El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
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Capítulo 10: La erosión del hielo
El tiempo en la Universidad de Saint Jude siempre parecía correr más rápido entre las paredes del laboratorio de anatomía. Lo que al principio del semestre fue una colisión frontal de egos y una guerra de silencios, con el paso de las semanas se transformó en algo mucho más difícil de clasificar. No eran solo compañeros de proyecto, y definitivamente no eran los extraños que fingían ser en los pasillos.
Eran, contra todo pronóstico médico y social, algo parecido a los amigos.
La rutina se había asentado. Ian seguía siendo el ídolo de la universidad, el chico que sonreía a las cámaras y anotaba triples de infarto, pero cuando el reloj marcaba las seis de la tarde y se encontraba con Sky en la biblioteca o en su habitación para estudiar, la máscara de "capitán perfecto" se deslizaba hacia el suelo con un suspiro de alivio.
—Si vuelves a trazar el nervio ciático con ese marcador rosa fluorescente, voy a pedirle al profesor Garrick que me asigne a un maniquí de plástico. Al menos ellos no tienen gustos cromáticos tan ofensivos —dijo Ian, recargado en el marco de la puerta de la habitación de Sky.
Llevaba sus pantalones cargo y una playera negra de manga larga que acentuaba su porte atlético. Su tono era mordaz, pero ya no tenía ese filo cortante que pretendía alejarla. Era una broma, una púa lanzada con la confianza de quien sabe que será devuelta con la misma fuerza.
Sky, que estaba desparramada sobre su alfombra rodeada de libros, ni siquiera levantó la vista.
—El rosa ayuda a la retención mnemotécnica, Thorne. Además, a tu estructura ósea le vendría bien un poco de color. Estás demasiado obsesionado con el negro. Si te mueres mañana, el forense va a pensar que eras un personaje de una novela gótica.
Ian soltó una risa nasal, una de esas que solo Sky lograba arrancarle. Se sentó en la silla frente a ella, manteniendo su distancia de seguridad, pero sus hombros ya no estaban pegados a las orejas por la tensión. Había una relajación nueva en su postura; se permitía estirar las piernas y observar el caos controlado de la habitación de Sky con una curiosidad que ya no era defensiva.
El misterio tras el muro
A solas, Ian seguía siendo un hombre de pocas palabras, pero el silencio entre ellos ya no era incómodo. Era un silencio compartido. Sky se había dado cuenta de que a Ian no le gustaba hablar de su pasado, ni de su familia, ni de lo que sentía cuando todo el gimnasio gritaba su nombre. Prefería discutir sobre la densidad de los huesos o la mecánica de un salto. Su aire reservado seguía ahí, como una niebla que nunca terminaba de disiparse, pero ahora Sky se sentía cómoda caminando a través de ella.
—¿Por qué la cadena, Ian? —preguntó ella de repente, rompiendo la concentración del estudio.
Él levantó la vista, sus dedos rozaron el metal plateado de forma inconsciente. El tic seguía ahí, pero ya no era un gesto de pánico, sino una costumbre.
—Es de mi abuelo —respondió él, con una brevedad que en otro tiempo habría sido un rechazo, pero que ahora sonaba a confidencia—. Decía que el metal frío ayuda a mantener la cabeza fría. Y en este lugar, a veces es lo único que me recuerda quién soy cuando no estoy encestando balones.
Sky lo observó en silencio. El capitán popular, el chico que todas querían tocar, se sentía solo en medio de la multitud. Esa era la verdad que ella había intuido desde el primer día.
—Bueno, el metal frío está bien —dijo ella, levantándose y acercándose a él con ese descaro que nunca la abandonaba, pero con una suavidad nueva—. Pero a veces, un poco de calor humano no te va a derretir los circuitos, robot.
Ella se sentó en el suelo, justo al lado de su silla. No lo tocó —respetaba su espacio más de lo que admitiría—, pero la cercanía era suficiente para que él pudiera oler su perfume de cereza. Ian no se apartó. No se tensó. Simplemente la miró desde arriba con esos ojos negros que parecían guardar mil secretos bajo llave.
—Eres una loca, Sky —susurró él, y por primera vez, la palabra no sonó a insulto, sino a un apodo casi cariñoso.
—Y tú eres un misterio con patas, Thorne. Pero estamos haciendo un gran equipo. Mis amigas dicen que me has ablandado porque ya no peleo con Madison cada cinco minutos. Dicen que guardo mis energías para molestarte a ti.
—Me siento honrado —ironizó él, aunque una pequeña sonrisa, real y sin filtros, asomó en su rostro—. Aunque creo que es al revés. Tú eres la que me está volviendo loco. El otro día, en pleno partido, me sorprendí pensando en si el ángulo de mi rodilla era el correcto según tus diagramas. Casi fallo un tiro libre por tu culpa.
Sky soltó una carcajada vibrante, golpeando ligeramente el aire frente a él.
—¡Lo sabía! ¡Te estoy colonizando el cerebro! Pronto estarás dibujando fémures en tus cuadernos de jugadas.
La tregua de los viernes
Con el paso de los días, las bromas se volvieron más frecuentes. Se enviaban mensajes cortos durante las clases aburridas. Ian le enviaba fotos de diagramas médicos con comentarios sarcásticos, y ella le respondía con selfies haciendo muecas desde la fila de atrás de sus clases compartidas.
En público, el cambio era sutil pero notable para quienes sabían observar. Ya no había esa hostilidad eléctrica; ahora había miradas cómplices a través de la cafetería. Cuando Ian pasaba al lado de la mesa de Sky, a veces se permitía un comentario rápido que solo ella entendía, dejando a las porristas y a los compañeros de equipo confundidos por ese "idioma privado" que parecían haber desarrollado.
—¿Mañana vendrás al entrenamiento? —preguntó Ian antes de irse de su habitación esa noche. Ya no era una orden, era una pregunta casi vulnerable.
Sky, apoyada en la puerta, le guiñó un ojo.
—Solo si prometes no caerte. No quiero tener que arreglar tu anatomía de nuevo, me toma mucho tiempo hacer los informes de Garrick.
Ian se detuvo un segundo en el pasillo. La luz mortecina del edificio de dormitorios le daba un aire aún más misterioso, resaltando las sombras de su rostro.
—Estaré esperándote en las gradas, Sky. No te tardes.
Se dio la vuelta y se marchó con ese caminar seguro, pero esta vez, no llevaba los hombros rígidos. Sky se quedó mirando cómo se alejaba, dándose cuenta de que el Ian Thorne reservado, el de la lengua afilada y el corazón blindado, le gustaba mucho más que el ídolo universitario que todos adoraban.
Se estaban convirtiendo en algo que ninguno de los dos sabía nombrar. No eran novios, no eran solo amigos... eran dos polos opuestos que habían encontrado un equilibrio en medio del caos. Ian seguía siendo un misterio, un rompecabezas de mil piezas que Sky estaba decidida a armar, y él, por primera vez en su vida, estaba dejando que alguien tuviera las piezas en la mano.