él o por él. Porque la facilidad con la que filtró la información, la velocidad con la que armó la campaña, la frialdad con la que le dijo «no» cuando él le exigió retirar el artículo... todo eso le sonó a una mujer que no respondía ante nadie. Que jugaba su propio juego. Que lo usaba a él tanto como él la usaba a ella.
¿Cuándo dejé de ser el que manda aquí?
—Haz lo que quieras —dijo Sebastián—. Pero la próxima vez que filtres algo que me afecte sin consultarme, se acabó. Tú y yo se acabó. ¿Estamos claros?
—Cristalinos, cariño. ¿Algo más?
—Sí. Quiero saber todo lo que puedas averiguar sobre Daniel Reyes. Todo. Su pasado, sus debilidades, sus vicios, lo que sea. Si vamos a pelear contra un tipo que tiene tres veces nuestro dinero, necesito saber por dónde se le rompe.
—Ahora sí estás pensando. Buenas noches, Sebastián.
Colgó.
Sebastián se quedó en el sofá del departamento con el teléfono muerto en la mano y el titular ardiendo en la pantalla.
«La gorda se consuela con el vecino millonario.»
Y lo peor no era el titular. Lo peor era que Andrea tenía razón. Le ardía. Le ardía más de lo que debería. No porque Emilia fuera suya, que nunca lo había sido. No porque la quisiera, que jamás la quiso. Le ardía porque la mujer que despertó del coma, la que le quemó la ropa a Andrea, la que lo echó de su propia oficina, la que lo miró a los ojos en la terapia y lo llamó serpiente delante de la doctora, la que caminaba por la empresa como si le perteneciera —porque le pertenecía—, esa mujer había elegido a otro. Y el otro era mejor que él en todo.
Más rico. Más respetado. Más joven. Y por lo que vio en el pasillo esa noche, capaz de hacer que Emilia sonriera de una forma que Sebastián nunca le había visto.
Nunca.
En dos años de matrimonio, Sebastián Duarte nunca había visto a Emilia Montero sonreír. Y Daniel Reyes lo lograba saliendo de su cama con la camisa al revés.
Te odio, pensó Sebastián. Pero no supo si se lo decía a Emilia, a Daniel o a sí mismo.
Al otro lado de la ciudad, en la mansión Montero, Cassidy estaba sentada en la cama con el teléfono en la mano leyendo cada comentario, cada meme, cada titular que llevaba su nombre.
«La loca de los Montero.»
«La gorda se consuela con el vecino millonario.»
«¿Heredera o caso clínico?»
Los leía todos. Uno por uno. No por masoquismo. Por estrategia. Porque necesitaba saber exactamente qué estaba diciendo el enemigo para saber exactamente cómo responder.
Le sonó el teléfono. Mensaje de Sofía del Valle.
«Tengo al periodista identificado. Se llama Rubén Ochoa. Trabaja freelance para tres portales de chismes. Cobra por artículo. Alguien le pagó quince mil dólares por el paquete completo: fotos editadas, titulares y difusión. Estamos rastreando el pago. Te tengo novedades mañana.»
Quince mil dólares. Eso costaba destruir la reputación de alguien en esta época. Quince mil dólares y un periodista sin escrúpulos.
En mi época, por quince mil dólares te compraban tres caballos, una casa y un año de whisky. En esta época te compran la ruina de una persona. Qué mundo tan barato.
Otro mensaje. Este de Daniel.
«Vi los titulares. ¿Estás bien?»
Cassidy miró el mensaje. Pensó en los cuatro días de silencio. Pensó en lo que Daniel le pidió: que no lo castigara con el silencio. Que le dijera las cosas a la cara.
Escribió:
«No. Pero voy a estarlo. No hagas nada. No respondas a ningún periodista. No confirmes ni niegues nada. Silencio total. ¿Entendido?»
«Entendido. ¿Necesitas algo?»
«Sí. El postre de chocolate de tu madre. Sin la sopa de lentejas.»
«Mañana a primera hora.»
Cassidy dejó el teléfono en la mesita y apagó la luz.
Andrea, acabas de gastar tu mejor munición. Fotos falsas, titulares comprados, rumores filtrados. Y lo único que lograste es que ahora sé exactamente cómo juegas. Ahora sé que usas periodistas. Ahora sé cuánto pagas. Ahora sé que no tienes escrúpulos ni para inventar fotos ni para quemar a tu propio amante con un titular que lo deja como cornudo.
Y eso, cariño, me dice mucho más de ti que de mí.
Se dio la vuelta en la cama y cerró los ojos.
Mañana le devuelvo el golpe. Pero no como tú. No con mentiras ni con fotos falsas ni con periodistas comprados. Le devuelvo el golpe con la verdad. Que siempre pega más fuerte.
Se durmió pensando en la verdad. Y en el postre de chocolate.
Sobre todo en el postre de chocolate.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖