En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 3: El dominio de la mente
Para Dorian y Rosalie, la capacidad de tener sueños lúcidos trascendía el simple entretenimiento infantil. No era una simple curiosidad psicológica; representaba una necesidad vital de supervivencia emocional. Ambos eran prisioneros de sus respectivas realidades, y el mundo de la inconsciencia consciente era su único pulmón de oxígeno.
En la mansión aislada, Dorian había perfeccionado su arquitectura onírica con la precisión de un ingeniero obsesivo. A lo largo de los años, sus sueños habían tomado la forma de bastiones solemnes y oscuros. Construía enormes bibliotecas con estantes de caoba que se perdían en bóvedas de crucería, acantilados de piedra negra moldeados por el embate feroz de océanos embravecidos, y castillos solitarios donde el único sonido era el silbido del viento entre las almenas.
En esos dominios, Dorian caminaba erguido. Lo primero que hacía al tomar control de su sueño era llevarse la mano izquierda al rostro. Sentía la piel lisa, firme y tersa. Abría ambos ojos y contemplaba el horizonte con una nitidez binocular que en la realidad había olvidado hacía diecisiete años. En sus sueños, no había espejos cubiertos por telas negras para evitar su propia imagen, ni criados que apartaban la mirada con repugnancia contenida. Era un hombre entero, un soberano absoluto en un imperio de sombras tranquilas.
Por su parte, la mente de Rosalie era un estallido de color, luz y textura, un contraste directo con la monotonía gris de su rutina diaria. En sus noches de libertad, diseñaba vastos campos de lavanda que ondulaban bajo cielos teñidos de violeta y oro al atardecer. Edificaba invernáculos de cristal transparente llenos de plantas exóticas que jamás se marchitaban, y ciudades de mármol blanco donde la música sonaba en cada esquina sin que nadie la mandara a callar.
En sus sueños, Rosalie llevaba vestidos vibrantes que ondeaban al viento. Corría libremente, cantaba con fuerza y no tenía que ocultar sus pensamientos ni pedir perdón por existir.
Ambos estaban convencidos de que eran los únicos arquitectos de sus universos nocturnos. Creían firmemente que la mente humana era un castillo con murallas impenetrables y que sus creaciones eran ilusiones solitarias, moldeadas para mitigar la locura del aislamiento.
Ninguno de los dos imaginaba que la soledad, cuando alcanza una profundidad abisal en dos almas distintas, es capaz de actuar como un catalizador. Cuando el dolor del aislamiento en el mundo real se vuelve insoportable, la mente busca desesperadamente una fisura en el tejido de la realidad para conectar con otra existencia que resuene en la misma frecuencia.
El puente entre sus mundos estaba a punto de erigirse.
La noche en que sus vidas cambiaron para siempre, la lluvia del mundo real caía con una violencia implacable sobre la provincia. Las gotas golpeaban los cristales de la mansión Ashford y de la residencia Thorne con un ritmo monótono y pesado.
Rosalie se sumergió en el sueño buscando su refugio habitual. Sin embargo, al abrir los ojos dentro de su mente, no encontró los campos cálidos de lavanda ni los jardines de cristal. Se hallaba sobre un desfiladero de rocas oscuras y mojadas por el oleaje, en medio de una costa sombría abatida por una niebla densa, fría y salobre.
El viento le agitaba el cabello castaño y el dobladillo de una túnica blanca que llevaba puesta. Confundida, miró a su alrededor.
—Esto no es mío... —murmuró para sí misma. Su voz fue amortiguada por el estruendo de las olas estrellándose contra las rocas inferiores.
En sus sueños, ella conocía cada piedra, cada cambio de luz y cada corriente de aire antes de crearlos. Pero aquel lugar poseía una densidad distinta, una temperatura implacable y una tristeza que no pertenecían a su repertorio emocional habitual.
A lo lejos, erguido sobre la cúspide de la colina de piedra negra, se alzaba una estructura colosal: un faro de arquitectura gótica, construido con bloques de granito oscuro, coronado por una linterna de hierro forjado. Una luz cálida y potente giraba lentamente desde la cima, cortando la niebla con un haz dorado.
Impulsada por una curiosidad que desafiaba la lógica del sueño lúcido, Rosalie comenzó a caminar. Sus pies descalzos sentían el tacto frío y abrasivo de las rocas. Subió los peldaños carcomidos por el musgo que serpenteaban hacia la base de la torre. Cada escalón se sentía ridículamente tangible, demasiado real para ser una simple fantasía pasajera.
Llegó a la entrada. La pesada puerta de hierro estaba entreabierta. Al empujarla, un crujido metálico resonó en el interior. Rosalie comenzó a ascender por una escalera de caracol de hierro que parecía no tener fin. Con cada paso que daba, el sonido de sus pisadas producía un eco profundo que retumbaba en las paredes de piedra.
Tras varios minutos de ascenso, alcanzó la parte superior: la sala de la linterna. Era una estancia circular rodeada por ventanales altos que ofrecían una vista de trescientos sesenta grados al océano embravecido.
Y allí, de pie junto a la barandilla de hierro, de espaldas a la entrada, había un hombre.
Era alto, de hombros anchos y postura impecable. Vestía un abrigo oscuro de corte victoriano que se ajustaba a su figura. Miraba fijamente hacia el horizonte tormentoso, y de toda su persona emanaba una melancolía tan densa, tan palpable, que el aire de la estancia parecía pesar el doble.
Rosalie dio un paso hacia adelante, pero su pie hizo crujir una tabla suelta de la plataforma de madera.
El hombre se giró de golpe.