Una alfa rebelde
Alismeidy, una dominicana indomable en Italia, choca con una refinada omega. Entre secretos, caos familiar y deseo prohibido, el instinto salvaje de esta alfa pondrá su mundo de cabeza.
¿Podrá esta Alfa indomable domesticar su instinto y ser madre?
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Capítulo 18
Llegó el momento del baile, el punto de no retorno donde la farsa tenía que ser perfecta o nos hundíamos todos. Yo no sabía bailar vals; en mi mundo, los pies se mueven al ritmo de una tambora o un bajo de bachata, no siguiendo las notas matemáticas de una orquesta sinfónica italiana. Cuando los músicos empezaron a tocar las primeras notas, sentí un frío que me recorrió la espalda, un pánico que me dejó clavada en el suelo de mármol. Pero Alessandra, con esa elegancia que parecía llevar en el ADN, me tomó de la mano. Sus dedos estaban fríos, pero su agarre era firme.
—Solo sígueme el ritmo—me susurró al oído, tan cerca que su aliento me rozó el lóbulo—. Si fallamos aquí, Marco nos despedazará delante de todos.
Me pegué a ella. Fue un movimiento instintivo, una respuesta de mi naturaleza Alfa buscando proteger lo que, ante los ojos del mundo, ya me pertenecía. Empecé a moverme, pero no como una marioneta de salón, sino como yo sé hacerlo: con un tumbao suave, pegado, como si estuviéramos bailando una bachata lenta en una marquesina de Santo Domingo, de esas que se bailan cuando ya es madrugada y solo queda el sentimiento. Mis manos, grandes y callosas por el trabajo, se posaron en su cintura de avispa, rompiendo la distancia protocolar que se esperaba de una boda de la alta sociedad.
—Bailas bien para ser una "secretaria profesional" —susurró Alessandra, escondiendo su cara en el hueco de mi cuello para que las cámaras no captaran su expresión de vulnerabilidad.
—Y usted baila muy bien para ser una jefa tan estirada —le respondí al oído, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba contra el mío—. Jefa... la gente nos está mirando. Marco tiene sospechas; tiene esa cara de quien está esperando que uno de los dos dé un paso en falso para soltar los perros.
—Lo sé —contestó ella, y sentí un temblor en su voz que no era de miedo, sino de algo que no podíamos nombrar—. Por eso tenemos que actuar mejor que nunca. Mi padre ya compró la mansión en el centro de Roma, justo frente al Coliseo. Como te dije después de la fiesta hoy mismo nos mudamos. No podemos volver al apartamento donde está tu familia, Alismeidy. El contrato dice que debemos vivir solas para que la prensa, mi familia y los abogados crean que este amor es real.
Eso me dolió como un puñetazo en la boca del estómago. "No podemos volver". Esas palabras significaban que la mentira se hacía más grande, más gorda, más difícil de ocultar. Elizabeth estaba en un apartamento humilde, con los pies hinchados y el corazón lleno de esperanza, esperando a su Alfa, mientras yo me iba a vivir a un palacio de mármol con otra mujer que, aunque era parte de un trato, empezaba a ocupar un espacio peligroso en mis pensamientos.
Mientras dábamos vueltas bajo las lámparas de cristal de Murano, mi mente volaba lejos de los jardines de los Valenti.
Pensamiento de Alismeidy: "Dios mío, Elizabeth... si tú me vieras ahora. Estoy aquí bailando con esta mujer, sintiendo su perfume el aroma de sus fermonas de jazmín que me nubla el juicio, mientras tú estás en casa cuidando a nuestro hijo, preparándole la ropita que compramos en la pulga. Soy la Alfa más rastrera del mundo. Pero tengo que hacerlo. Si no firmo este papel, si no me convierto en la esposa oficial de esta heredera, esos abogados de tu madre te van a quitar al niño usando sus leyes de mierda. Tengo que ser fuerte, tengo que ser de hierro, aunque me duela el alma cada vez que miro este anillo de diamantes que pesa más que una condena".
Al mismo tiempo, Alessandra apretaba sus dedos contra mis hombros, su respiración sincronizada con la mía.
Pensamiento de Alessandra: "¿Por qué me late el corazón tan rápido? Se supone que esto es un negocio, una transacción para salvar mi herencia y su familia. Alismeidy es una herramienta, una Alfa de alquiler. Pero cuando me abraza así, cuando siento su fuerza protegiéndome de las miradas venenosas de mi hermano y de las críticas de mi madre... me siento segura por primera vez en mi vida. La noche del té fue por el afrodisíaco, pero hoy... hoy no hay drogas en mi sistema. Y aún así, quiero que este vals no termine nunca. Perdóname,papá , porque creo que me estoy enamorando de la mentira que yo mismo inventen para salir de tu control".
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Mientras nosotros brindábamos con champaña de quinientos euros y nos dábamos aires de realeza, en el barrio la realidad golpeaba con la fuerza de una tormenta tropical. Doña Altagracia, mi mamá, estaba en la acera, frente al edificio, discutiendo con Doña Chucha, la vecina que se sabe la vida de todo el mundo antes de que pase.
—¡Oye, doña Altagracia! —decía la vecina, agitando un celular viejo— Que dicen en las redes que su hija Alismeidy no está en Santo Domingo nada. Que mi nieto, el que vive en Nueva York, vio una foto en una página de chismes de Italia donde sale una mujer igualita a Alis, vestida de blanco y dándose un beso con una millonaria en una iglesia.
—¡Cierre esa boca, doña Chucha! —voceó mi mamá, blandiendo la chancleta con una autoridad que hizo retroceder a la vieja chismosa—. Mi hija es una mujer de negocios, una Alfa que se faja. Ella está en la capital resolviendo el futuro de ese nieto mío. ¡No me venga usted con cuentos de camino y fotos de gente que se parece a uno! ¡Váyase a atender su estufa!
Pero Elizabeth, que estaba sentada en la sala con el ventilador a todo lo que da para combatir el calor y la acidez, lo oyó todo a través de la ventana abierta. Se tocó la barriga y sintió un vacío que no era hambre, era puro presentimiento.
Alismeidy no le había mandado ni una foto de los supuestos terrenos, las videollamadas siempre eran en lugares cerrados y las conversaciones duraban apenas dos minutos. Algo no cuadraba. El olor de la mentira estaba empezando a filtrarse por las grietas de nuestra relación.
En la fiesta, la noche estaba llegando a su fin. Los fuegos artificiales iluminaron el cielo de Milán con colores que parecían sacados de un sueño, pero para mí eran señales de advertencia. Junior se me acercó, caminando con ese estilo de "chapiador con suerte", ya medio "picado" por el vino caro y con Sonia agarrada del brazo como si fuera un trofeo.
—Alis, manita... te la comiste —me susurró Junior, dándome un abrazo que olía a alcohol y perfume caro—. Pero ten cuidado. Esta gente de aquí no juega. Son lobos vestidos de seda. Yo me voy con mi "jefa", que me tiene un bono de rendimiento preparado en el hotel. Suerte en tu noche de bodas... trata de no romper los muebles, que esos son de la época de Napoleón.
Junior se fue riendo, y yo me quedé sola con Alessandra bajo la luna de Italia. Don Vittorio se nos acercó antes de que subiéramos al Rolls-Royce que nos llevaría a nuestro nuevo destino. Sus ojos estaban rojos por la bebida, pero su mirada seguía siendo la de un tiburón.
—Hijas, disfruten su nueva casa —dijo el viejo, dándome una palmada en el hombro que casi me tumba—. Recuerden que una Omega Valenti no solo se hace con el apellido, se hace con la descendencia. Espero noticias pronto. No me fallen.
Subimos al coche. El silencio dentro del vehículo era tan pesado que sentía que no podía respirar. El chofer subió el vidrio de privacidad y nos quedamos en una burbuja de cuero y oscuridad. Yo miraba el anillo en mi mano y pensaba en la traición; Alessandra miraba por la ventana las ruinas de la ciudad, pensando en su libertad perdida.
El coche se detuvo frente a un portón de hierro inmenso. La mansión en Roma era un monumento al exceso: columnas de mármol, estatuas que parecían mirarte con juicio y una vista directa al Coliseo que te recordaba que en ese lugar, hace siglos, la gente también moría por entretenimiento de otros. El sirviente nos abrió la puerta y nos escoltó hasta la habitación principal.
Era un salón gigantesco. La cama era una montaña de sábanas de seda, cubierta de pétalos de rosa y velas que perfumaban el ambiente con una fragancia embriagadora.
—Mañana tengo que ver a Elizabeth —dije, rompiendo el silencio. Mi voz sonó ronca, casi desesperada—. Tengo que ir al apartamento, inventar una excusa, llevarle dinero... no puedo dejar que siga escuchando los chismes de los vecinos.
—No puedes —dijo Alessandra, sentándose en el borde de la cama. Sus hombros cayeron y vi, por primera vez, las lágrimas rodar por sus mejillas—. Mi padre puso seguridad armada en todas las entradas. Hay doce hombres vigilando este perímetro las veinticuatro horas. Dice que es por "seguridad" contra los paparazzi, pero ambas sabemos la verdad: somos prisioneras. Si sales de aquí para ir a ver a una Omega embarazada, Vittorio lo sabrá en diez minutos. Y si él se entera de que la herencia peligra por una familia "del barrio", no solo se acaba el trato... se acaba tu vida y la de ellos.
Mi celular vibró en el bolsillo del pantalón. Con la mano temblorosa, lo saqué. Un mensaje de Elizabeth: "Alis, no puedo dormir. El bebé está muy inquieto y me duele el alma. Siento que te estoy perdiendo, que hay una pared entre nosotras. Por favor, dime la verdad... ¿dónde estás y con quién estás? Te necesito aquí conmigo".
Me quedé mirando la pantalla, con el anillo de diamantes brillando con una luz fría y ofensiva en la oscuridad de la habitación de lujo. El "toyo" dominicano en Italia se acababa de convertir en una tragedia de proporciones épicas.
Estaba en la cima del mundo, en una cama de seda frente al Coliseo, pero nunca me había sentido tan miserable, tan sucia y tan atrapada en mi propia red de mentiras.
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Continuará...🔥