NovelToon NovelToon
Casada con el capitán que odiaba

Casada con el capitán que odiaba

Status: En proceso
Popularitas:73
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

...Santi....

Las tres de la mañana y yo con el celular como un imbécil.

No sé en qué momento empecé a buscarla. Creo que fue por la forma en que dijo «ya veremos» antes de cerrar la puerta de su cuarto.

@NinaSalcedoR. La cuenta está abandonada. Último tweet de hace tres años. Pero los anteriores están ahí, todos, como un diario abierto que nadie cerró con llave.

Empiezo a leer. Y ojalá no lo hubiera hecho.

«Julián me prestó su chamarra hoy. Huele a él. Soy patética.»

Junio de hace cinco años. Tenía dieciocho. Yo también tenía dieciocho y estaba al otro lado del campus inventándome una novia falsa para sobrevivir la preparatoria. Bajo el pulgar.

«Cinco años queriendo al mismo idiota. ¿Cuándo se me quita esto?»

Cinco años ella. Cuatro años yo. La misma enfermedad. Los dos amando en silencio a alguien que no nos veía.

Sigo bajando.

«Hoy me miró diferente. O eso quiero creer. Probablemente me estoy inventando todo.»

Me levanto. Saco el mezcal que trajo mi madre y me sirvo directo de la botella. Vuelvo a la cama. Vuelvo a la herida.

«Julián trajo a una chava al ensayo. Güera. Piernas largas. Se llama Mariana o Marina, no me importa. (Sí me importa. Me importa tanto que quiero vomitar.)»

«Tres cervezas y casi le mando un mensaje. Valeria me quitó el celular. Gracias, Val.»

Tweet tras tweet. Una chava de dieciocho, diecinueve, veinte años, repitiendo el nombre de un tipo que nunca la vio como ella lo veía. Y yo reconozco cada línea porque yo fui eso. Cuatro años fingiendo que Sofía era mi novia para no tener que explicar por qué miraba a Nina Salcedo como si el mundo se acabara después de ella.

Le doy otro trago al mezcal. Que queme.

«Es mi cumpleaños y Julián me mandó un audio de cuarenta segundos. Lo he escuchado once veces. Once. Soy un caso perdido.»

Esa chava, la del audio escuchado once veces, está durmiendo a dos paredes de aquí. Envuelta en las cobijas que siempre se le enredan en los tobillos. Y no sabe que existo de esta forma.

Se rio —se rio de verdad, con los ojos y todo— cuando sugerí que pudiera gustarle. Como si yo fuera un chiste que alguien contó mal.

Cierro el teléfono. Me quedo a oscuras con el sabor del mezcal y el peso de doscientos tweets sobre un hombre que no soy yo.

Pienso en sus pecas. Las del hombro izquierdo. Son catorce. Catorce pecas que ella ni siquiera sabe que alguien ha mirado con esa hambre.

Tengo que irme.

Tengo que salir de aquí antes de que ella se dé cuenta de que su esposo de mentiras lleva cuatro años enfermo de ella. Antes de que me mire con lástima o con esa risa otra vez.

Pero no me voy. Me quedo en la oscuridad, con la botella en el piso y el teléfono muerto sobre el pecho, escuchando el silencio de un departamento donde duerme una mujer que todavía huele chamarras ajenas en sus recuerdos.

...Nina....

Me despierto con el pelo como nido de pájaro y un antojo brutal de huevos revueltos.

Son las nueve. Es sábado. El mundo puede esperar.

Salgo del cuarto arrastrando las chanclas, con la playera de la UNAM que me llega a las rodillas, y lo encuentro en la cocina.

Está de espaldas. Sin camisa. Haciendo café.

Me detengo en el pasillo porque Santiago Reverte sin camisa a las nueve de la mañana es un problema para mi capacidad de razonamiento.

—Buenos días —digo con la voz rasposa.

Se voltea. Tiene ojeras fuertes. Los ojos un poco rojos, un poco idos.

—Buenos días.

—¿Dormiste mal?

—Algo.

Se voltea otra vez hacia el café. Yo me siento en el banco alto de la barra.

—¿Algo como "algo" o algo como "nada"?

—Algo como que no es tu problema, Salcedo.

Pero lo dice suave. Lo dice sin filo. Lo dice mirando la cafetera como si le debiera dinero.

—¿Me estás haciendo café a mí también?

—No.

Saca dos tazas del gabinete.

—Dijiste que no.

—Dije que no. Pero saqué dos tazas.

—Eso se llama contradicción.

—Eso se llama costumbre.

Me pone la taza enfrente. Negro, sin azúcar. Como me gusta. Como sabe que me gusta porque lleva semanas viéndome prepararlo igual.

Lo miro. Me cacha mirándolo. Levanta una ceja.

—¿Qué?

—Nada. Te estaba viendo la ojera. Pareces mapache.

—Qué cariñosa.

—Las parejas normales se dicen la verdad.

Le robo su frase. La del beso en la cocina. Y lo veo reaccionar —un cambio mínimo en la mandíbula, un destello en los ojos que dice me acuerdo, claro que me acuerdo.

—Las parejas normales también se besan en las mañanas —dice.

—De día hay que ser decentes, Reverte. ¿Ya se te olvidó?

—No se me olvidó. Estoy probando los límites de tu definición de decencia.

Nos miramos por encima de las tazas como dos personas que saben exactamente lo que va a pasar y están jugando a que no.

Y entonces suena el teléfono. Mi teléfono. En la barra. La pantalla hacia arriba.

JULIÁN.

Lo veo. Él lo ve. Los dos lo vemos al mismo tiempo.

No contesto. Dejo que suene. Se corta.

—¿No vas a contestar? —pregunta, con un tono que no tiene nada de casual.

—Es temprano para Julián.

Vuelve a sonar. JULIÁN. Santiago pone la taza en la barra. Despacio. Con esa calma suya que significa lo contrario de calma.

Se corta. Vuelve a sonar. Tercera vez. Extiendo la mano hacia el celular.

Y Santiago se mueve.

No me lo quita. No dice nada. Se mueve hacia mí con dos pasos largos, me toma de la cintura y me levanta del banco como si yo no pesara nada, como si fuera algo que puede cargar con una sola decisión.

—¡Oye!

Me lleva. Así, cargada, con las piernas colgando y las chanclas cayéndose en el pasillo, lejos del nombre en la pantalla, lejos de la tercera llamada que sigue sonando en la cocina vacía.

—¡Santiago! ¡Bájame!

—Dije buenos días. Tú dijiste buenos días. Estábamos teniendo una mañana.

Me deja en su cama. Se queda parado mirándome con esa expresión que tiene cuando algo le duele pero no va a decir qué.

—El teléfono —digo.

—Va a dejar de sonar, Nina.

Y deja de sonar. El departamento se queda en silencio. Solo nosotros. Solo sus ojos oscuros y mis piernas desnudas debajo de la playera de la UNAM.

—Son las nueve de la mañana —digo.

—Sí.

—De día hay que ser decentes.

—Sí.

No se mueve. Yo tampoco.

—Ven —digo.

Y viene.

...Santi....

De día. Con la luz entrando por la ventana, sin excusas, sin la oscuridad que le da permiso a las cosas. De día, con el café enfriándose en la cocina y el teléfono de ella muerto en la barra.

De día, con las pecas.

Son catorce. Ahora las cuento con los labios. Una, dos, tres, cuatro. Ella se ríe. Cinco, seis, siete. Se le corta la risa. Ocho. Nueve. Me jala el pelo. Diez.

Después no cuento nada. Después solo existe esto: su boca, sus manos, la forma en que dice mi nombre cuando se le olvida que somos decentes, la forma en que me clava las uñas en la espalda como si quisiera dejar evidencia.

La luz del sábado nos cubre enteros. Sin sombras. Sin escondites.

De día.

...Nina....

Estamos acostados. Él boca arriba. Yo de costado, con la cabeza casi en su hombro pero no del todo, porque todavía tenemos esa cosa de casi-pero-no, de acercarnos sin admitir que nos estamos acercando.

—Aunque seamos esposos —digo al techo—, de día hay que ser decentes.

—¿Eso no lo dijiste ayer?

—Sí.

—¿Y qué pasó?

—Claramente no funcionó.

Se ríe. Bajito. Con los ojos cerrados. Una risa que le sale del pecho y que yo siento en la piel porque estamos así de cerca.

—Mañana sí va a funcionar.

—Mañana es domingo. Tampoco va a funcionar.

—Eres insoportable.

—Soy realista.

Me quedo callada. Él me pasa los dedos por el brazo, despacio, como si estuviera dibujando algo. Me pregunto si está contando otra vez. Me pregunto qué cuenta. Me pregunto desde cuándo cuenta.

—Tu teléfono se murió —dice.

—Qué lástima.

—Le puedo poner a cargar.

—No hay prisa.

—¿Y si vuelve a llamar?

Lo miro. Tiene los ojos abiertos ahora, fijos en el techo, y la mandíbula apretada de esa forma que tiene cuando algo le molesta y no quiere mostrar cuánto.

—Es Julián —digo—. Probablemente quiere algo del viaje.

—¿Eso te molesta?

—¿Qué cosa?

—Que Julián llame.

—No me molesta nada, Salcedo.

Mentira. Mentira completa. Le molesta el nombre, las tres llamadas, la posibilidad de que yo conteste, la historia que él no conoce pero que quizá intuye. Porque Santiago Reverte intuye todo. Ese es su problema y el mío.

Me levanto. Busco mi playera en el piso. Él finge que no me mira.

Salgo al pasillo a buscar mis chanclas.

Mi celular tarda veinte minutos en prender. Cuando lo hace, tengo cuatro llamadas perdidas de Julián y un mensaje.

«Nina, confirmado. Me apunté al viaje del cañón. Nos vemos allá.»

Algo se me aprieta en el estómago. Ya no es emoción, no de esa clase. Es la certeza de que esto va a complicar todo.

Voy al cuarto de Santiago. Está sentado en la cama, con el teléfono en la mano, ya vestido, como si los últimos cuarenta minutos no hubieran pasado.

—Julián va al cañón —digo desde la puerta.

—¿Al viaje?

—Se apuntó.

Guarda el teléfono en el bolsillo. Se pasa la mano por la cara. Sonríe, pero la sonrisa no llega a ninguna parte.

—Perfecto —dice.

Y la palabra suena exactamente como lo contrario.

—Santiago.

—Perfecto, Nina. Va a estar perfecto.

Se levanta. Pasa junto a mí en la puerta. Me roza el hombro al pasar —el izquierdo, el de las pecas— y sigue caminando hacia la cocina a calentar el café que lleva una hora muerto.

Me quedo en el marco de la puerta, viéndolo irse, pensando en su voz diciendo las parejas normales también se besan en las mañanas, pensando en sus manos, pensando en la forma en que dijo perfecto como si la palabra le supiera a vidrio.

Pienso que hay algo que no me está diciendo.

Pienso que hay muchas cosas que no me está diciendo.

Pienso que, a lo mejor, yo tampoco me estoy diciendo las cosas que necesito oír.

—————————————————————————————————

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play