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Engranajes De Cristal

Engranajes De Cristal

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Engranajes de Cristal narra la historia de Elena Valmont y Dorian Sterling, herederos de dos imperios automotrices rivales impulsados por tecnología rúnica. Casados hace cinco años, fingen ante la alta sociedad un matrimonio idílico, mientras puertas adentro viven un infierno de reproches: Dorian está convencido de que ella lo drogó y chantajeó en la universidad para someter a su familia, e ignora que Elena fue manipulada por el patriarca de los Valmont y que aún lo ama en silencio con la misma intensidad con la que él, en secreto, sigue atado a ella.
El punto de quiebre estalla cuando la farsa se vuelve insostenible y Elena desaparece sin dejar rastro, ocultándose durante tres años en el anonimato para dar a luz y criar a sus dos gemelos lejos del poder y las intrigas corporativas. Cuando sus caminos vuelven a cruzarse, Dorian deberá desentrañar la red de mentiras que destruyó su juventud, enfrentar la verdad sobre el pasado y luchar contra su propio orgullo para reconquistar a Elena

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Capítulo 4: El espejismo de una noche

Las palabras del médico quedaron suspendidas en el aire como partículas de escarcha. En la pequeña sala de recuperación, el silencio se volvió tan denso que el zumbido de los tubos fluorescentes de éter parecía taladrar los tímpanos.

—¿Seis... semanas? —repitió Elena, con un hilo de voz que apenas movió el aire.

Se llevó una mano temblorosa al abdomen bajo, cubierta por la tela áspera de la bata clínica. Su mente no necesitó hacer cálculos; el calendario en su cabeza se detuvo de golpe en una fecha exacta. Seis semanas. Aquella noche de tormenta eléctrica en la capital, cuando Dorian había regresado de la frontera consumido por una fiebre de éter tras la explosión de un transformador rúnico.

Esa noche, Dorian deliraba. Había entrado al ático tambaleándose, empapado, con la mirada extraviada y los ojos inyectados en sangre. Elena, incapaz de dejarlo desplomarse en el suelo, lo había llevado hasta su propia cama para limpiar sus heridas y enfriar su piel ardiente con paños de hierbas sedantes. Pero en la penumbra del dormitorio, Dorian la había sujetado de las muñecas con una desesperación salvaje, llorando contra su cuello, repitiendo su nombre entre súplicas rotas como si estuviera al borde de la muerte. La había besado con un hambre voraz, casi dolorosa, llamándola su único hogar. Y Elena, que llevaba un lustro muriéndose por una sola caricia verdadera, había cedido. En la oscuridad absoluta, derramando lágrimas silenciosas, le había entregado lo único que aún le pertenecía: su inocencia intacta, su cuerpo que jamás había conocido a otro hombre.

A la mañana siguiente, cuando Elena despertó con el cuerpo magullado y el alma expuesta, Dorian ya no estaba. Se había marchado antes del amanecer sin dejar una sola nota, y cuando regresó semanas después, actuó con la misma frialdad impenetrable de siempre. Elena creyó que él recordaba todo y que su silencio era el desprecio definitivo, la prueba de que ni siquiera la intimidad podía ablandar su corazón.

Lo que Elena ignoraba era el infierno que ardía en la cabeza de Dorian en ese preciso instante.

Dorian miró al doctor con los ojos desencajados. Su mente era un torbellino caótico de sombras y negación. ¿Seis semanas? En su memoria, él jamás había tocado a su esposa en cinco años. Aquella noche de tormenta solo existía en su recuerdo como una alucinación perversa provocada por el veneno del éter en su sangre. Recordaba haber despertado en su propio camarote aéreo al día siguiente con la boca amarga y el aroma a lirios de Elena impregnado en sus dedos, convenciéndose a sí mismo de que su cerebro enfermo le había jugado una mala pasada: un sueño húmedo y tortuoso nacido de su frustración y de su patético deseo reprimido. Jamás se le cruzó por la mente que aquello hubiera ocurrido en la realidad. Porque en el mundo de Dorian, Elena jamás se entregaría a él con esa entrega temblorosa, y sobre todo, porque él estaba convencido de que ella era una mujer experimentada que se había burlado de su castidad años atrás en la universidad.

—Doctor —la voz de Dorian salió como una cuchilla oxidada, áspera y desprovista de emoción—. Déjenos solos. Ahora mismo.

El médico notó de inmediato la corriente helada que tensaba la habitación, asintió con una reverencia incómoda y cerró la puerta tras de sí.

El sonido del cerrojo fue la chispa que detonó la dinamita.

Dorian dio dos zancadas lentas hacia la camilla. Sus manos se cerraron en puños tan apretados que los nudillos se tornaron blancos como el hueso. Su mandíbula temblaba bajo una furia que no era más que el disfraz de un dolor insoportable, de la certeza venenosa de que la última pesadilla que Valeria Vance le había advertido se estaba haciendo realidad ante sus ojos.

—¿De quién es? —soltó él, en un susurro cargado de ponzoña.

Elena alzó la cabeza de golpe, sintiendo como si le hubieran arrojado un balde de agua helada en el pecho.

—¿Qué?

—Te pregunté de quién es ese bastardo que llevas dentro, Elena —escupió Dorian, inclinándose sobre la barandilla de la camilla, con los ojos grises ardiendo en una mezcla de asco y desolación—. No me mires con esa cara de doncella ofendida. Sabemos perfectamente que tú y yo no hemos compartido una cama en cinco años.

Elena se quedó sin aire. Lo miró fijamente, buscando en sus facciones algún rastro de burla, algún vestigio de crueldad calculada. Pero lo que vio en la mirada de Dorian fue algo peor: ignorancia absoluta y una convicción ciega de su propia mentira.

—Dorian... ¿acaso no recuerdas la noche de la tormenta? —preguntó ella, con la voz quebrándose en los bordes, el pulso latiéndole con violencia en la garganta—. Llegaste ardiendo en fiebre. Estabas herido. Te quedaste en mi habitación...

—¡Cállate! —rugió él, golpeando la estructura metálica de la camilla con la palma de la mano, haciendo que el monitor cardíaco emitiera un pitido histérico—. ¡No te atrevas a usar mis delirios para encubrir tus miserias! ¡Esa noche estaba intoxicado por los gases de la turbina! Apenas pude mantenerme en pie para llegar al hangar. ¿Pretendes hacerme creer que tuvimos una noche de pasión marital que convenientemente coincide con las fechas de tu amante?

Las lágrimas que Elena había contenido durante años amenazaron con desbordarse, pero las tragó con puro orgullo herido.

—No fue un delirio, idiota... —susurró ella, temblando de rabia e impotencia—. Estuviste conmigo. Te entregué todo lo que era mío. ¡Todo!

Dorian soltó una carcajada seca, rota, que sonó como un cristal partiéndose contra una piedra.

—¿Entregarme qué, Elena? ¿Tu supuesta inocencia? —sus ojos la recorrieron con un desprecio lacerante—. Por favor. Sé perfectamente quién eres desde la facultad. Sé lo que hacías en los dormitorios con Navarro mientras me sonreías en el laboratorio. Valeria me lo contó todo hace años, con detalles que no dejan lugar a dudas. Siempre fuiste una actriz impecable. Y ahora pretendes encajarme al hijo de algún socio o de algún mecánico de tu taller para asegurar tu posición en el consorcio.

El nombre de Valeria cayó en la mente de Elena como una revelación siniestra. En ese segundo atroz, todas las piezas inconexas encajaron con una claridad despiadada: la distancia de Dorian tras la boda, el desdén con el que la miraba, la frialdad con la que se negaba a tocarla incluso cuando sus ojos traicionaban el deseo que sentía. No era solo el chantaje de su padre; Dorian creía que ella era una mujer promiscua que se había acostado con otros para burlarse de él. Él creía en una mentira fabricada por la persona más venenosa de su círculo, y en su arrogancia, jamás se había dignado a preguntarle la verdad.

Elena cerró los ojos por un instante. Cuando los volvió a abrir, el temblor en su cuerpo había cesado por completo. Una calma gélida, profunda y peligrosa reemplazó la vulnerabilidad en su semblante.

—Tienes razón, Dorian —dijo ella, con una voz tan suave y vacía que a Dorian se le heló la sangre en las venas—. ¿Cómo pude pensar que un hombre como tú sería capaz de recordar una noche semejante?

—Elena... —comenzó él, desconcertado por el repentino cambio en la actitud de su esposa, sintiendo una punzada extraña de pánico ante la frialdad de su mirada.

—No te preocupes por el apellido Sterling —continuó ella, incorporándose despacio en la camilla y retirándose el catéter del dorso de la mano con un movimiento seco, dejando que una gota de sangre manchara la sábana sin inmutarse—. Este hijo no tiene nada que ver contigo. No pedirá tus patentes, ni tus acciones, ni tu miserable orgullo.

—Vas a decirme quién es el padre —exigió Dorian, enderezándose, luchando por mantener la máscara autoritaria mientras una voz en el fondo de su conciencia le gritaba con desesperación que estaba cometiendo el peor error de su vida—. La prensa destrozará la fusión si esto sale a la luz. Tu padre no te permitirá...

—Mi padre no va a decidir nada más sobre mi vida —lo interrumpió Elena, clavando sus ojos oscuros en él con una determinación de acero que jamás le había visto—. Ahora sal de mi habitación. Me das asco, Dorian. Pero más asco me da la mujer que fui por haber creído que debajo de ese apellido quedaba un corazón humano.

Dorian se quedó inmóvil, mudo, sintiendo como si le hubieran arrancado el suelo bajo los pies. Quiso hablar, quiso gritarle que le dijera la verdad, pero su orgullo y el veneno que llevaba cinco años pudriendo su alma le cerraron la garganta. Dio media vuelta sobre sus talones y salió azotando la puerta.

En el pasillo, Valeria Vance lo esperaba fingiendo un sobresalto compasivo.

—Dorian, ¿qué ocurrió? Te escuché gritar...

—Organiza el transporte para mi regreso inmediato a la base norte —ordenó Dorian sin mirarla, con la voz completamente muerta—. Y mantén a la prensa alejada de esta clínica. Si alguien filtra una sola palabra de lo que hay en ese expediente médico, me aseguraré de que la empresa Vance no vuelva a suministrar un solo gramo de aleación en este continente.

Valeria sonrió para sus adentros mientras Dorian se alejaba a zancadas por el corredor. Su veneno por fin había dado el fruto definitivo.

Dentro de la habitación, Elena se sentó al borde de la cama, acariciando con ambas manos su vientre aún plano. El recuerdo del amor que sentía por Dorian ardió por última vez antes de convertirse en ceniza pura. Sabía lo que venía: si su padre se enteraba del embarazo sin el respaldo de Dorian, la encerraría o usaría al bebé para chantajear a los Sterling; y si Dorian creía que era un bastardo, la humillación sería pública y despiadada.

No había otra salida. Tenía que desaparecer antes de que las máquinas de ambos imperios la devoraran a ella y a la vida que crecía en sus entrañas.

1
Gloria Grijalba
exelente
Maria Laura Perez
excelente
Maricruz Felix
Ándele siembra lo que cosechó
Maria Laura Perez
Gracias 🥰
Heidy🦋
El motor más grande de Elena, sus amados hijos 🥰🥰🥰🥰
Heidy🦋
Se van a ver cara a cara 🤭
Heidy🦋
Sii eso necesitaba Elena,alguien quien le ayude a sobrellevar todo 🥺🥺 y que mejor que un hermano de sangre😻
Heidy🦋
Estoy llorando con Elena pero si es un idiota el Doryan que coraje me da 🥺
Heidy🦋
Muy buena historia y bien redactada 🥰me gusta
Maricruz Felix
Que hombre tan imbecil🤨
Maricruz Felix
Tiene muy buen comienzo la, novela🥰🥰🥰
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