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Obsesión En Línea

Obsesión En Línea

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Malentendidos / Romance
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Dary MT

Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que

NovelToon tiene autorización de Dary MT para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: El precio de la contención

El lunes por la mañana trajo consigo una amenaza que Ethan Blackwood no vio venir en sus complejos algoritmos. La junta directiva había convocado una reunión extraordinaria para dar la bienvenida a un nuevo y poderoso inversor de capital de riesgo: Julián Torres. Con apenas treinta y dos años, una sonrisa magnética de catálogo y una confianza que rozaba la arrogancia, Julián entró al piso cuarenta pisando fuerte.

Pero lo que verdaderamente desató el infierno interno de Ethan no fue la propuesta financiera del hombre, sino el brillo de depredador en sus ojos cuando se fijaron en Alana.

Durante la presentación en la sala de juntas, Julián no se molestó en ocultar su interés. Cada vez que Alana se acercaba a repartir los memorandos o a actualizar los gráficos en la pantalla principal, el inversor la seguía con la mirada, inclinándose en su asiento.

—Vaya, Blackwood —comentó Julián en un tono lo suficientemente alto como para que resonara en toda la sala, dedicándole a Alana una sonrisa cómplice—. No solo tienes los mejores servidores del país, también tienes a la asistente más deslumbrante de la ciudad. Dime, Alana, ¿siempre eres así de eficiente o solo te esfuerzas para mantener a este hombre contento?

Alana mantuvo la compostura de acero, respondiendo con un asentimiento profesional, pero de reojo observó a Ethan. Su jefe se había quedado completamente rígido en la cabecera de la mesa. Sus dedos, que sostenían una pluma estilográfica de titanio, se apretaron con tanta fuerza que el metal crujió sutilmente. Sus ojos grises eran dos dagas fijas en el cuello de Julián.

La tortura continuó al terminar la sesión. Julián se retrasó a propósito en el vestíbulo, acercándose peligrosamente al cubículo de Alana mientras Ethan observaba la escena desde el umbral de su despacho con la puerta entornada.

—Alana, este viernes daré una fiesta privada para celebrar el cierre del trimestre —dijo Julián, apoyando una mano en el borde del escritorio de ella, invadiendo su espacio con un descaro absoluto—. Me encantaría que fueras mi acompañante. Una mujer con tu clase no debería pasar los fines de semana revisando aburridos balances financieros. Déjame enseñarte cómo nos divertimos los inversores.

Dentro de su oficina, Ethan sintió que la sangre le hervía. Los celos salvajes, posesivos y oscuros que lo habían caracterizado en sus noches como Eros despertaron con la fuerza de un tsunami. Su mano se cerró en el pomo de la puerta, listo para salir, cancelar el contrato millonario con Torres, romperle la mandíbula frente a todo el piso y recordarle a gritos a todo el mundo que Alana Vega le pertenecía. Estaba al límite absoluto de mandar el acuerdo de los tres meses a la mierda. Sus músculos se tensaron, dio un paso al frente...

Pero se detuvo.

Las palabras del pacto resonaron en su cabeza como una alarma: "Si mezclas el trabajo con lo que pasó, me voy ese mismo día". Alana lo estaba mirando desde su escritorio sobre el hombro de Julián, con una ceja sutilmente alzada, midiendo su reacción. Ella lo estaba probando. Si él intervenía usando su poder de CEO, ella firmaría la renuncia y no la volvería a ver jamás.

Haciendo gala de un autocontrol sobrehumano que casi le hace sangrar la encía de tanto apretar los dientes, Ethan soltó el pomo de la puerta. Se obligó a dar un paso atrás, respiró hondo y regresó a su escritorio, devorando su furia en silencio.

Alana, al ver que su jefe se contenía y respetaba sus reglas a pesar de la evidente frustración que emanaba de su cuerpo, sintió un vuelco en el corazón. Él estaba sufriendo, sus celos eran un monstruo devorándolo por dentro, pero estaba eligiendo respetarla a ella por encima de sus propios impulsos salvajes.

Ese nivel de madurez y sacrificio, en la mente de Alana, merecía la mayor de las recompensas.

A las cuatro de la tarde, cuando Julián finalmente se había marchado y el resto del personal del piso bajó a una conferencia en la planta baja, Alana tomó la carpeta de la auditoría, se aseguró de que las persianas automáticas del despacho de Ethan estuvieran cerradas y entró sin llamar.

Ethan estaba sentado con la corbata deshecha, el cabello desordenado por sus propias manos y la mirada perdida en el ventanal, consumido por la rabia.

—Señorita Vega, no estoy de humor para informes —gruñió él, con una voz ronca y peligrosa.

Alana no respondió. Caminó con una lentitud felina, dejando la carpeta sobre una mesa auxiliar. Se acercó al colosal escritorio de cristal negro y, ante la mirada atónita de Ethan, se subió con total parsimonia, sentándose justo en el borde, desplazando algunos objetos. Clavó sus ojos castaños en los de él, desbordando una lujuria que él reconoció al instante.

—He visto lo que pasó hoy con Julián, Ethan —susurró ella, bajando la voz a ese tono ronco que lo volvía loco—. Sé lo mucho que te costó no romperle la cara. Sé la tormenta que llevas por dentro.

—Alana... las reglas... —alcanzó a articular él, con las pupilas dilatadas al límite, su cuerpo entero temblando al tenerla tan cerca.

—La regla número uno la impuse yo, y hoy decido que has sido un hombre lo suficientemente ejemplar como para merecer un premio —lo interrumpió ella con una sonrisa felina.

Con un movimiento lento y deliberado, Alana se deslizó hacia el centro del escritorio de cristal. Abrió las piernas de par en par, recogiendo la tela de su falda ejecutiva gris hasta sus caderas. Debajo, llevaba el conjunto de encaje rojo carmín que él tanto había adorado en fotos.

Ethan soltó un gruñido bajo, un sonido animal, y arrastró su silla hacia adelante hasta que su pecho golpeó las rodillas de ella. Sus manos grandes subieron por los muslos de Alana, quemando la piel, pero se detuvieron justo antes de tocar el encaje, buscando la aprobación final.

—Tómalo, Ethan. Es todo tuyo —ordenó ella, echando la cabeza hacia atrás.

Olvidando la junta, los millones y el mundo real, Ethan se dejó caer de rodillas sobre el suelo de mármol, justo entre las piernas abiertas de su secretaria. Apartó la tela roja hacia un lado con sus dedos, exponiendo la pureza húmeda y sonrosada de Alana, que ya brillaba por la anticipación. El aroma a vainilla y su propia excitación lo golpearon de frente. Inclinó la cabeza y hundió su rostro directamente entre sus muslos, tomando de su néctar con un hambre voraz.

—¡Ah...! —Alana ahogó un gemido, arqueando la espalda cuando la lengua caliente y experta de Ethan hizo contacto directo con su centro.

La frialdad del escritorio de cristal contra sus manos contrastaba con el fuego que la boca de su jefe estaba desatando en su interior. Ethan la saboreaba con una desesperación desquiciada, usando la punta de su lengua para delinear cada pliegue, succionando con una firmeza que hacía que Alana enterrara los dedos en su cabello oscuro, empujándolo más hacia adentro. El hombre más poderoso de la empresa estaba de rodillas, adorándola en el suelo, devorando cada gota de la esencia de la mujer que lo tenía de rodillas.

Los gemidos de Alana llenaron el despacho, rebotando en las paredes. Ethan la llevó al límite con la paciencia de un artesano, hasta que sintió los primeros espasmos. Ella se tensó por completo, apretando los muslos contra la cabeza de Ethan mientras un clímax violento la sacudía en mitad del escritorio. Él se tragó cada gota de su placer, sosteniendo sus caderas con fuerza hasta que los temblores cedieron.

Minutos después, el silencio regresó. Ethan se enderezó lentamente, arrodillado aún, limpiándose la comisura de los labios con el pulso tembloroso, mirándola como a una deidad. Alana sonrió con pereza, bajándose la falda y acomodando su ropa con dedos débiles. Se deslizó fuera del escritorio, recuperando su postura imponente.

—El lunes continúa, señor Blackwood. Espero los informes en mi mesa antes de las cinco —dijo ella con su tono profesional, aunque su voz aún arrastraba la vibración del placer.

Dio media vuelta y salió del despacho, dejando a Ethan en el suelo, completamente encendido y con la erección intacta, pero con la certeza absoluta de que su contención había valido cada maldito segundo.

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Lujan Ayala
me encantoooooooooo
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