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Volví Ocho Años Antes De Mi Muerte

Volví Ocho Años Antes De Mi Muerte

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Reencarnación(época moderna) / Completas
Popularitas:18.3k
Nilai: 5
nombre de autor: May_Her

Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.

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Capitulo 1: Volver al inicio

El sonido fue seco.

No el estruendo dramático de las películas, con efectos especiales y música de fondo que se hincha hasta alcanzar un crescendo emocional. Fue un ruido sordo, casi doméstico, como cuando algo pesado cae al suelo y el mundo sigue girando como si nada hubiera pasado. Como cuando se te escapa un vaso de las manos en la cocina, el cristal se hace añicos contra las baldosas, y la vida continúa su curso inexorable mientras te agachas a recoger los trozos con movimientos mecánicos, preguntándote cómo algo tan simple puede cambiar la textura de una tarde entera.

Pero esto no era un vaso. Era ella. Era su cuerpo contra el mármol frío.

Valeria sintió que el mundo se detenía. O tal vez fue ella la que se detuvo, la que dejó de pertenecer a ese mundo que durante ocho años había sido su prisión dorada, una jaula con barras de seda que no había sabido reconocer hasta que fue demasiado tarde. El tiempo se estiró y se comprimió al mismo tiempo, esa elasticidad extraña que solo ocurre en los momentos definitivos, cuando la vida y la muerte se dan la mano en un instante que parece eterno.

El suelo de mármol estaba helado contra su mejilla. Una frialdad que penetraba la piel, los músculos, los huesos, como si el material mismo quisiera recordarle que ella nunca había pertenecido a ese lugar, que siempre había sido una intrusa en ese mundo de lujo calculado donde cada objeto había sido elegido para proyectar una imagen, no para crear un hogar.

Recordaba haber elegido ese mármol con Alejandro, tres años atrás, en una de esas raras ocasiones en que él fingía interés por su opinión. Había sido un martes por la tarde, en un showroom del centro donde las baldosas se exhibían como obras de arte en museos, iluminadas por lámparas que costaban más que el sueldo mensual de cualquiera de los empleados que trabajaban allí. Ella había caminado entre las muestras con los pies descalzos, sintiendo las texturas, buscando algo que transmitiera calidez, que dijera "aquí vive una familia".

"Este es más elegante", había dicho ella, señalando un tono crema con vetas doradas que le recordaba a las playas del norte, a los veranos de su infancia antes de que la vida se complicara con hipotecas y expectativas. "Tiene una calidez que..."

"El otro", respondió él sin mirarla siquiera, con el teléfono pegado a la oreja y la mirada fija en algún punto lejano donde sin duda había asuntos más importantes que los deseos de su esposa.

Y así fue siempre. Ocho años de pequeñas derrotas, de concesiones silenciosas, de convencerse a sí misma de que el amor se demostraba cediendo, que el sacrificio era el lenguaje más puro del afecto, que si esperaba lo suficiente, si era lo suficientemente paciente, él eventualmente la vería. La vería de verdad. No como un accesorio más de su vida perfecta, no como la esposa adecuada para las fotos y los eventos, sino como una persona con sueños propios, con miedos legítimos, con una voz que merecía ser escuchada.

Desde donde yacía, con la vida escapándosele por entre los dedos como agua, podía ver sus zapatos, impecablemente brillantes. Zapatos italianos que costaban lo que ella había gastado en ropa durante un año entero antes de conocerlo. Zapatos que nunca tenían un rasguño, un cordón desatado, una mancha de polvo. Como todo en su vida, perfectos. Impecables. Falsos.

Detalles absurdos en los que nunca había reparado comenzaron a cobrar significado, como si la cercanía de la muerte le hubiera agudizado los sentidos, permitiéndole ver por primera vez lo que siempre había estado ahí: el cordón derecho ligeramente más flojo que el izquierdo, una pequeña mancha en el empeine, como de café derramado que alguien había limpiado a medias, el roce del pantalón contra el zapato, ligeramente desgastado del lado izquierdo por la forma en que caminaba, con esa pisada firme y decidida que tanto le había atraído al principio.

Ocho años de matrimonio y nunca había notado que su esposo era zurdo. Ocho años durmiendo en la misma cama, compartiendo comidas, fingiendo una intimidad que nunca existió más allá de lo estrictamente necesario para mantener las apariencias, y nunca había notado algo tan básico, tan fundamental, tan evidente. Porque nunca lo había mirado de verdad. Nunca había querido verlo de verdad. Verlo habría significado reconocer lo que su instanto siempre supo: que Alejandro Rivas era un vacío disfrazado de hombre, un agujero negro que absorbía todo lo que tocaba sin devolver nada.

—¿Por qué...? —intentó preguntar, pero su voz sonó lejana, como si no le perteneciera, como si alguien más estuviera hablando a través de ella desde el fondo de un túnel. Las palabras se atropellaban en su garganta, buscando salida, pero el cuerpo ya no respondía con la fluidez de antes. Cada sílaba era un esfuerzo titánico, una batalla contra la gravedad que parecía haber aumentado su fuerza sobre ella.

Alejandro no respondió de inmediato. Se limitó a observarla con esa expresión suya de analítico distanciamiento, como quien estudia un espécimen bajo el microscopio, registrando datos sin involucrarse emocionalmente en el proceso. Cuando lo hizo, su tono fue el mismo que usaba en juntas de negocios cuando alguien cometía un error costoso: paciente, condescendiente, ligeramente irritado. El tono de quien sabe que está en una posición de poder absoluta y no necesita alzar la voz para que todos a su alrededor se sientan pequeños, inadecuados, perpetuamente en deuda.

—Te dije que no me obligaras a hacerlo.

No había rabia en sus palabras. Tampoco culpa. Solo la molestia de quien tuvo que interrumpir su día para lidiar con un problema inesperado, un contratiempo administrativo que requería solución inmediata. Como si ella fuera un trámite burocrático, una molestia administrativa, un papel que firmar para que todo siguiera su curso. Como si su vida, ocho años de vida compartida, no tuviera más valor que el de una casilla por tildar en una lista de pendientes.

Valeria quiso reír. La ironía era tan brutal, tan absoluta, que si hubiera tenido la fuerza habría soltado una carcajada que habría resonado en las paredes de aquella casa vacía. Qué irónico. Ocho años creyendo que si era lo suficientemente paciente, lo suficientemente comprensiva, lo suficientemente buena, lo suficientemente todo, él terminaría por amarla. Ocho años desgastándose contra un muro que siempre fue invisible para ella, pero que estuvo ahí desde el primer día, sólido, impenetrable, eterno. Ocho años convirtiéndose en la versión cada vez más reducida de sí misma, hasta que apenas quedaba algo reconocible bajo todas las capas de concesiones y silencios.

Ocho años de cenas frías esperando que llegara a casa, sentada sola frente a una mesa dispuesta para dos, con los platos cubriéndose de una película grasienta mientras las horas pasaban y el teléfono permanecía mudo. Ocho años de discusiones donde siempre terminaba pidiendo perdón ella, aunque la culpa fuera enteramente de él, porque disculparse era más fácil que enfrentar el silencio punitivo que imponía durante días cuando ella se atrevía a defenderse. Ocho años de sonrisas falsas en eventos sociales, de posar para fotos donde parecían la pareja perfecta, de contestar preguntas sobre "el secreto de su matrimonio" con respuestas ensayadas que le revolverse el estómago.

"Compromiso", solía decir a las esposas de los socios de Alejandro, que la miraban con esa mezcla de envidia y lástima que ella prefería no interpretar. "Saber ceder. Saber elegir tus batallas."

Pero en lugar de reír, pensó en otra cosa. Pensó en su prima Laura.

Laura, que había intentado advertirle antes de la boda, cuando todo todavía era reversible, cuando ella todavía podía dar marcha atrás sin que hubiera anillos ni contratos ni promesas públicas de por medio. "Ese hombre no es bueno para ti", le dijo una tarde, mientras tomaban café en aquel pequeño local del centro que a ambas les gustaba, con las paredes cubiertas de fotos en blanco y negro y el olor constante a granos recién molidos. "He visto cómo te mira. Como un objeto. Como algo que quiere poseer, no como alguien a quien quiere conocer. Hay algo en sus ojos, Valeria. Algo frío. Algo que me asusta."

Y ella, Valeria, la humilló en una cena familiar delante de todos, aprovechando la oportunidad para demostrar lealtad a su futuro esposo a costa de la única persona que realmente se preocupaba por ella. Fue un domingo, durante un almuerzo que ahora recordaba con una claridad dolorosa, cada detalle grabado a fuego en su memoria como una herida que nunca cerró del todo. La mesa larga del comedor de sus padres, llena de platos que su madre había preparado durante toda la mañana. Las risas de los tíos, que siempre encontraban todo divertido después del tercer vaso de vino. El ruido de fondo de los primos más pequeños jugando en el jardín, ajenos a las corrientes adultas que cruzaban la mesa.

Y Laura, sentada frente a ella, con esa expresión de preocupación genuina que ella confundió con envidia, con el deseo de sabotear su felicidad porque no tenía la suya propia. Qué ciega había estado. Qué estúpidamente, terriblemente ciega.

"Estás celosa", le respondió, y su voz sonó más alta de lo necesario, atrayendo miradas, creando un espectáculo que nadie había pedido. "Nunca has tenido un hombre como él y por eso no entiendes. No entiendes lo que es que alguien te quiera de verdad, que te quiera dar todo lo que mereces."

El silencio que siguió fue brutal. De esos silencios que cambian las cosas para siempre, que marcan un antes y un después en las relaciones. Los cubiertos dejaron de moverse. Las conversaciones paralelas se apagaron. Los tíos se miraron entre sí con incomodidad. Su madre la observó con ojos que no reconocía, como preguntándose en qué momento había perdido a su hija. Laura se quedó inmóvil, con la copa a medio camino de los labios, los ojos brillantes pero sin lágrimas, negándose a darle la satisfacción de verla llorar.

Luego, lentamente, con una dignidad que ella no supo apreciar en ese momento, Laura dejó la copa en la mesa con un sonido suave pero definitivo. Tomó su bolso, ajustó la correa sobre su hombro, y antes de irse, antes de cruzar la puerta que se cerraría entre ellas por años, dijo:

"Ojalá no tengas que aprender por las malas."

Y se fue. De la cena. De su vida. No volvieron a hablarse. No hubo llamadas de reconciliación, ni mensajes de disculpa, ni encuentros casuales que allanaran el camino de vuelta. Solo el silencio, que se extendió y se profundizó hasta convertirse en un abismo que ninguna de las dos supo cómo cruzar.

En la otra vida, claro. En esta, Laura todavía le escribía mensajes que ella ignoraba sistemáticamente. Mensajes que comenzaban con un simple "¿Cómo estás?" y terminaban sin respuesta. Mensajes que ella leía rápido, con una culpa que se negaba a reconocer, y luego borraba para no tener que pensar en ellos, para no tener que enfrentar lo que había hecho, lo que se había convertido.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Alejandro, arrodillándose a su lado con una calma que era más aterradora que cualquier muestra de furia—. Que en serio llegué a pensar que podías ser diferente. Pero al final todas son iguales. Todas quieren lo mismo. Solo que tú... tú tuviste la mala idea de querer irte.

Sus dedos acariciaron el cabello de Valeria con una ternura que heló la sangre más que cualquier golpe podría haber hecho. Ese gesto... lo había hecho tantas veces. Después de cada humillación pública, después de cada noche que llegaba tarde sin explicación y la encontraba despierta esperándolo, después de cada discusión donde ella terminaba llorando mientras él se quedaba perfectamente sereno. Una caricia en el cabello, lenta, casi amorosa, que ella siempre interpretó como una disculpa muda, como un "lo siento" que le costaba decir con palabras.

Pero ahora entendía. Ahora, con la claridad brutal de los últimos momentos, veía ese gesto por lo que realmente era: un recordatorio de poder. Una demostración de que él podía lastimarla y luego acariciarla, y ella seguiría ahí. Como quien acaricia a un perro después de pegarle, para que no deje de quererlo, para mantenerlo dócil y leal a pesar del dolor.

—Ibas a dejarme —dijo él, y por primera vez su voz tuvo un dejo de emoción: indignación, el tipo de ofensa que solo siente quien cree tener derecho absoluto sobre otro ser humano—. Encontré los papeles del divorcio en tu cajón. Escondidos debajo de esa ropa interior que nunca usaste para mí, como si fueras alguien que mereciera secretos. Ibas a dejarme después de todo lo que hice por ti. Después de sacarte de esa casa de mierda donde vivías. Después de darte un apellido que vale más que toda tu familia junta.

—¿Hiciste por mí? —la risa que escapó de sus labios fue débil, casi inaudible, un suspiro más que una risa, pero tenía un dejo de histeria que no pudo controlar—. ¿El qué, Alejandro? ¿Hacerme sentir que nunca era suficiente, que nunca estaría a la altura de tus expectativas imposibles? ¿Recordarme a diario que llegué a tu vida sin nada, como una beneficiaria de tu generosidad en lugar de como tu esposa? ¿O fue cuando dejaste de hablarme por una semana entera, siete días de silencio absoluto, porque me atreví a opinar diferente en una cena con tus socios? ¿Eso fue hacer por mí?

—Te di una vida que ninguna de tus amigas podía soñar. Esta casa, los viajes, la ropa, el apellido. Te di todo lo que nunca habrías tenido sin mí.

—Sí —susurró ella, y su voz sonó más clara ahora, como si la cercanía de la muerte le hubiera devuelto algo de fuerza, algo de la mujer que había sido antes de conocerlo—. Me diste todo eso. Todo lo que brilla. Todo lo que se puede fotografiar y enseñar. Y me quitaste todo lo demás. Me quitaste a mí misma. Me convertí en una extensión tuya, en un mueble más de esta casa, en alguien que existía solo para completar la foto de tu vida perfecta. Me quitaste la capacidad de reconocerme cuando me miraba al espejo.

El frío llegó finalmente a su corazón. No era el frío del mármol contra su piel, sino otro frío, más profundo, más definitivo. El frío de algo que se apaga para siempre, como una llama que se consume hasta convertirse en cenizas que ya no guardan ningún calor. La respiración se volvió superficial, irregular, cada vez más espaciada. Las luces del techo comenzaron a difuminarse, como si alguien estuviera bajando la intensidad lentamente, preparando el escenario para el final.

—Daniel... —el nombre escapó sin que pudiera evitarlo, como una oración, como un deseo, como lo único verdadero que le quedaba por decir en ese momento en que las máscaras caen y solo queda la verdad desnuda.

Alejandro se tensó. Fue una reacción mínima, casi imperceptible, pero ella la sintió en el modo en que sus dedos dejaron de acariciarle el cabello, en la rigidez súbita de su postura. Ese nombre significaba algo, aunque ella no supiera exactamente qué. Ese nombre era una grieta en la fachada perfecta que él había construido alrededor de su matrimonio.

—¿Quién es Daniel?

Valeria sonrió. O al menos lo intentó. No sabía si lo logró, si sus labios llegaron a formar esa curva que en otra vida, en otra versión de sí misma, había sido tan fácil, tan natural. La sonrisa de alguien que tiene algo que el otro no puede quitarle.

—El que siempre estuvo —susurró, y las palabras salieron cargadas de un pesar que pesaba más que cualquier arrepentimiento—. El único que me miró de verdad. Y yo nunca lo vi. Nunca lo miré. Estaba tan ocupada mirándote a ti, tratando de descifrar qué tenía que hacer para que me quisieras, que perdí la única oportunidad real que tuve de ser feliz.

—No te mueras —dijo Alejandro, y por primera vez en ocho años, su voz sonó insegura, quebrada, casi humana—. No hagas esto. No ahora. Podemos... podemos hablar. Podemos arreglarlo.

—Arreglar ¿qué? —preguntó ella, pero ya no estaba segura de si las palabras salían de sus labios o solo resonaban en su mente—. No hay nada que arreglar. Nunca hubo nada. Solo hubo... una ilusión. Una ilusión mía. Y ahora... ahora es demasiado tarde para todo.

—Ojalá... —susurró, aunque ya no estaba segura de si hablaba en voz alta o solo pensaba—. Ojalá pudiera volver... y elegir bien. Elegir de verdad. Elegirme a mí misma.

El mundo se volvió negro. No un negro profundo y terrorífico, sino un negro suave, casi acogedor, como cuando cierras los ojos después de mucho tiempo despierto y finalmente te dejas ir. Y en ese negro, una última imagen: Laura, en aquella cena, diciendo "ojalá no tengas que aprender por las malas".

Había aprendido.

Demasiado tarde.

Pero tal vez... tal vez no era el final. Tal vez, en algún lugar entre la vida y la muerte, había una puerta que todavía no había visto. Una puerta que se abriría hacia algo que no podía ni imaginar.

...****************...

......Valeria......

...Alejandro...

1
Mariana Muñoz
buena muy buena novela la leí de dos veces tenía que hacer otras cosas o la habría leído de una vez bendiciones 🙏🙏🙏 escritora
Luisa Amarilis Blanco Blanco
Interesante 🙀
Chel Garcia
bonita historia 👌🏽 felicidades
💜Isa torres💜
no comprendo nada retrocedió el tiempo y ya había peleado con la prima porque la envidiaba y le dijo que Alejandro no era bueno y resulta que no conoce Alejandro. 🤔
Pily Valdés Pineda: Aja si, sigo perdida desde el capítulo anterior, se supone que pelearon porque la prima la ponía sobre aviso del tipo y que le tenía envidian ahora resulta que no lo conoce, que alguien me explique!
total 2 replies
Natty Suleika Salvatierra Clavijo
Que miedo con ese hombre
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
. E perdí, yo pe sana qué el pleito con la prima había sido por el marido que la mató
Rosa Sandoval
yo también ya me confundí porque se supone que en esta nueva vida de Valeria todavía no era novia de Alejandro
Socorro Simental
regreso cuando tiene 14 años en k momento paso eso
Yolanda Vaca
Y el chofer🤬 donde quedó??
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
Empezamos con todo!!! Me encanta este inicio 👏👏👏
Miriam Colín
Daniel es un amors y además muy maduro y centrado.
Angeline
Muy buena y me gustó que se realmente si hubiera venganza
Angeline
ya está acorralado
Angeline
depredador? ese Alejandro es un loquito
Angeline
cómo que no? No fuiste más basura porque no te dieron tiempo
Mirna Lobo
Buena muy buena, tanto así que me mantuvo con la vida en un hilo por decirlo así, felicidades y que sigan los éxitos 😊
Angeline
Se armó un equipo contra Alejandro
Angeline
Que suspenso
Mirna Lobo
ojalá no sea una trampa 😞
Mirna Lobo
A correr 💨 y muy rápido
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