Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.
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EL REFUGIO DE CRISTAL
El domingo en la mansión de Amelia Castañeda no era un día de descanso convencional; era el único momento en que el acero de su vida profesional y la frialdad de su identidad en la mafia se derretían bajo el calor de la calidez familiar. A pesar de los riesgos que acechaban su imperio, la propiedad era un remanso de paz absoluta, blindado por tecnología de punta y por la lealtad inquebrantable de Bruno Ríos, quien ese día sustituía su habitual traje negro por una camisa casual, aunque sus ojos seguían escaneando cada rincón de los jardines con precisión militar.
El sol de la mañana se filtraba a través de los enormes ventanales del comedor, iluminando una mesa servida con generosidad. Teresa, la madre de Amelia, presidía la reunión con una sonrisa que lograba borrar décadas de sufrimiento. Diego y Martina, ya más maduros, intercambiaban opiniones sobre sus estudios, mientras Rosario supervisaba que los platos favoritos de los niños estuvieran siempre a punto. Era una estampa de normalidad que contrastaba violentamente con la realidad de Amelia: una mujer que, a esa misma hora, estaba siendo investigada por el hombre más poderoso del país.
—Mamá, ¿podemos ir mañana al club? —preguntó Martina, cuya audacia era solo comparable a su inteligencia.
Amelia, que disfrutaba de una taza de café negro en silencio, levantó la mirada y sonrió.
—Tienen escolta asignada, Martina. Sabes que no es negociable hasta que las aguas se calmen con el tema de la licitación de Ferrer.
—Es un poco exagerado, ¿no crees? —intervino Diego, con su humor característico—. Si alguien intenta acercarse a nosotros, Bruno solo tiene que lanzarles una mirada asesina y saldrán corriendo. Además, mamá tiene a su "Bestia" personal domesticada, ¿verdad?
Amelia dejó la taza sobre el plato con un sonido seco, pero no pudo evitar que una risa genuina se le escapara.
—No está domesticado, Diego. Está confundido. Hay una gran diferencia.
La mañana transcurrió entre risas, juegos en el jardín y la sensación de que, por unas horas, el mundo exterior no existía. Pero la paz en la casa de los Castañeda era una moneda de cambio cara. Cerca del mediodía, un tono de llamada distinto, uno que solo Amelia reconocía, vibró en su teléfono personal. Se excusó con su madre y se retiró al despacho, donde el aire ya no olía a café y pan, sino a tabaco y tensión.
Era Natalia.
—Amelia, tenemos un problema —la voz de su mejor amiga sonaba tensa—. Héctor me ha contado que Sebastián ha estado haciendo preguntas inusuales sobre un despacho contable pequeño que usaste hace diez años, cuando empezaste. Está siguiendo el rastro del dinero, Amelia. Si llega a los muelles, si llega a los registros del puerto...
—No llegará —respondió Amelia, con una voz tan gélida que habría congelado el agua—. Tengo todo el sistema encriptado bajo capas de seguridad que incluso su equipo de expertos tardaría años en descifrar. Si sigue escarbando, encontrará lo que yo quiera que encuentre.
—Sebastián no es tonto —insistió Natalia—. Está obsesionado. Y Bárbara se ha aliado con Carlos Vargas. Se han visto en secreto en un club privado. Carlos busca desesperadamente una forma de hundirte, y ella quiere recuperar el estatus que cree que tú le has robado a Sebastián. Es una combinación explosiva.
Amelia se acercó al ventanal y miró a sus hijos jugando cerca de la piscina. El instinto asesino que vivía en su interior, el de "El Demonio", se despertó con una fuerza abrumadora. Si alguien intentaba romper la burbuja de paz que había construido para Teresa, Diego y Martina, los reduciría a cenizas sin una gota de piedad.
—Deja que Carlos se mueva —dijo Amelia, su mandíbula apretándose—. Bárbara es solo un adorno con veneno, no sabe jugar en la liga en la que yo me muevo. En cuanto a Sebastián, voy a darle algo para que se mantenga ocupado. Si quiere investigar, le daré un caso que lo llevará a un callejón sin salida.
Colgó el teléfono y volvió al comedor. Sus hijos la miraron, esperando una respuesta sobre su petición del día anterior.
—Mamá, por favor —insistió Diego—, danos una oportunidad. Suelta un chiste. Si nos haces reír con uno de esos tuyos, dejamos el tema del club.
Amelia arqueó una ceja, mirando a su familia. La idea de usar su "arma secreta" en un domingo tan pacífico le resultó irónica.
—¿Están seguros? Saben que son terribles.
—Por eso queremos escucharlos —dijo Martina riendo—. ¡Adelante!
Amelia suspiró, negando con la cabeza.
—Bien. ¿Qué hace una abeja en el gimnasio?
Diego y Martina se miraron, expectantes.
—¡Zumbando! —gritó Diego antes de que ella terminara, pero Amelia se mantuvo seria.
—No... "Zumba" —dijo ella con una seriedad fingida que provocó una carcajada colectiva en la mesa. Incluso Rosario tuvo que cubrirse la boca con el delantal para ocultar su risa.
Amelia sonrió, pero sus ojos seguían analizando el horizonte, donde las sombras de Carlos y Sebastián se cernían como nubes de tormenta. Mientras su familia disfrutaba, ella ya estaba moviendo sus piezas en el tablero invisible. El domingo era para ellos, pero la guerra, esa que nadie veía venir, continuaba librándose en su mente. Ella no era solo una madre, no era solo una CEO; era la arquitecta de un destino que, muy pronto, obligaría a todos los que la habían subestimado a arrodillarse ante la reina de las sombras. Sebastián Ferrer descubriría, muy pronto, que investigar a "La Tiburón" era el error más costoso de su vida.