Katerina lo tenía todo: una mente matemática brillante, el imperio de superdeportivos Vanguard Atelier y un prometido ideal. Pero el día de su coronación como CEO, su mundo se derrumba. Traicionada por su novio y una enemiga oculta, es narcotizada y expuesta en un falso montaje de infidelidad. Humillada públicamente y al borde del colapso, la obligan a firmar la renuncia que le arrebata el negocio familiar.
En la ruina absoluta, Katerina encuentra un aliado inesperado: Luke, el implacable y magnético CEO de la firma legal más poderosa del país. Conocido como el "tiburón de los negocios", Luke no cree en la compasión, pero la brillantez y dignidad de Katerina despiertan en él una obsesión incontrolable.
Entre noches de pasión salvaje y una complicidad peligrosa, ambos diseñan un algoritmo de venganza implacable. Sin embargo, una red de secuestros, atentados armados y secretos oscuros amenazará con destruirlos antes del juicio final. ¿Podrán recuperar el imperio automotriz, o las cicatrices del pasado los consumirán a ambos? Una historia adictiva de traición, mafia corporativa y un amor indomable.
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CAPITULO 1. EL PESO DE LA CORONA.
La fragancia a cuero italiano de alta gama y a motor recién ensamblado siempre había sido el perfume favorito de Katerina. Para otros, la planta de producción de Vanguard Atelier era un lugar ruidoso y lleno de grasa; para ella, era el tablero de ajedrez donde mejor sabía moverse.
—Los balances del último trimestre están listos, papá —dijo Katerina, deslizando una tableta sobre la imponente mesa de cristal de la sala de juntas. Su voz era firme, modulada con la seguridad de quien no teme a los números—. Redujimos los costes de importación de las aleaciones de titanio en un 14% sin perder un solo ápice de aerodinámica. Brandon hizo magia con el nuevo diseño del chasis.
Gerald, un hombre de sienes plateadas y mirada severa pero cansada, observó los gráficos. Una sonrisa de orgullo, de esas que rara vez mostraba en público, iluminó su rostro. Al lado de Katerina, su hermano mayor, Brandon, asintió con la cabeza mientras limpiaba una mancha invisible de sus gafas. Traía las mangas de la camisa arrugadas y subidas hasta los codos; claramente acababa de subir del taller de desarrollo.
—Te lo dije, viejo —intervino Brandon con una sonrisa ladeada—. Katerina nació para mandar. Si me hubieras dejado esto a mí, Vanguard Atelier estaría en bancarrota en seis meses, pero con mejores motores, eso sí.
Las risas suaves rompieron la tensión de la sala. Monique, sentada al lado de Brandon, le dio un cariñoso golpe en el brazo. Como mano derecha de Katerina y directora de finanzas, Monique conocía al milímetro el esfuerzo de su amiga.
—Es oficial, entonces —anunció Gerald, poniéndose de pie. Tomó una estilográfica de oro, la misma con la que su propio padre había fundado la firma tres décadas atrás, y firmó el acta de sucesión corporativa—. A partir de mañana, Katerina, eres la CEO oficial de Vanguard Atelier. La tercera generación al volante.
Katerina sintió un vuelco en el estómago. El corazón le latía con fuerza, no por miedo, sino por la adrenalina del triunfo. Se puso en pie para abrazar a su padre, sintiendo el respaldo de su familia. Todo era perfecto. Había estudiado, competido y sacrificado sus veintes para este momento.
La puerta de la sala de juntas se abrió de golpe, interrumpiendo el momento familiar.
Leo entró con una sonrisa ensayada, sosteniendo un ostentoso ramo de rosas rojas que desentonaba por completo con la estética sobria y tecnológica de la empresa. Su traje de diseñador no tenía una sola arruga, y su cabello estaba perfectamente engominado.
—¡Mi amor! ¡Felicidades! —exclamó Leo, caminando a zancadas hacia Katerina para rodearle la cintura con un brazo y plantarle un beso en la mejilla—. Siento llegar tarde, el tráfico en el distrito financiero estaba insufrible. Pero no podía perderme el gran día de la nueva reina de la industria automotriz.
Katerina sonrió, aunque una pequeña punzada de decepción le recorrió el pecho. Leo siempre tenía una excusa: el tráfico, una reunión de última hora, un cliente difícil. Llevaban seis años prometidos, seis años en los que el anillo en su dedo parecía más un adorno estático que una promesa de futuro. Cada vez que ella tocaba el tema de fijar una fecha para la boda, él salía con que debían "esperar al momento profesional adecuado".
—Gracias, Leo —dijo ella, tomando las flores—. Llegaste justo a tiempo para el brindis.
—Por supuesto. No me lo perdería por nada del mundo —respondió él, ofreciéndole una mirada cargada de un afecto que, a ojos de cualquiera, parecía legítimo.
Nadie en esa sala, ni la brillante mente matemática de Katerina, pudo notar el frío cálculo detrás de los ojos claros de Leo. Mientras abrazaba a su prometida y saludaba a su futuro suegro con un respetuoso apretón de manos, el cerebro de Leo trabajaba a mil por hora.
“Por fin”, pensó Leo, sintiendo una oleada de codicia mientras contemplaba los logotipos cromados de Vanguard Atelier en las paredes. “Seis malditos años de actuar como el novio perfecto, soportando tus estúpidas charlas sobre números y coches. Por fin la empresa es tuya, Katerina... lo que significa que pronto será mía”.
El plan que él y Laya habían diseñado minuciosamente en aquel pequeño y miserable apartamento universitario estaba a solo un paso de completarse. Solo faltaba el matrimonio, la firma de las cláusulas modificadas y la estocada final.
Leo sonrió de medio lado, apretando la copa de champán que Monique le acababa de tender.
—Brindemos —dijo Leo, elevando su copa en dirección a Katerina—. Por el futuro que nos espera juntos. Un futuro brillante.