¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.
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capitulo 20
París los recibió con una lluvia fina que convertía el asfalto en un espejo oscuro. Lía observaba a través de la ventanilla del taxi cómo las luces de la ciudad se difuminaban, sintiendo que cada kilómetro que avanzaban hacia el barrio de Le Marais era un paso más hacia una versión de la historia que nadie le había contado. A su lado, Dante mantenía la mano sobre la suya, un contacto firme que era su única ancla. Él todavía caminaba con un bastón elegante de madera oscura, un recordatorio físico de que el precio de la verdad casi le cuesta la vida.
—Gabriel dijo que la dirección es un edificio antiguo cerca de la Plaza de los Vosgos —murmuró Dante, su voz baja y ronca—. Si Isabelle está viva, Lía, significa que mi padre y el tuyo no solo mintieron sobre el incendio. Mintieron sobre la muerte de la mujer que amaban.
Lía apretó los dedos de Dante.
—Mi padre me llevó a un funeral, Dante. Vi un ataúd. Vi a Gabriel llorar sobre una tumba en Ginebra hace diez años. ¿Cómo se finge una muerte ante tu propio hijo?
—En el mundo de nuestro padre, el dinero puede comprar hasta el silencio de los muertos —respondió él con amargura.
El taxi se detuvo frente a un portal de madera maciza, desconchado por el tiempo. Subieron por una escalera de caracol que crujía bajo sus pasos. El olor a polvo, a pintura al óleo y a café viejo inundaba el ambiente. Al llegar al cuarto piso, Dante se detuvo. Su instinto de cazador, el mismo que lo había llevado hasta Lía en aquel club madrileño, estaba en alerta máxima.
La puerta se abrió antes de que pudieran llamar.
Frente a ellos, una mujer de unos sesenta años, con el cabello cano cortado de forma impecable y unos ojos que eran un reflejo exacto de los de Gabriel, los observaba con una calma aterradora. Vestía una bata de seda oscura y sostenía un cigarrillo largo entre sus dedos.
—Habéis tardado mucho —dijo Isabelle Duchamp en un español perfecto, teñido de un acento francés elegante—. Entrad. La lluvia no es buena para el estado de Lía.
...
El apartamento era un santuario de recuerdos. Las paredes estaban cubiertas de fotografías, planos arquitectónicos y recortes de prensa de la Constructora Montero. Pero en el centro del salón, sobre una mesa de caballetes, había algo que llamó la atención de Lía: un mapa de Europa con rutas marcadas en rojo, conectando Madrid, Zúrich y París.
—¿Por qué? —fue lo único que Lía pudo articular, dejándose caer en un sillón de terciopelo gastado.
Isabelle se sentó frente a ellos, exhalando una nube de humo gris.
—Porque Alberto y Nikola eran dos caras de la misma moneda, pequeña Lía. Se odiaban, sí. Pero ambos estaban atrapados por la misma red. Vuestra empresa, la gran Constructora Montero, no fue financiada por los ahorros de vuestro padre, ni por los préstamos bancarios. Fue financiada por el Consejo de los Seis, una organización que usaba la construcción en España durante los años ochenta para lavar el capital de los conflictos en África y los Balcanes.
Dante se inclinó hacia adelante, su rostro ensombrecido por la luz de las lámparas.
—Mi padre... ¿Nikola trabajaba para ellos?
—Nikola era su ejecutor —reveló Isabelle, mirando a Dante con una mezcla de lástima y frialdad—. Él huyó de París porque se negó a matar a un hombre que el Consejo había marcado. Alberto lo escondió en el lago no por amistad, sino porque el Consejo necesitaba que Nikola estuviera "en reserva". El incendio que tu padre provocó, Dante, no fue para llamar a Alberto. Fue un intento de suicidio colectivo. Quería matarte a ti y matarse él para liberaros a ambos de la deuda que tenían con esos hombres.
Lía sintió que el aire se volvía irrespirable. La narrativa de su vida volvía a cambiar, volviéndose más oscura y compleja. Su padre no era solo un corrupto; era el contable de una mafia internacional. Y el padre de Dante era su sicario arrepentido.
—Si estás viva —dijo Lía, su voz ganando fuerza—, es porque ellos te creen muerta. ¿Por qué revelarte ahora?
—Porque Julián Montero está muerto —respondió Isabelle—. Él era el último que tenía los códigos de las cuentas que el Consejo aún usa en España. Ahora que él no está, el Consejo irá tras de ti, Lía. Tú eres la heredera legal. Eres la única que puede firmar la liquidación de Alba Arquitectura, y ellos no van a permitir que cierres el grifo por el que fluye su dinero.
...
Esa noche, Isabelle les permitió quedarse en el apartamento. La tensión sensual entre Lía y Dante, que había estado latente durante el viaje, estalló en la habitación de invitados, un espacio pequeño lleno de libros de arte y el aroma persistente a lavanda.
Dante cerró la puerta con pestillo y se giró hacia Lía. Sus ojos estaban cargados de una furia contenida, una necesidad de reafirmar que, a pesar de las revelaciones sobre sus padres, ellos eran dueños de su propio destino.
—Lía, mírame —dijo él, acortando la distancia—. Todo lo que hemos descubierto hoy... no cambia lo que siento por ti. No me importa quiénes fueron ellos. Me importa quiénes somos nosotros ahora.
Lía lo rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su cuello.
—Tengo miedo, Dante. Siento que nuestro hijo está naciendo en un campo de batalla que no tiene fin.
Dante la levantó con una fuerza que desafiaba su propia recuperación. La depositó sobre la cama y la desvistió con una urgencia que rayaba en lo desesperado. Sus manos recorrieron su vientre, besando la piel tensa con una devoción casi religiosa. En ese pequeño cuarto de París, el sexo se convirtió en un acto de resistencia. Fue salvaje, profundo, una lucha por olvidar los nombres de Alberto, Nikola e Isabelle.
Lía se arqueó bajo él, sintiendo que cada embestida de Dante era un clavo que cerraba el ataúd de su pasado. El placer fue una marea que los arrastró lejos de las conspiraciones y los mapas marcados en rojo. En el clímax, Lía gritó el nombre de Dante, no como un ruego, sino como un reclamo de propiedad. Eran solo ellos dos, en una ciudad que los quería muertos, amándose como si no hubiera un mañana.
...
A la mañana siguiente, la realidad regresó con un golpe seco en la puerta. Isabelle entró con un periódico francés en la mano. Su rostro estaba pálido.
—Os han encontrado —dijo ella—. El hombre que seguía a Julián en Suiza tiene un reemplazo. Se hace llamar "El Arquitecto", pero no construye edificios. Construye escenas del crimen.
Dante se levantó, buscando su pistola, pero Isabelle lo detuvo con un gesto.
—No podéis huir más. El Consejo ha enviado un mensaje. Quieren una reunión en el Museo de Orsay a medianoche. Si no vais, Gabriel morirá. Lo han capturado en Zúrich.
Lía sintió un frío polar en las venas. Su hermano, el único que la había ayudado desinteresadamente, estaba en peligro por su culpa.
—Iremos —dijo Lía, poniéndose de pie y ajustándose la ropa—. Pero no iremos a negociar. Dante, ¿recuerdas lo que me dijiste sobre que el odio es un motor más fuerte que la gratitud?
—Lo recuerdo —respondió Dante, su mirada volviéndose letal.
—Pues vamos a demostrarles que el amor de una madre que protege a su hijo es un motor más fuerte que el odio de todos sus sicarios juntos —sentenció Lía—. Isabelle, necesito que me des los códigos de las cuentas que Julián no pudo activar. Si quieren el dinero, se lo daremos... pero de una forma que nunca olvidarán.
...
El resto del día fue una preparación frenética. Lía y Dante, junto a Isabelle, trabajaron en un plan que combinaba la estrategia legal de Dante, los conocimientos técnicos de Lía sobre las estructuras de la constructora y la información privilegiada de Isabelle sobre el Consejo.
Descubrieron que el Consejo no era una organización mística, sino una red de empresarios y políticos influyentes que usaban una fundación cultural como tapadera. Lía se dio cuenta de que la única forma de destruirlos era a través de la luz, no de la oscuridad.
—Vamos a transmitir la reunión en vivo —dijo Lía, señalando los dispositivos de micro-cámaras que Isabelle guardaba en su estudio—. No a la policía, que puede estar comprada, sino a todos los medios de comunicación internacionales que cubrieron la caída de Julián. Si nos matan, el mundo entero verá sus rostros y escuchará sus nombres.
Dante la miró con una mezcla de temor y admiración.
—Es arriesgado, Lía. Si nos descubren antes de que la señal sea estable...
—Entonces moriremos como los Montero: en el centro del escenario —respondió ella con una sonrisa triste—. Pero esta vez, será por una buena causa.
Lía y Dante caminanron hacia el Museo de Orsay bajo la lluvia de medianoche. Las sombras de los impresionistas los rodeaban en el gran vestíbulo, pero ellos solo tenían ojos para la figura que los esperaba bajo el gran reloj de la estación. Era un hombre de mediana edad, de aspecto inofensivo, que sostenía una tableta con la imagen de Gabriel atado en un sótano oscuro.
—Bienvenidos a la liquidación final —dijo el hombre, su voz suave y educada—. Señora Montero, espero que haya traído su firma. Señor Valerios, espero que haya traído su testamento.
Lía dio un paso al frente, sintiendo la pequeña cámara oculta en su broche arder contra su pecho.