Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.
Hasta que la ve a ella.
Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.
De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.
Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.
¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?
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Capítulo 11
Capítulo 11. La viejita del parque
El segundo departamento fue peor que el primero.
Húmedo, con una mancha de moho trepando por la pared de la única recámara, con un foco pelón colgando del techo y un olor a encierro que se le metió en la ropa. La calle de afuera no le dio buena espina: rejas en todas las ventanas, un par de tipos mirándola desde una esquina. Lucía dio las gracias, salió rápido y caminó sin rumbo hasta que dio con un parque, donde se dejó caer en una banca a tomar aire.
Se sentía cansada de una manera nueva. No del cuerpo. Del alma. Empezaba a entender el precio real de la palabra "independencia": no era solo dinero, era humillación tras humillación, puerta tras puerta, la sensación constante de que el mundo estaba diseñado para que una mujer sola no la tuviera fácil.
Estaba en esas cuando oyó el ruido.
A unos metros, una señora mayor caminaba cargando una bolsa del mandado, y de pronto el fondo de la bolsa cedió. Naranjas, un aguacate, un manojo de cilantro, una lata: todo rodó por el suelo del parque como si se hubiera roto una piñata.
—¡Ay, no! —La señora se llevó las manos a la cara.
Lucía ya estaba de pie antes de pensarlo. Corrió, se agachó y empezó a juntar las naranjas una por una, persiguiendo la que se había ido rodando hasta debajo de la banca.
—Espere, doña, yo le ayudo. No se agache usted, deje.
—Qué pena contigo, hija, qué pena. Se me rompió la bendita bolsa.
Lucía hurgó en su propia mochila y sacó una bolsa de tela reforzada, de esas que usaba para cargar telas, y empezó a acomodar ahí el mandado, apretando bien el fondo.
—Tenga, métalo aquí, esta no se rompe. Se la regalo.
—No, cómo crees.
—Que sí, doña. A mí me sobran. —Miró el cielo, que se había puesto gris de golpe, con ese olor a lluvia que se junta antes del aguacero—. Y llévese esto también, que ya va a llover. —Le tendió su paraguas, uno pequeño y gastado, pero suyo—. Lléveselo, no vaya a mojarse.
La señora la miró con unos ojos vivísimos, oscuros, que no tenían nada de la fragilidad que aparentaba el resto de ella. La estudió un segundo de más, como quien reconoce algo.
—¿Y tú cómo te vas a ir sin paraguas, muchacha?
—Yo aguanto un chubasco. Usted no.
—Anda, siéntate un ratito conmigo, que me dio el susto —pidió la señora, palmeando la banca—. A mi edad, un susto se paga caro.
Lucía se sentó. No tenía prisa; no tenía, en realidad, a dónde ir. Y había algo en esa viejita —la manera en que la miraba, sin lástima y sin cálculo aparente— que la hizo bajar la guardia sin darse cuenta.
Y en ese ratito, con la charla suelta de las viejitas que preguntan sin que parezca que preguntan, la mujer le sacó media vida: que se llamaba Lucía, que era costurera —"diseñadora, doña, de alta costura", corrigió con una timidez orgullosa—, que andaba buscando departamento, que vivía todavía con su familia pero ya no por mucho.
—¿Y por qué te vas, si se puede saber? —preguntó la señora, pelando una naranja con una calma de domingo—. Una muchacha no deja su casa así nomás.
Lucía dudó. Pero la pregunta venía envuelta en tanta suavidad que se oyó contestar más de lo que acostumbraba.
—Porque en esa casa yo sirvo para pagar y para callar, doña. Y ya me cansé de las dos cosas.
La señora dejó de pelar la naranja un segundo. La miró con otros ojos, unos ojos de pronto muy despiertos, y asintió despacio, como quien archiva un dato importante.
—Mírala. Con carácter y todo. —Le tendió un gajo—. Eso me gusta. A las muchachas de hoy les falta agallas.
La señora la escuchaba y asentía, y algo se le fue afilando en la mirada, una idea, un cálculo tras la sonrisa dulce.
—Oye, pues qué casualidad —dijo, dándole palmaditas en la mano—. Yo tengo un departamento que rento. Bonito, seguro, en buena zona. Pero soy muy especial: no se lo rento a cualquiera. Solo a gente de confianza, a conocidos. —La miró de arriba abajo otra vez, ahora con abierta simpatía—. Y tú tienes cara de buena muchacha. ¿Sabes qué? Ven a verlo. Algo me dice que te va a gustar.
Lucía sonrió, entre la esperanza y la desconfianza. Sonaba demasiado bueno, y ella ya había aprendido a temerle a lo que sonaba demasiado bueno.
—Doña, con todo respeto… —dijo, midiendo las palabras—. Yo no tengo mucho para pagar. No quiero hacerle perder el tiempo.
—Yo tengo más años que tú y el tiempo lo pierdo en lo que se me antoja. —La señora se rio, un poco pícara—. Mira, muchacha, a mí no me falta el dinero. Lo que me falta es gente decente. Tengo ese departamento vacío y prefiero mil veces una buena inquilina que me lo cuide, a un buen precio, que a un desconocido con mucho billete que me lo destruya. Así soy yo. Rara. —Se encogió de hombros—. Ven a verlo y ya luego arreglamos números. ¿Qué pierdes?
Lucía pensó que, la última vez que alguien le había dicho "¿qué pierdes con conocerlo?", había terminado pagando la cuenta de Ubaldo. Pero esta viejita no se parecía en nada a Brenda. Había algo en ella —una honestidad ladina, si eso existía— que le inspiraba una confianza que no se explicaba.
—¿En serio, doña? ¿Y usted es…?
Pero la señora ya se estaba levantando, acomodándose la bolsa reforzada al hombro, muy digna, con el paraguas prestado bajo el brazo.
—Ándale, apúntame tu teléfono. Yo te marco. Y no me pongas esa cara de "esto es un truco", que ya te dije que soy inofensiva. —Le guiñó un ojo con una malicia dulce que desmentía la palabra "inofensiva" por completo.
Lucía se rio a pesar de sí misma y se lo apuntó. No se le ocurrió preguntar el apellido de la viejita del parque. No tenía forma de saber que acababa de darle su número a la mujer más entrometida —y más poderosa— de toda la ciudad.