Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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Las pruebas de la traición
Punto de vista de Alix
Colgué el teléfono y me quedé mirando el aparato por unos segundos. La voz quebrada de Sofía seguía resonando en mis oídos, pero no despertaba en mí la compasión que ella esperaba. Despertaba sospecha. Recordaba demasiado bien cómo esa misma voz, cargada de una falsa dulzura, me había tendido trampas en el pasado. Recordaba sus risas a mis espaldas mientras ella y Julián planeaban mi ruina.
—Sofía está en Delicias. Dice que Julián intentó matarla y que tiene fotos de los documentos —le dije a Adrián, quien ya se estaba poniendo el saco, con el rostro endurecido—. Pero no voy a ir allí como una salvadora ingenua, Adrián. Ella me traicionó una vez; no habrá una segunda.
—Enviaré dos vehículos de seguridad —respondió Adrián con voz ronca—. Uno irá directamente por ella, y nosotros nos mantendremos a una cuadra de distancia. Si es una emboscada de Julián, lo sabremos antes de que puedan acercarse a ti.
El trayecto bajo la lluvia de la ciudad fue tenso. Mis manos, enguantadas en piel negra, apretaban el volante con fuerza. No podía evitar pensar que, hace dos años, yo era la que huía sangrando del alma, y Sofía era la que celebraba. Ahora, los papeles se habían invertido, pero el tablero seguía siendo igual de peligroso.
Llegamos a la zona de la farmacia. A través de los cristales empañados, divisé el auto de Sofía. Estaba mal estacionado, con una luz de cruce parpadeando débilmente. El vehículo de seguridad de Adrián se detuvo justo detrás de ella. Vi a dos de nuestros hombres bajar y acercarse con cautela.
—Quédate aquí —me ordenó Adrián, pero yo ya estaba abriendo la puerta.
—Tengo que verle los ojos, Adrián. Solo así sabré si miente.
Caminé bajo la lluvia, ignorando cómo el agua arruinaba mi peinado. Los guardias ya habían sacado a Sofía de su auto. Al verme, ella intentó correr hacia mí, pero los hombres de Adrián la sujetaron firmemente por los hombros.
Sofía era un desastre. Su bata de seda estaba rota, dejando ver moretones que ya empezaban a tornarse morados en su cuello y brazos. Tenía el labio partido y la mirada perdida de alguien que acaba de ver a la muerte de cerca.
—¡Alix! ¡Gracias a Dios! —sollozó, tambaleándose—. Mira lo que me hizo... ese animal está loco...
Me detuve a dos metros de ella, manteniendo una distancia gélida. No intente tocarla ni de consolarla.
—Cálmate, Sofía. Y mantén las manos donde pueda verlas —sentencié con una frialdad que la hizo retroceder—. Antes de que subas a uno de mis autos, quiero ver lo que tienes.
—¿No confías en mí? ¡Casi me mata por proteger esas fotos! —gritó ella, herida en su orgullo.
—¿Confiar en ti? —solté una risa seca que se perdió entre el trueno—. La última vez que alguien confió en ti en esta ciudad, terminó desaparecida. No me pidas milagros, Sofía. Dame el teléfono.
Ella asintió frenéticamente y sacó el celular de su bolsillo. Con dedos temblorosos, desbloqueó la pantalla y entró en la galería. Me lo entregó con un gesto suplicante.
Tomé el dispositivo y empecé a deslizar las imágenes. Eran nítidas. Cada página de la Clínica del Norte estaba allí. Mis ojos recorrieron las dosis de sedantes, las firmas falsificadas y, sobre todo, una nota manuscrita con la caligrafía inconfundible de Julián: "Asegurar que el proceso parezca natural. No puede haber rastro de los químicos en la autopsia".
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia. Era la prueba definitiva. Julián no solo era un estafador; era un asesino metódico.
—Ya las viste... —susurró Sofía—. Ahora sácame de aquí, Alix. Julián viene detrás de mí, lo sé. Él no se va a quedar tranquilo.
Le entregué el teléfono a Adrián, quien se había acercado en silencio. Él revisó un par de fotos y asintió levemente hacia mí. El trato estaba hecho, pero mi desconfianza seguía intacta.
—Escúchame bien, Sofía —dije, acercándome lo suficiente para que pudiera ver el fuego en mis ojos—. Vas a ir a un lugar seguro. Pero no estarás de vacaciones. Estarás bajo vigilancia constante. Si intentas borrar alguna de esas fotos, si intentas llamar a Julián para negociar un perdón, o si das un solo paso en falso... yo misma te entregaré a él. Y créeme, después de lo que le robaste, no será tan "gentil" como esta mañana.
—Haré lo que digas —dijo ella, bajando la cabeza—. Solo quiero estar a salvo. Solo quiero que él pague por lo que me hizo.
—Él pagará por lo que te hizo y por lo que ha hecho durante estos años—corregí—. Súbanla al segundo auto. Llévenla a la quinta, pero manténganla en el ala oeste, lejos de Rosa por ahora. No quiero que Rosa tenga que ver su cara todavía.
Vimos cómo se llevaban a Sofía. Ella se veía pequeña y derrotada en el asiento trasero, una sombra de la mujer arrogante que solía ser.
Adrián me puso una mano en el hombro, protegiéndome de la lluvia con su propio cuerpo.
—Has sido dura con ella.
—He sido justa, Adrián —respondí, mirando hacia la mansión Ferrara en la distancia—. Sofía no es una aliada; es un parásito que busca un nuevo huésped porque el anterior se está muriendo. Mientras nos sea útil, la mantendremos viva. Pero nunca olvidaré quién es ella realmente.
—Tenemos las pruebas —dijo Adrián, señalando el teléfono—. Con esto, Julián no solo perderá las tierras. Perderá su libertad. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Vamos a procesar estas fotos y enviarlas a un laboratorio forense digital para certificar su autenticidad —dije, subiendo al auto—. Y mañana, quiero que Julián reciba un "regalo" anónimo. Una de estas fotos impresa en su escritorio. Quiero que sepa que el suelo que pisa ya no le pertenece. Quiero que el miedo lo consuma antes de que lleguen las esposas.